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«Las quejas de los israelitas y las nuestras»

por Pbro. Tomás Trigo
Dios te quiere

Escuchar aquí el episodio: Las quejas de los israelitas y las nuestras

Dios les había demostrado mil veces su poder a los hijos de Israel, y, a pesar de todo, se quejan y se echan a llorar amargamente en el desierto:

«¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que estaríamos comiendo de balde en Egipto, y de los pepinos, las sandías, los puerros, las cebollas y los ajos, pero ahora nuestra alma está reseca; no vemos nada más que maná» (Num 11, 4-6).

Es patético. El Señor los ha sacado de la más humillante esclavitud y quiere darles una tierra maravillosa en la que serán libres. Y ellos se quejan porque no pueden comer los pepinos, los ajos y los puerros que comían en Egipto, donde eran esclavos del faraón.

También a nosotros el Señor, muriendo en la Cruz, nos ha rescatado de la peor esclavitud, la del pecado, y nos quiere llevar al Cielo, donde seremos felices para siempre. Y nosotros nos quejamos de las pequeñas dificultades del camino, de la falta de puerros y ajos.

¿Cuáles son nuestras quejas habituales? Quejas por las dificultades económicas, por el carácter de las personas con las que convivimos, por los problemas del trabajo, por cuestiones de bienestar o de salud, por nuestros defectos… Y si no encontramos de qué quejarnos, nos lamentamos de lo mal que va el mundo.

La queja puede ser un desahogo, y es bueno desahogarse con alguien que nos pueda entender y ayudar. Toda alma necesita su desaguadero, decía santa Teresa. Pero, a veces, la queja es la manifestación de que no sabemos aceptar las dificultades con valentía y paciencia, de que queremos hacer ver a los demás que somos víctimas, o de que no nos atrevemos a poner los medios para solucionar los problemas. Nos quejamos, nos amargamos y amargamos a los demás.

Señor, ayúdanos a ver tu Amor detrás de las contrariedades, a darnos cuenta de que, con las dificultades que nos envías, quieres limpiar bien nuestra alma, como una madre lava a su hijo, para que podamos entrar en el Cielo. Dicho de otro modo: quieres que nos enamoremos más de Ti, pues el amor es lo que de verdad purifica el alma y la une a Ti. 

Ayúdanos a ver, detrás de los casi siempre pequeños sufrimientos, tu petición amorosa: “Ayúdame con esa pequeña Cruz a llevar mi Cruz por vosotros”.

Otras publicaciones de Tomás Trigo

Para comprar el libro: Dios te quiere y tú no lo sabes


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