Escuchar aquí el episodio: Una religión sin amor
Pelagio, un monje de origen irlandés que vivió entre los siglos IV y V, afirmaba que no necesitamos una gracia especial para recibir la salvación, porque Dios nos ha dotado de suficientes facultades para que, con nuestro propio esfuerzo, logremos llegar a la vida eterna.
El pelagianismo podría parecer algo olvidado en la noche de los tiempos. Pero no es así. Tanto el cardenal Ratzinger, después Benedicto XVI, como Francisco han denunciado un tinte pelagiano en el modo de pensar de algunos cristianos contemporáneos.
Teniendo en cuenta las referencias de ambos, estas serían las características de los cristianos contaminados de pelagianismo:
- Quieren el orden puro: no el perdón, sino la justa recompensa.
Entienden la relación con Dios como una cuestión de justicia, donde el perdón no tiene sentido. “Si yo cumplo, Dios debe darme, como justa recompensa, la salvación; y al que no cumple, la condenación”. Esto nos recuerda la parábola del fariseo y el publicano: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que gano» (Lc 18, 11-12).
- Prefieren la seguridad a la esperanza, porque son incapaces de vivir la tensión hacia lo que debe venir y abandonarse a la bondad de Dios.
Quieren estar en orden con la justicia divina: eso es lo que les da la seguridad. Esperar en la bondad de Dios, abandonarse en Él, confiar en Él… eso es muy incierto. Lo seguro es que las cuentas estén a mi favor.
- Les falta la humildad esencial para el amor: la de recibir dones más allá de su actuar y merecer.
Entienden que Dios les dé ni más ni menos que lo merecido por sus obras. No son niños, no son humildes, para recibir el amor infinitamente generoso de Dios.
- Tienen el corazón duro hacia sí mismos, hacia los demás y hacia Dios.
- Con un duro rigorismo de ejercicios religiosos, oraciones y acciones, quieren procurarse un derecho a la bienaventuranza.
Son duros consigo mismos porque se exigen mucho para tener más mérito ante Dios y ganar la salvación. Son duros e incomprensivos con los demás, a los que exigen, sin contemplaciones, una conducta como la suya. No quieren acoger al pecador, comprenderlo y ayudarlo con cariño. Y son duros hacia Dios, porque no se dejan querer por Él, no le dejan ser Padre, no le dejan ser Amor.
- El núcleo de este planteamiento: una religión sin amor.
En el fondo, su religión está basada en la justicia entendida de modo legalista: pecado, castigo; obra buena, pago. No hay sitio para la misericordia.
- Tienen miedo a la gratuidad de Dios, que rompe los esquemas humanos de la conveniencia y la recompensa.
No entienden la gratuidad. Quizá no han pensado siquiera que nuestra misma existencia es fruto de la creación por amor, y que seguimos existiendo porque Dios nos sigue amando. Dios nos da a nosotros mismos. Y con el ser, nos da todo lo demás, la inteligencia, la voluntad, los talentos que tenemos. Todo es suyo. Y además muere por nosotros en la Cruz, destruye nuestros pecados y nos eleva gratuitamente a la categoría de hijos, por la gracia. Y está siempre con nosotros, dándonos en cada instante las gracias que necesitamos para poder caminar hasta el Cielo.
- Piensan que la santidad se construye con sus acciones.
La santidad la da Dios. El crecimiento en la fe, en la esperanza y en el amor, lo da Dios, no lo podemos conseguir por nosotros mismos. ¿Entonces no es necesario que nosotros hagamos nada? San Agustín decía que Dios, que nos creó sin nosotros, no nos salvará sin nosotros, sin nuestra cooperación. Dios quiere que respondamos libremente a su amor con nuestro amor. En eso consiste nuestra cooperación: todo lo que hacemos: el trabajo, el sacrificio, la oración…, no es para tener derecho a la salvación, no es para que Dios nos quiera; sino para responder libremente al amor de Dios, para vivir la amistad con Él, que nos da gratuitamente el Cielo.
- Se distraen de Cristo porque se vuelcan en el hacer, el activismo, el esfuerzo.
Está de moda decir que todo se consigue con esfuerzo. Lo malo es que trasladan esa afirmación a la vida sobrenatural. No se han enterado de que la gracia, la salvación, la amistad con Dios, la filiación divina, no se consiguen con esfuerzo. Son dones gratuitos de Dios. Inmensos y gratuitos. Y el Señor solo espera que nosotros nos abramos a sus dones y nos dejemos querer por Él, y respondamos dándole nuestro amor. Un amor que nos lleva a esmerarnos en el cumplimiento de nuestros deberes.
- Tienen un estilo de vida serio y almidonado, “miran el piso”, las cosas concretas y eficaces.
- Confían en las estructuras, en las organizaciones, en las planificaciones perfectas porque son abstractas.
Piensan que la eficacia en la vida sobrenatural, en la vida interior y en el apostolado, depende de ellos, de hacer actos de piedad a la perfección; de sus habilidades para convencer; de sus montajes humanos para atraer a la gente a Cristo. Y cuando ven que su lucha interior no es eficaz, o que sus obras apostólicas no dan fruto, se hunden y desesperan.
- Asumen un estilo de control, de dureza, de normativas. La norma da al pelagianismo la seguridad de sentirse superior, de tener una orientación precisa.
Cumpliendo las reglas y normativas se sienten seguros, porque así están “cumpliendo con Dios”, y Dios no puede quejarse ni retirarles su favor. A la vez, como cumplen todas las reglas, se sienten superiores a los demás.
- Encuentran su fuerza en todo eso: control, normativa, estructuras, planificaciones, y «no en la ligereza del soplo del Espíritu».
La ligereza del soplo del Espíritu. Desconfían muchísimo del soplo del Espíritu. “Uy, eso es muy peligroso. El Espíritu ha dado sus reglas, sus mandatos y sus prohibiciones. Lo demás es fruto de la subjetividad, los sentimientos y las emociones, que podemos confundir fácilmente con el soplo del Espíritu. Por eso, lo mejor sería acabar con los sentimientos y las emociones”. Espíritu Santo: yo puedo caer, como cualquiera, en esta mentalidad pelagiana. Más aún, seguro que no estoy libre de contagio. Te pido que me hagas niño pequeño, muy pequeño, para que me quede claro que no soy capaz de nada sin Ti, que dependo totalmente de tu amor, que todo me lo regalas Tú, que solo quieres que yo me abra agradecido a tu don infinito, a tu misericordia, a tu generosidad.
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