El episodio nos invita a reflexionar sobre la fe como acto humano cargado de sentido. La fe participa del conocimiento de alguien que sabe.
En el episodio de los mercaderes toledanos del capítulo cuarto de la primera parte del Quijote [1], don Quijote, en el medio del camino, divisó hasta seis mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia, el caballero esperó que llegaran, y cuando estuvieron cerca, levantó la voz “y con ademán arrogante dijo: todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso” (I, 4; 53). Uno de los mercaderes le explica que no pueden acceder a su petición porque no conocen a Dulcinea, pero don Quijote les exige fe: “La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia”(I, 4; 53) Seguidamente, el portavoz de los mercaderes le pide un retrato, lo que no hace más que encolerizar al caballero, el que termina atacando al mercader, pero con tan buena suerte para este y tan mala para el caballero que tropezó Rocinante, rodó y cayó con su amo a cuestas.
El episodio nos invita a reflexionar sobre la fe como acto humano cargado de sentido. La fe participa del conocimiento de alguien que sabe. Es decir, si no hay nadie que sepa, no puede haber tampoco nadie que crea. Por lo que en relación al pasaje del Quijote que nos ocupa, cabe preguntarse: ¿Conoce don Quijote a Dulcinea? ¿La conoce el lector? ¿La conocen los mercaderes?
Gracias al narrador de la novela, el lector sabe que Dulcinea es en realidad una labradora de “muy buen parecer de quien [don Quijote] un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo” (I, 1; 33). Por supuesto, don Quijote también la conoce, pero tiene, debido a su locura, una visión distorsionada de Dulcinea, ya que para él esta no es sólo “una labradora de muy buen parecer” sino “la doncella más hermosa del mundo […] la sin par Dulcinea del Toboso”. Finalmente, los mercaderes no tienen la menor idea sobre quién es y como luce Dulcinea. Por consiguiente, al no conocerla, tiene mucho sentido que pudieran, tener o no, fe, en el testimonio del caballero. Al lector, por el conocimiento que posee sobre Dulcinea y sobre la locura de don Quijote, le parece muy lógico que los mercaderes concluyan que don Quijote no es un testigo fidedigno. Además, por su apariencia, sus armas y sus palabras, ya han podido tomarle el pulso a la locura del caballero.
El problema de don Quijote es que no sólo pide fe, sino que la exige. Y la fe, no puede forzarse. Lo decisivo es la credibilidad del testigo y la voluntad de creer del creyente. Por otra parte, la propuesta de uno de los mercaderes que don Quijote les muestre un retrato de Dulcinea, transformaría, ipso facto, la situación, de un asunto de fe a uno de conocimiento; ya que la fotografía es, por definición, una copia de la realidad.
En resumen, tanto para los mercaderes toledanos como para el lector, don Quijote, debido a su locura, no es un testigo fidedigno de la belleza de Dulcinea.
En el capítulo octavo de la segunda parte del Quijote, cabalgaban y platicaban don Quijote y Sancho camino del Toboso. En la conversación había surgido el tema de la fama, don Quijote le menciona a Sancho los sepulcros de famosos como la reina Artemisa y el emperador Adriano cuyas tumbas fueron suntuosos templos, pero en ellos no había señales que mostrasen ser santos los allí sepultados. He aquí la respuesta de Sancho:
“-A eso voy-replicó Sancho-. Y dígame agora: ¿cuál es más, resucitar a un muerto o matar a un gigante?
-La respuesta está en la mano-respondió don Quijote-: más es resucitar a un muerto.
-Cogido le tengo-dijo Sancho-. Luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza a los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo” (II, 8; 607).
Este comentario de Sancho nos invita a pasar de la ficción a la historia, a Jesús y a nuestra fe en su resurrección.
Sobre la historicidad de Jesús de Nazaret la evidencia es contundente, el profesor Francisco Varo comenta: “No hay evidencias racionales que avalen con mayor seguridad la existencia de figuras como Homero, Sócrates, Pericles, Cicerón o Séneca-por sólo citar algunos muy conocidos-, que la que otorgan las pruebas de la existencia de Jesús. E incluso los datos objetivos, críticamente contrastables, que se tienen sobre estos personajes son casi siempre mucho menores”. [2]
Pocos dudan de la existencia histórica de Jesús de Nazaret y de que el perfil que pintan los Evangelios sea el de uno de los hombres más inteligentes y sabios que hayan existido. Una persona que combina amor, ternura, fortaleza, claridad de principios y misericordia con una personalidad balanceada, con extraordinaria sabiduría e integración armónica entre, la inteligencia, la voluntad y la afectividad y una vida orientada hacia Dios (el Padre) y los demás. Sin embargo, bastantes (todos los no-creyentes) dudan que sea el hijo de Dios, Dios mismo.
No obstante, para C.S. Lewis o Jesús es lo que dijo ser-el hijo de Dios-o era un mentiroso o un lunático. Estás son las únicas opciones disponibles. Jesús estuvo dispuesto a morir por lo que, ciertamente, estaba convencido de ser y decía ser. Un mentiroso podría hacer muchas cosas, menos dirigirse hacia su muerte por algo que creyera ser falso. Por consiguiente-concluye Lewis-Jesús era, o un lunático-creía sinceramente ser el hijo de Dios, aunque no lo fuera-, o era verdaderamente el Señor, Dios, ya que creía sinceramente ser el hijo de Dios porque verdaderamente lo era y es. Es cierto, para muchos, Jesús es sólo un gran maestro de ética, pero, a la luz de los argumentos anteriores, esta opción es insuficiente y no tiene sentido.[3]
¿Y qué sabemos sobre la muerte de Jesús? Poseemos cuatro datos sobre la muerte de Jesús que son incontrovertibles, pues casi todos los estudiosos del tema, creyentes y no-creyentes están de acuerdo: 1) Jesús murió crucificado. 2) Su tumba fue encontrada vacía tres días después de su muerte. 3) Sus seguidores (los apóstoles y otros discípulos) testifican haber tenido experiencia de Jesucristo resucitado. 4) Sus seguidores estuvieron dispuestos a sufrir el martirio y la muerte por su creencia en el Resucitado.
Pienso que es muy difícil explicar los datos anteriores sin aceptar el hecho que Cristo Resucitó. La Resurrección es clave para interpretar la vida de Cristo y es el fundamento de nuestra fe. También es el argumento supremo de la divinidad de Jesucristo y la promesa de nuestra futura resurrección. Todo esto lo tenía muy claro San Pablo: “¿Cómo es que algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe. […] Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primer fruto de los que mueren” (1 Co 15, 12-14. 20).
Al inicio de esta reflexión, se mencionó que la fe no se puede forzar y que depende de la credibilidad del testigo y la voluntad de creer del creyente, por lo que concluimos que don Quijote carecía de credibilidad en relación a la evaluación de la belleza de Dulcinea. En el caso de la Resurrección, la posibilidad de la fe va a depender de la credibilidad de los discípulos de Jesús y de la voluntad de creer del creyente. Por supuesto, “sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es una acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas” (Catecismo, no 154). Es decir, el creyente necesita ser dócil al Espíritu Santo para creer, pero no es una docilidad que opera en el vacío sino una que se apoya en la credibilidad del testigo o testigos.
Ahora, para encauzar de mejor manera esta reflexión me parece conveniente citar un pasaje del Evangelio de San Juan cuando Jesús resucitado se aparece a los apóstoles, pero Tomás no estaba presente: “Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:-¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió:-Si no veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré. A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:-La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás:-Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo:-¡Señor mío y Dios mío! Jesús le contestó:-Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído” (Jn 20, 24-29). Lo interesante de este pasaje es que Tomás (al igual que los discípulos de Emaús Lc 24, 13-16) estaba tan destrozado, desanimado y deprimido con la muerte por crucifixión de Jesús que no tenía fuerzas para creer ni a sus mismos compañeros, los apóstoles, es decir, estaba sumido en un estado tan pesimista y lamentable que no consideraba a sus amigos más íntimos, testigos fidedignos de la Resurrección. Otro aspecto a remarcar aquí es que de cierta manera Tomás representa a todos los creyentes potenciales a lo largo de la historia, a quienes Jesús invita a ser bienaventurados y creer sin haber visto, a creer porque comprueban que los discípulos de Jesús son testigos fidedignos de su Resurrección.
En este momento cabe la pregunta: ¿Son los discípulos testigos fidedignos de la Resurrección?
En los Evangelios y las Epístolas se mencionan, según el profesor Brant Pitre [4], al menos nueve apariciones de Jesús resucitado (a varias mujeres, a María Magdalena, a Pedro, a Cleofás, a Santiago, etc), San Pablo relata (1 Co 15, 3-8) que se apareció a Cefas, a los doce, a más de quinientos, a Santiago y a todos los apóstoles y por último a él. Las apariciones a las mujeres y a María Magdalena son datos claves. Ya que, si los apóstoles hubieran realmente querido inventar la Resurrección, jamás hubieran incluido a mujeres como testigos del sepulcro vacío y de la Resurrección, ya que, en esa época, el testimonio de una mujer no tenía ningún valor. Es verdad que en los cuatros Evangelios existen discrepancias en algunos detalles sin mucha importancia, pero hay acuerdo en lo fundamental. Pensar que los apóstoles inventaran la Resurrección, tampoco tiene sentido, si consideramos que todos ellos sufrieron torturas y 11 de ellos fueron mártires y nunca se retractaron de sus creencias. Es cierto, mucha gente muere por sus creencias, pero sería absurdo pensar que alguien muera por una creencia que sabe que es pura mentira. Además, sólo la Resurrección podría explicar el nacimiento y la rápida expansión de la Iglesia primitiva, llevada a cabo por hombres y mujeres dispuestos a vivir y morir por su fe.
El dato de la muerte de Jesús por crucifixión no está en disputa, no sólo lo mencionan los cuatro Evangelios, sino que también fuentes helenísticas, romanas y judías (Varo, 99-127).
Así que, es muy difícil explicar todos los datos incontrovertibles que mencionamos anteriormente si la Resurrección no hubiera ocurrido. Por consiguiente, es razonable afirmar que los apóstoles principalmente (pero también otros discípulos) son testigos dignos de confianza y fidedignos de la Resurrección de Jesucristo.
[1] Las citas del Quijote provienen de Don Quijote de la Mancha. Ed. Francisco Rico. Madrid: Alfaguara, 2005.
[2] p. 223. Francisco Varo. Rabí Jesús de Nazaret. Madrid: BAC, 2006.
[3] pp. 54-56. C.S. Lewis. Mere Christianity. London: Collins, 1952.
[4] pp. 182-183. Brant Pitre. The Case for Jesus: The Biblical and Historical Evidence for Christ. New York: Image, 2016.
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1 comentario
Gracias Espíritu Santo porque creo en Ti