“Señor tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación”
Lectura del Santo Evangelio según san Marcos (1, 40-45)
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
“Si quieres, puedes limpiarme”.
Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
“Quiero: queda limpio”.
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente:
“No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que le sirva de testimonio”.
“Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes”.
Palabra del Señor
La Voz del Pastor Transcripción del 14 de febrero de 2021
La semana pasada, usted y yo, con toda la iglesia fuimos a la casa de Simón Pedro y fuimos testigos de cómo Jesús realizó la sanación de la suegra de Pedro, se le acercó, la tomó de la mano, la levantó. Eso tiene un costo para Jesús porque empiezan a rodearlo y a buscarlo y Él está a solas orando, y cuando lo buscan y lo encuentran sus discípulos, Él dice: “vámonos a las otras regiones, a otros lugares”.
Él es el caminante de Dios, es Dios caminando entre nosotros, en los continentes, en las culturas, en las realidades, en las ciudades y en los campos, en su familia y en su historia personal. Él va caminando en medio de nosotros, y estando en ese caminar, en esa itinerancia salvadora, se le acerca un leproso, algo vio el leproso en este hombre de Nazaret, algo vio en Él, porque se le acerca, y es que el leproso no podía acercársele a nadie, tenía que estar fuera.
El libro del levítico, lo cuenta allá en el antiguo testamento, si alguien aparecía con manchas blancas en la piel estaba “impuro” con la lepra y tenía que estar fuera, excluido de la comunidad, y sin embargo, este enfermo ve a Jesús y, algo vio en Él y por eso se le acerca, y se le acerca con su impureza, se le acerca con su enfermedad, se le acerca con sus llagas.
Acérquesele usted también y su familia, con todo lo que tiene, y yo me le acerco al Señor Jesús, con mi llagas, con mis pecados, con mis sufrimientos, con mis heridas en mi corazón sacerdotal, y me le acerco al Señor Jesús y le digo, como le dijo al leproso: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”, una oración brevísima, corta, directa, confiada, esperanzada, si quieres, puedes curarme y Jesús responde positivamente, “Si quiero”, y si puedo, y porque quiero y puedo lo haré, y entonces Jesús realiza este tercer signo del capítulo primero de san Marcos, lo estamos siguiendo, estamos siguiendo las huellas de Jesús, y ahora lo encontramos junto al leproso. El toca al leproso, el evangelio nos dice que lo tocó y nadie podía tocar, se podía contaminar, había el mito de la contaminación, pero Jesús toca al leproso y Él toca al ser humano, “en su sufrimiento”, “en su pecado”, no tiene asco, ni de usted, ni de mí, ni de la humanidad empecatada. Jesús extiende la mano para tocarnos, para que ese toque salvador, misericordioso, lleno de ternura y lleno de poder, no nos excluya, no nos rechaza, no nos cierra la puerta, al contrario, se nos acerca totalmente y Él abre la puerta, porque “Él es la puerta de salvación para toda la humanidad” y entonces, el leproso queda sanado.
Jesús le da una recomendación: “vaya y de testimonio, vaya y haga lo que manda la Ley del antiguo testamento”, pero este hombre, en medio de su emoción, de su alegría, de lo que ha sucedido, se olvida de la recomendación de Jesús, y empieza a gritar, y empieza a anunciar a viva voz lo que le ha pasado en su vida. “Está curado”.
Qué hermoso cuando uno se siente curado, cuando uno siente la emoción de volver a nacer, de ser perdonado en el sacramento de la confesión, de ser sanado de las heridas del pecado, y uno corre, y vive, y se emociona, y amanece en la vida de un ser humano, como amaneció en la historia de este leproso. Y el Señor Jesús después ya no puede entrar a las ciudades. Si el leproso le tocaba quedarse fuera; ahora a Jesús le corresponde ser como el leproso, Él asumió nuestras llagas, nuestras heridas, y nuestros sufrimientos.
Vuelva a leer el capítulo primero de san Marcos completo y emociónese de corazón y sienta la alegría de un Jesús que llega a su vida, y que lo toca, y que lo sana.
Que el Señor nos bendiga y acompañe.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
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