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Los afectos y sentimientos en la vida espiritual

por Dr. Andrés Flores
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Caminar en el Espíritu sin invalidar tus sentimientos y emociones genera una tierra fértil para el Espíritu Santo

“Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Mas tú, con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida”. (Sabiduría 11, 24-26).

Dentro de las herramientas y recursos que Dios nos otorga para entrar en contacto con las experiencias de la vida, los sentimientos, sensaciones y emociones tienen una importancia esencial. Desde la perspectiva psico-emocional-espiritual, básicamente sabemos que, si yo no sé qué siento, difícilmente sabré lo que necesito.

Uno de los elementos de primer contacto con las experiencias generales de nuestra vida son precisamente nuestras sensaciones, sentimientos y emociones. Nos organizan para la toma de decisiones; son un aporte base para nuestra capacidad de discernimiento. A través de la experiencia de sensaciones, sentimientos y emociones los recién nacidos se abren a la vida.

Sin embargo, cuando le preguntas a una persona: ¿Cómo te sientes con todo esto que está pasando? La mayoría de las veces responde con un “no sé”, o con respuestas intelectuales que no tienen nada que ver con emociones, como: “Pues creo que es bueno que yo lea este tipo de artículos”, sin darse cuenta de que decir “creo” es pensar, no sentir.

Puro pensamiento, nada de emoción, cero sentimientos. ¿Cómo sería entonces una respuesta más integrada que incluya pensamientos, sensaciones, emociones-pensamiento, consciencia y se vea reflejada en una sana espiritualidad?

Creemos que ser “buenos católicos” es aprender a invalidar nuestras emociones y sentimientos en conflicto e, incluso, hasta las emociones positivas, porque eso es “lo correcto”.

La realidad es que esos paradigmas emocionales no los aprendimos de Dios, sino de nuestra familia de origen, de esos ancestros que han “arreglado” sus conflictos y carencias teniendo que guardar silencio, aguantando por miedo.

– No diga nada, guarde silencio, usted cállese.

-Los hombres no lloran.

-Las niñas no se ríen así.

-Usted es mujer y se aguanta.

-Nada de estar enojado.

-Usted solo obedezca.

Estas, entre muchas frases que aprendimos como niños y que luego como adultos repetimos, hacen que vivamos la vida con una experiencia sensorial-emocional muy corta y de pocos recursos sensorio-emocionales.

A diferencia de Dios que, en todo el Nuevo Testamento, valida las emociones de la gente que lo rodea e, inclusive, las de sí mismo.

-“María sintió duda y miedo…”. “No temas María”. Dios la llena de su certeza.

-La alegría de Juan en el vientre de su madre, Isabel, al reconocer a Cristo en el vientre de María.

-El regocijo de María al ver que siempre será llamada bienaventurada “porque el Poderoso ha hecho grandes cosas…”.

-El dolor de las hermanas de Lázaro.

-El llanto de Jesús ante su muerte.

-El miedo de la hemorroísa.

-El enojo de los que querían arrojarlo al barranco.

-La duda de Tomás.

-El miedo de los apóstoles en el Cenáculo…

Tantos y tantos ejemplos en los que Dios Padre y Jesús pudieron experimentar y darle dirección a las emociones que se suscitaron para resolver así el conflicto.

La propuesta de Dios es básica para el caminar en la vida en el Espíritu; no se trata de no sentir, ni de reprimir las emociones, se trata de que a la luz de su Espíritu podamos aprender a reconocer esas emociones, experimentarlas, mesurarlas y expresarlas sin lastimarnos y sin lastimar a nadie, amarnos a través de ellas, amar a los demás.

San Pablo nos habla de cómo la mesura en todas las cosas, inclusive en las emociones y sentimientos es garantía de la alegría. (Filipenses 4, 4-5).

Entonces es necesario que en este camino de vida nueva dejemos de pedirle a Dios: “¡Por favor! ¡Que no vaya a pasar esto o lo otro!”.

Sino “Señor: que en los acontecimientos y experiencias de mi vida, conectando mi vida con toda la esencia que me viene de ti, yo aprenda a saber qué hacer con cada cosa, en cada sentimiento, en cada emoción, en cada experiencia, pues no se trata de editar la vida por los sentimientos y emociones en conflicto, sino saber qué hacer con ella.

Pablo lo expresa de una hermosa manera: “Dando con alegría gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz”. (Col1, 12).

Aptos para la vida nueva.

Caminar en el Espíritu sin invalidar tus sentimientos y emociones genera una tierra fértil para el Espíritu Santo que nos quiere enseñar cómo se vive la vida nueva.

Jesucristo ya le puso una etiqueta a la vida que nos regaló: vida nueva, abundante, eterna.  

¿Qué etiqueta le estás poniendo tú?

 

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