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La adoración, una preparación para la venida de Cristo

por Pbro. Juan Rodrigo Vélez
Nativity scene concept: Silhouette pregnant Mary and Joseph with a donkey on star of cross background

El beato John Henry Newman nos ayuda a comenzar este tiempo de Adviento con un sermón titulado «La adoración, una preparación para la venida de Cristo». [1]

Él comienza con estas palabras de la Escritura: “Tus ojos verán al Rey en su hermosura; verán la tierra que está lejos.” (Isaías 33:17). Y nos recuerda que cuando muramos, antes de la recompensa o el castigo, seremos juzgados. Estaremos ante el Señor. Toda la Escritura nos habla de ese Día del Juicio. Newman resume algunos de esos pasajes:

“Y, tal como lo ven, Él también los verá, porque su venida será para juzgarlos. “Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo”, dice San Pablo. Nuevamente, “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Porque está escrito: Vivo yo —dice el Señor— que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua alabará a Dios. De modo que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí mismo”. Y nuevamente, “Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de su gloria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras.” [2 Corintios 5: 10. Romanos 14: 10-12. Mateo 25: 31-32.]”

Tanto en el Día del Juicio como en el momento de la muerte de cada uno de nosotros, cada persona comparecerá ante Dios, el Creador y Juez:

Nos encontraremos ante su presencia justa, uno por uno. Uno por uno tendremos que comparecer ante su ojo santo y escrutador. En la actualidad, nos encontramos en un mundo de sombras. Lo que vemos no es sustancial. De repente, se rasgará en dos y desaparecerá, y aparecerá nuestro Creador. Y luego, les digo, esa primera aparición será nada menos que una relación personal entre el Creador y cada criatura. Él nos mirará, mientras nosotros lo miramos.

No podemos olvidar esta importante verdad, y esa es la razón para la adoración religiosa. La gente suele pensar que basta con cumplir los mandamientos y realizar buenas obras. Pero es a través de la adoración y los sacramentos que nos preparamos para presentarnos cara a cara ante el Señor:

“El contacto directo con Dios por su parte ahora, la oración y cosas similares, pueden ser necesarias para que lo conozcan de manera adecuada en el futuro: y el contacto directo (de Dios) con ellos, o lo que llamamos comunión sacramental, puede ser necesaria de alguna manera incomprensible, incluso para preparar su propia naturaleza para soportar la vista de Él.”

“No tomemos a la ligera ese Día del Juicio. Él es hermoso, pero también es un fuego consumidor. “Lo que sería encontrarse con Cristo de inmediato y sin preparación”. Podemos aprender de lo que sucedió incluso a los Apóstoles cuando, repentinamente, su gloria se manifestó sobre ellos. San Pedro dijo: “Apártate de mí, porque soy un hombre pecador, oh Señor”. Y San Juan, “cuando lo vio, cayó a sus pies como muerto”. [Lucas 5: 8. Apocalipsis 1: 17.]”

El Adviento, por lo tanto, debe ser un tiempo de preparación y purificación para ver al Señor:

“Cuando nos arrodillemos en oración en privado, pensemos para nosotros mismos: Un día, así me arrodillaré ante su escabel, en esta carne y en esta sangre mías; y Él estará sentado en frente de mí, también en carne y sangre, aunque divinas. Vengo, con el pensamiento de esa horrible hora ante mí, vengo a confesarle mis pecados ahora, para que Él pueda perdonarlos, y le digo: “Señor, Dios santo, santo y fuerte, santo e inmortal, en la hora de la muerte y en el día del juicio, líbranos, oh Señor!”

Newman nos recuerda que aquí en la tierra caminamos por la fe, no por la vista. El rostro de Cristo se esconde tras un velo. Aun así, en los sacramentos, especialmente en la Sagrada Eucaristía, podemos vislumbrar a aquel cuyo rostro veremos un día cara a cara.

“Nos acercamos, y a pesar de la oscuridad, nuestras manos, nuestra cabeza, nuestra frente o nuestros labios, por así decirlo, se vuelven sensibles al contacto de algo más que terrenal. No sabemos dónde estamos, pero nos hemos estado bañando en agua, y una voz nos dice que es sangre. O tenemos una marca firmada en nuestras frentes, y habla del Calvario. O recordamos una mano que se posa sobre nuestras cabezas, y con seguridad tenía la huella de los clavos en ella, y se parecía a la suya que con un toque devolvió la vista a los ciegos y resucitó a los muertos. O hemos estado comiendo y bebiendo; y seguro no fue un sueño, que Él nos alimentó de su lado herido y renovó nuestra naturaleza por su carne celestial. Así, de muchas maneras, Él, que es juez para nosotros, nos prepara para ser juzgados. Él, que debe glorificarnos, nos prepara para ser glorificados, a fin de que Él no nos tome desprevenidos; pero para que cuando suene la voz del Arcángel, y seamos llamados a encontrarnos con el Esposo, estemos listos.”

Antes de que Dios descendiera sobre el Monte Sinaí, le dijo a Moisés que santificara al pueblo, que lavaran su ropa y se purificaran a sí mismos. ¿Cómo nos purificaremos en esta temporada sagrada de Adviento? ¿Cómo nos prepararemos para presentarnos ante el Hijo del Hombre en el momento de la muerte y cuando venga en su gloria?

[1] John Henry Newman, Parochial and Plain Sermons, vol. 5.

 

Traducción: Guiliana Rivas / Artículo original en Inglés

 

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