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Esperanza, porque algo bueno está por venir

por Editor mdc
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Algo bueno está por venir y es lo que nos llena de esperanza a pesar de las dificultades (Rm 8, 18-25)

Iniciamos este año llenos de esperanza. A pesar de las adversidades, en diciembre recibimos nuevamente a nuestro Dios que se hizo hombre y vino a nosotros para salvarnos y darnos vida eterna (Lc 2,1-20). Esta misma esperanza es la que me impulsó a escribir, porque quise llevar a Jesús resucitado a todos mis hermanos. 

Hace unos días alguien me dijo que no empezamos bien el año y es verdad, estamos atravesando una de esas tormentas que pareciera que nos van a voltear la barca (Mt 8,23-27). Sin embargo, es ahora cuando toca vivir literalmente de la esperanza. Es necesario recordar que siempre que llovió salió el sol. Cada amanecer es una oportunidad para que todo mejore. Cada día es una página en blanco que escribimos con nuestras acciones frente a las circunstancias. Algo bueno está por venir y es lo que nos llena de esperanza a pesar de las dificultades (Rm 8, 18-25).

Pero, ¿qué es la esperanza? ¿Cómo se vive?  Espero y confío en que voy a lograr aquello que deseo o que me propuse. Se espera en diversas situaciones de la vida -una mujer embarazada espera nueve meses a su niño; un estudiante espera el resultado de un examen; una adolescente espera su fiesta de 15 años. Ahora, si hablamos de la gran esperanza, nos referimos a una virtud teologal (CIC 1817). Las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad. De acuerdo al Catecismo de la Iglesia Católica, la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre, aspiramos al Reino de Dios y la Vida Eterna poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo, porque sabemos que siempre las cumple (CIC 1818). Vivimos con optimismo y alegría ya que si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rm 8, 31-38).

La esperanza se transmite en lo cotidiano. Si queremos mantener viva esa llama, debemos permanecer unidos a Dios. Los medios para ello son la oración y los sacramentos (Hb 10,19-25). 

Sin embargo, vale preguntarse qué pasa cuando sentimos que todo se cae y no vemos la luz al final del camino. Tener esperanza no quiere decir que los problemas no vayan a venir (Sal 34,18-20). ¿Acaso podemos concebir está vida sin esfuerzo y sacrificio? Por supuesto que no, basta pensar en un deportista que para ganar una competencia debe entrenar, pasar pruebas y confiar en que con la gracia de Dios llegará a la meta. Entonces, nuevamente, confiemos en que algo bueno está por venir, porque Jesús camina con nosotros (Sal 116, 7-12). 

La esperanza es Jesús mismo diciéndonos que al final todo va a estar bien. Él, que siendo Dios vivió cuarenta días en el desierto, cargó la cruz, murió para redimirnos y resucitó para quedarse con cada uno de nosotros. Comprende nuestros dolores y fatigas porque Él mismo pasó la fatiga y el dolor. ¿Verdaderamente lo creemos? ¿Somos conscientes de lo que implicó su calvario? (Jn 19,28-42;20,1-18).

Asimismo, el Evangelio está lleno de pasajes de esperanza, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Abraham creyó y confió contra toda esperanza, Dios le prometió descendencia a pesar de su ancianidad y de que su mujer era estéril y así ocurrió (CIC 1819). Judit fue una mujer valiente y de fe que frente a situaciones límites y dolorosas no le puso condiciones a Dios, dejó que la esperanza venciera los miedos y las dudas (Jdt 8, 11-27). Por su parte, ante desgracias e infortunios de la vida, Job nunca dejó de poner su confianza en el Señor aunque todos le sugerían lo contrario (Job 2, 7-13). La Virgen María, reina de la esperanza, se mantuvo firme al pie de la Cruz de su Hijo y nos recibió a cada uno de nosotros como hijos suyos (Jn 19,25-27). San Pablo, también con esperanza, llevó la Palabra de Dios más allá de persecuciones, detenciones y otras complicaciones que surgieron en sus viajes, sólo basta leer Hechos de los Apóstoles y sus cartas (Hch 16, 19-40). 

Por lo tanto, podemos afirmar que no es fácil el camino pero la esperanza no defrauda, Dios siempre está a nuestro lado. La esperanza es ese motor interior que nos impulsa hacia adelante, que da sentido (CIC 1820). Vamos peregrinando por este camino hacia nuestra Patria Celestial. Si nos toca un pasaje difícil, no tengamos miedo, todo pasa, algo bueno está por venir porque el Señor nos acompaña (CIC 1821).

Para finalizar, quiero hacer oración de una frase de la carta encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI sobre la esperanza cristiana:

Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino.

Por eso, vayamos con esperanza, que algo bueno está por venir. 

Autor: una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.

*CIC Catecismo de la Iglesia Católica


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