El pasado 23 de enero, el Papa otorgará el ministerio del catequista a un grupo de catequistas venidos del mundo entero.
Es de notar el carácter laical de este nuevo ministerio, dirigido específicamente a personas que no están consagradas (religiosos, diáconos o sacerdotes). Llama la atención porque, todavía en muchos ambientes, esta labor se considera propia de “especialistas”, y el significado del término se asocia habitualmente a los consagrados.
Por tanto, no se pretende que estos laicos sean una “longa manus” del clero, sino que actúen desde su carisma. Tampoco se instituye el ministerio para hacer lo mismo de siempre: el propósito es dar un salto de calidad para conseguir que la catequesis sea eficaz y esté al servicio de la nueva evangelización, como se insiste con fuerza en el Directorio para la Catequesis.
El «Motu Proprio» Antiquum Ministerium reclama expresamente que a este ministerio sean llamados “hombres y mujeres de profunda fe y madurez humana, que participen activamente en la vida de la comunidad cristiana, que puedan ser acogedores, generosos y vivan en comunión fraterna, que reciban la debida formación bíblica, teológica, pastoral y pedagógica para ser comunicadores atentos de la verdad de la fe, y que hayan adquirido ya una experiencia previa de catequesis”.
Evidentemente, este ministerio no lo recibirán todos los catequistas, sino una minoría. Pero el perfil que dibuja el documento es una referencia para todos los demás. ¿Acaso puede algún catequista excusarse de vivir conforme a una profunda fe y madurez, o admitir faltas de fraternidad, o pensar que no necesitan formación bíblica, teológica, pastoral y pedagógica? La experiencia se adquiere con el tiempo. Todo lo demás se vive “en presente”, con una actitud de compromiso y dejándose ayudar.
Todos saben que una profunda crisis cultural ha afectado notablemente los fundamentos religiosos y antropológicos de la sociedad, la familia y los individuos. La catequesis no ha conseguido salir al paso de los retos que reclama esta situación, quizás -en buena medida- porque cuesta poner en marcha las directrices e indicaciones del magisterio. No hay más que contrastar la letra de documentos -como el Directorio General para la Catequesis (anterior versión del actual Directorio para la Catequesis) o el de Aparecida- para advertir el gran salto entre los objetivos y las realidades. ¿Acabará siendo la referencia que proyecta este ministerio laical un brindis al sol?
La respuesta dependerá, en primer lugar, de la actitud personal de cada catequista: el compromiso por cambiar de vida (esa metanoia que procura fomentar la catequesis) es un asunto que se vivencia en el interior, no en ceremonias con ritos vistosos. Pero también va a depender del esfuerzo que realicen las diócesis por proporcionar acompañamiento y formación a los catequistas. En muchos casos es difícil. De modo general y casi sin excepciones, me atrevería a decir, vendría muy bien un cambio de perspectiva y enfoques que obliguen a pensar y a rediseñar los objetivos a medio y largo plazo.
Ojalá sean bienvenidas las iniciativas que ayuden a que esto sea posible. Propuestas como las de #BeCaT, promovidas por instituciones y fieles laicos al servicio de la Iglesia, constituyen una oportunidad que vale la pena acoger con los brazos abiertos.

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