Escuchar aquí el episodio: El amor a Dios y la perfección
El Señor nos dice: «Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Jesús dice estas palabras como conclusión a una enseñanza: el amor a los enemigos. Ser perfectos es ser perfectos en el amor: amar a todos, como nuestro Padre celestial, «que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5, 45).
El perfeccionista interpreta la perfección en un sentido que tiene poco que ver con el amor. Quiere hacer las cosas perfectas para estar contento de sí mismo, para que los demás lo admiren al ver la perfección de sus obras, para que Dios lo mire con buenos ojos al no ver ningún error en su conducta.
El perfeccionista quiere presentar a Dios, al final del día, una hoja inmaculada, escrita con letra gótica, con fino plumín, con tinta china, y sin ningún borrón.
Una cosa es tratar de hacer bien el trabajo y los pequeños deberes de cada día porque queremos responder al amor de Dios con nuestro amor, sirviendo bien a los demás; y otra muy distinta es hacer las cosas perfectas para sentirnos justificados ante Dios. En el segundo caso, como resulta que todas nuestras obras son defectuosas, el perfeccionista se desespera, se hunde y tira la toalla. Nunca consigue llegar al final sin un borrón.
Además, aunque consiga hacer algo bien, siempre le parece que su obra tiene más defectos de los que en realidad tiene, y no acaba de estar contento por mucho que le digan que lo ha hecho bien. Nunca es capaz de ponerse un diez.
En cambio, el que vive como hijo enamorado de Dios no pretende ponerse un diez. Sabe muy bien que jamás podrá ponerse un diez. Y además le importa un comino ponerse un diez. Lo único que quiere es amar. Y cuando ve que, a pesar de sus esfuerzos de hijo, ha cometido errores, lo reconoce con humildad, pide perdón y se ríe de sí mismo. No pierde la paz. Sabe que su Padre lo quiere mucho, con un Amor que no depende de la nota que se ponga. Y que mira esas cosas “imperfectas” como una madre mira el dibujo “imperfecto” que su niño pequeño hizo para ella.
¡Esos dibujos que hacen los niños para su madre! Si los juzgara un crítico de arte, diría que no tienen valor. Pero el juicio de las madres es muy diferente: lo miran, abren la boca admiradas y dicen que es una maravilla. Y ya están pensando que su hijo es un artista, y que cuando sea mayor pintará unos oleos preciosos. Y le dan un abrazo y lo besan, y después ponen ese dibujo en algún sitio donde se vea bien, en el despacho o en la puerta de la nevera… Y si viene una visita, dicen con orgullo: “Lo ha hecho mi hijo. Es un artista”.
Pienso que Dios, cuando tratamos de hacer las cosas bien por amor a Él, las juzga con el mismo criterio ilusionado que las madres. Mira nuestras obras como si fueran obras de arte, y las expone en el Cielo, para que todo el mundo admire el talento de sus hijos.
Seguro que nunca hemos leído en los Evangelios algo así: “Bienaventurados los que quieren controlarlo todo, los hiper-responsables y los que se agobian por llegar a todo, los ansiosos y los perfeccionistas, que quieren hacerlo todo a la perfección, porque de ellos…” Tendría que terminar diciendo: “…porque de ellos será el psiquiátrico”. Lo que sí hemos leído es esto:
«Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30).
Lo que hace suave y ligero el yugo de Cristo es esto: la fe, la esperanza y el amor. Cargas y yugos mucho menos pesados, llevados con cualquier variante del amor propio, resultan insoportables. En cambio, la fe, la esperanza y el amor hacen que confiemos plenamente en Dios, que lo abandonemos todo en Él. Y así nos libera de los fantasmas que nos agobian.
Hoy he estado de nuevo con un matrimonio vecino. Tienen una hija y dos hijos. Los dos hijos padecen una grave enfermedad cerebral y no pueden valerse por sí mismos para nada. He visto una y otra vez con qué cariño los cuidan, los llevan y los traen, los pasean por el parque. He visto un día y otro su alegría, manifestación de su fe. Nunca los he visto con mala cara. Para otros, esos hijos serían una carga insufrible. Para ellos es un yugo suave y ligero.
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