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Yo reté a Dios: “Esta es tu última oportunidad”

por Editor mdc
alonso

Cuenta el Génesis que Jacob pasó toda una noche luchando con Dios. Fue una batalla cuerpo a cuerpo que terminó con un fémur dislocado… y la bendición de Dios. La batalla de Alonso fue todavía más larga pero no menos dura e intensa. Y como en el caso de Jacob, ganó Dios. Y con ello, ganaron los dos.

Alonso es psicólogo. Está especializado en la ayuda psicológica a enfermos terminales. Droga dura. Y es que a Alonso nunca le han gustado las medias tintas. Su familia es católica y en su casa se rezaba, se reza, y se acude a los santos y se va a la Iglesia.

Pero Alonso empieza a alejarse pronto de la Iglesia y, casi desde el colegio, comienza a identificar la fe con, como él dice, un gran No. “No hagas esto, no hagas lo otro, Dios te va a castigar, te vas a ir al infierno”.

Para él todo era un “tengo que” hasta que, en la adolescencia, ese “tengo que” se convirtió en una lucha y en un despego. Las amistades y el deseo de encajar con el grupo le llevaron a enfriarse. “Empecé a ver, como mis amigos, que ser cristiano era de pardillos y yo quería ser guay”.

Llegó a la Universidad, a estudiar Psicología, y la crisis se hizo más fuerte:  “ahora ya no es que los cristianos fueran pardillos es que la religión era casi una psicopatología”.

Como Alonso nunca ha dejado de ser una persona inquieta, seguía buscando, pero lejos de la Iglesia: “estaba liberado y sentía que era una persona que molaba. Probé todo desde el punto de vista espiritual: el budismo, las energías positivas, abracé árboles, veía el aura de las personas, todo…”.

No todo era tan espiritual: “siempre he sido un farras y, ahora, libre además del complejo de culpa, me lo pasé muy bien. Me lo bebí todo, salía todo el rato, ligaba y me camelaba a quien quería y conseguía además compaginarlo bien con mis estudios, porque siempre he sido una persona responsable”.

Para él todo era un “tengo que” hasta que, en la adolescencia, ese “tengo que” se convirtió en una lucha y en un despego. Las amistades y el deseo de encajar con el grupo le llevaron a enfriarse. “Empecé a ver, como mis amigos, que ser cristiano era de pardillos y yo quería ser guay”.

Llegó a la Universidad, a estudiar Psicología, y la crisis se hizo más fuerte:  “ahora ya no es que los cristianos fueran pardillos es que la religión era casi una psicopatología”.

Como Alonso nunca ha dejado de ser una persona inquieta, seguía buscando, pero lejos de la Iglesia: “estaba liberado y sentía que era una persona que molaba. Probé todo desde el punto de vista espiritual: el budismo, las energías positivas, abracé árboles, veía el aura de las personas, todo…”.

No todo era tan espiritual: “siempre he sido un farras y, ahora, libre además del complejo de culpa, me lo pasé muy bien. Me lo bebí todo, salía todo el rato, ligaba y me camelaba a quien quería y conseguía además compaginarlo bien con mis estudios, porque siempre he sido una persona responsable”.

Alonso cuenta que acudió al Colegio Mayor Moncloa a los pocos días, donde iba a haber un rato de oración dirigida por el sacerdote. “No conocía a nadie, llegué al oratorio el primero. Me senté, miré al Sagrario (que eso sí lo identificaba) y le dije a Dios (y es gracioso porque no creía en Dios, pero le estaba hablando) ‘que sepas que esta es la última oportunidad que te doy en la vida. Me estás tocando ya la moral con estas inquietudes que tengo. Si tú me das una señal clara –pero tiene que ser muy clara– yo creo en Ti y hago lo que me digas. Pero tiene que ser una señal muy clara’”.

A los pocos minutos, entró el sacerdote y empezó la meditación. “Podría haber hablado de muchas cosas pero ese día decidió hablar del hijo pródigo. Y a mí no me habló el cura –cuenta Alonso visiblemente emocionado– me habló Dios. Y siento algo que no sé explicar bien… pero entendí que Dios me quería y que no me pedía nada, solo quería quererme. Salí de allí y fumaba un cigarrillo detrás de otro. Estaba consternado pero muy contento. Ahora sí que me sentía feliz, ahora sí que no era culpable, que no había normas. Había amor. Un amor que no había conocido hasta ahora. Y no tenía que pertenecer a ningún grupo, ni a nada, porque le pertenecía a Él, la única persona que me amaba. Y entendí que los posibles noes no eran renuncias. Antes necesitaba consumir, llenarme… porque no estaba saciado. Ahora ya no lo necesitaba, estaba tranquilo, le tenía a Él”.

El caso de Alonso es el de una caída del caballo en toda regla. A partir de ese momento, y a pesar de que muchos de sus amigos le dieron la espalda, Alonso empezó a acercarse a los sacramentos, se confesó después de toda una vida sin hacerlo, conoció a otros jóvenes cristianos en la parroquia, donde experimentó una amistad que también era nueva para él –`me querían como soy, ya no tenía que molar’– y emprendió un camino de relación con Dios que le ha llenado de confianza y felicidad.

“Yo ahora no tengo miedo, el miedo ha desaparecido y se ha transformado en esperanza. Y eso no quiere decir que mi vida sea más fácil, o que piense que no va haber dolor. Sé que habrá sufrimiento. Pero es que la vida no va de facilidades o de no sufrir. La vida va de caminar y de experimentar, pero es muy diferente cuando sabes que tienes a Alguien al lado”.

Fuente: Opus Dei


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