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Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes; te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, san José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda intercede por mi.
Autoestima, autoestima
Hace unos días estuvimos hablando, en estos diez minutos contigo Señor, sobre la autoestima y en aquel audio, que no sé si habrás escuchado, pues había al final una oración que se titulaba “tal como eres” y donde se describía el amor incondicional de Dios por nosotros. Esta semana una madre joven, a quien casé hace pocos años, me contó cómo en su adolescencia recibió a través de esta oración la gracia de comprender de modo nuevo, el amor de Dios y el sentido de su filiación divina y me dijo una cosa que me ha hecho pensar esta semana. Me dijo “cuando yo descubrí ese amor de Dios cambió mi carácter”. Bueno pues, después de hablar con ella he pensado hacer una segunda parte sobre la autoestima. En aquel audio, meditábamos sobre el amor incondicional de Dios como la fuente última y más profunda de autoestima y en éste vamos a hablar contigo Señor sobre el amor al prójimo y el amor del prójimo como medida del buen amor a uno mismo. Son los dos mandamientos que resumen la ley: amarás a Dios sobre todas las cosas es el primer mandamiento y, hoy nos vamos a centrar en, el segundo, amarás al prójimo como a ti mismo; y ojo porque aquí se esconde una verdad muy importante, en esta manera que tienes tu Señor de denunciar este mandamiento, en esta formulación del mandamiento del amor al prójimo
La gran verdad
Lo que se esconde es una gran verdad sobre el corazón humano que Joseph Ratzinger expresaba de esta manera tan certera en un librito que escribió hace unas décadas. Dice así: la mirada que dirijo sobre el otro decide sobre mi humanidad. Y esta es la gran verdad con la que vamos a rezar ahora, la mirada que dirijo sobre el otro decide sobre mi humanidad, la medida en que descubren los demás a hijos de Dios y los miro como tales, decide sobre mi modo de sentirme yo mismo hijo de Dios. San Josemaría que había descubierto como un gran regalo de Dios, un sentido muy vivo y profundo del amor paterno de Dios, pues tenía una especial facilidad para ver en los demás, hijos de Dios. En una ocasión ante una multitud, con una mirada que le brillaba de cariño en los ojos, recorriendo esa mirada como hacía a veces no recorría, con una sonrisa, la mirada chispeante, llena de amor y les miraba y decía “sabéis porque os quiero tanto, porque veo bullir en vosotros la sangre de Cristo.”
Querido por Dios
Él se veía como un niño pequeño lleno de defectos y querido por Dios y a los demás los veía también así, como hijos de Dios; al prójimo como a sí mismo. Es que ver hijos de Dios en el prójimo decide sobre el modo de verse a sí mismo. A veces no sentimos el cariño de Dios porque tenemos el corazón bloqueado por nuestra mirada crítica o dura hacia los demás y esto es un descubrimiento, que a muchas personas les ayuda mucho a desbloquear su corazón; si somos compasivos, indulgentes, comprensivos, si sabemos disculpar, pues nos sentiremos también mirados con compasión, con indulgencia y con comprensión.
El descubrimiento
Este descubrimiento puede abrir las puertas a la paz del corazón para ti y para mí. Vamos a hacer en la presencia de Dios un poquito de examen. No es verdad que muchas veces, detrás de ese corazón, que no acaba de descubrir la misericordia de Dios, que no acaba de sentirse querido por el Señor y que no acaba de tener paz, hay una mirada muy exigente y dura con los demás. Tu Jesús, lo dices con claridad, “con la medida con que midáis se os medirá”. Que cierto es esto, si yo miro con dureza, sentiré que Dios me mira con dureza, aun no siendo cierto, pero el corazón es así, la mirada que dirige sobre el otro, decide sobre mi humanidad. Si yo veo en los demás hermanos, con sus luchas, débiles como yo, frágiles, necesitados pero queridos por Dios tal como son, entonces yo sentiré amor y compasión por ellos y yo mismo me sentiré digno de compasión, a pesar de mis fallos. Si soy poco indulgente con los demás, si sus fallos me sientan fatal, si no soporto los errores, entonces seguramente tendré también un corazón lleno de tensión, tendiente al perfeccionismo con miedo a fallar porque la dureza con la que miro a los demás, se proyecta sobre mí como un boomerang.
Yo te miro, ellos me miran
Con la medida que os miráis se os medirá. Por eso pues, del amor incondicional propio de los hijos de Dios, brota un ambiente de perdón sin límites, de paciencia con los defectos, de ayuda desinteresada, de familia en definitiva, porque esto es un ambiente de familia, donde uno se siente cómodo tal como es y ese es el ambiente que tú Jesús, creabas a tu alrededor, la espontaneidad de los apóstoles y de Marta y de María y de Lázaro y la confianza con la que tantas personas se acercaban a ti, provienen de que se sentían seguros ante tu mirada, se sentían no juzgados, sino queridos incondicionalmente y por eso no tenían miedo a meter la pata. Si miramos a los demás con ojos limpios, con respeto, con indulgencia, descubriremos en ellos, nuestra propia dignidad de hijos de Dios, nos sentiremos siempre hijos de Dios Padre; si por el contrario, la vista se enturbia también se deforma nuestra imagen interior.
Habla Ratzinger
El cardenal Ratzinger lo decía de una manera, pues como siempre, muy certera, muy precisa decía: “así como puedo aceptar o reducir al otro a cosa para usar o destruir, del mismo modo debo aceptar las consecuencias del propio modo de mirar, consecuencias que repercuten en mí”. Tal como miro, me siento mirado, tal como uno ama, se siente amado”.
Tolstoi, en uno de sus cuentos, narra la historia de un zapatero -tiene varios cuentos sobre zapateros, le encantan los zapateros- que al regresar un día a su casa encontró a un desconocido lleno de andrajos, en la puerta de una iglesia y sintió compasión y lo llevó consigo a su casa, era muy pobre, y su mujer cuando les vio entrar, recibió al forastero de muy malos modos y a medida que la mujer multiplicaba sus asperezas, el desconocido se iba haciendo cada vez más pequeño, a cada palabra dura su rostro se arrugaba, se encogía pero cuando la mujer, compadecida por fin, empezó a darle de comer y a servirle y a darle ropas y a mirarle de otra manera, el desconocido empezó a crecer en tamaño y en hermosura.
Don Tolstoi
Explica Tolstoi que el desconocido era un ángel que había caído del cielo y que por eso no podía vivir más que en una atmósfera de bondad y de amor. Este cuento, en el fondo, viene a explicar que tampoco nosotros podemos vivir en una atmósfera distinta de la atmósfera de amor, es nuestro medio. Lo mismo pasa con las personas, mejoran y crecen cuando se sienten apreciadas y comprendidas, cuanto bien hacemos y cuanto hacemos crecer a los demás, cuando nos esforzamos a mirar con amabilidad a los demás, cuando las personas se sienten comprendidas y estimadas. Todos tenemos experiencia de esto, se crece, incluso llegan a metas que parecían inalcanzables
Y San Josemaría dice
“No hay nada que arrastre tanto como el cariño”, decía san Josemaría. Cuando en un ambiente nos sentimos mirados con poco amor, es que nos volvemos como inseguros, como pequeños y probablemente, acabaremos también nosotros haciéndonos poco amables y entonces, el ambiente se va enturbiando y viceversa, todos crecemos cuando nos sentimos queridos, entonces se multiplican nuestras manifestaciones de amabilidad y se va creando un ambiente de familia y otra vez se cumple, si amamos mucho al prójimo, nos amamos mucho a nosotros, si somos muy críticos y duros con los demás, terminamos queriéndonos poco o queriéndonos mal. Esta es la medida también de nuestra autoestima, con la medida con que midáis se os medirá. Vamos a pedirle a nuestra Madre que sepamos a nuestro alrededor, derramar esa mirada de Cristo, esa mirada de hijos de Dios, que sepamos mirar con amor a quienes nos rodean. Hace poco me contaba una madre algunos problemas con su hijo y se me ocurrió preguntarle, cuánto tiempo hace que no le miras a tu hijo con amor, porque a veces miramos a las personas con enfado, con impaciencia, con indiferencia, les encargamos una cosa y otra y has hecho esto… Pero una mirada de amor requiere pararse a contemplar a quién tenemos delante, a ver una criatura, a una hija de Dios y saber derramar ese amor sobre ella con nuestra mirada y eso nos hace crecer y hace crecer a los demás. Madre mía, tú sí que miras con amor a todas las criaturas.
Oración final
Te doy gracias Dios mío por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía inmaculada, san José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda intercede por mi.
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