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¿Qué esperamos?

por Pbro. Tomás Trigo
Dios

Llegar al Cielo es imposible para nosotros, pero posible para Dios. Y nos ha prometido que no dejará de darnos todos los medios para que podamos llegar.

Queremos ser felices, y Dios nos da a probar aquí su felicidad en la medida en que nos abrimos a su Amor y respondemos amando, pero la felicidad total vendrá después, cuando podamos ver a Dios cara a cara en el Cielo. Eso es lo que esperamos: la vida eterna feliz con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y los ángeles, y los millones de hermanos nuestros que ya han llegado al lugar que Jesucristo nos ha preparado.

«Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1024).

«Vivir en el cielo es “estar con Cristo” (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven “en Él”, aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17): “Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino” (San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam 10,121)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1025).

Por eso podemos decir, con san Pablo:

«¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó» (Rm 8, 35. 37).

No existe nada que pueda impedirnos llegar al Cielo, nada que pueda apartarnos del amor de Cristo. Porque Dios nos ha prometido que nos dará toda la ayuda que necesitamos, y para que esperemos en Él con absoluta confianza ha infundido en nuestros corazones la virtud de la esperanza.

«La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. “Mantengamos firme la confesión de la esperanza, porque fiel es el que hizo la promesa” (Hb 10, 23). “El Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro salvador, para que, justificados su gracia, fuéramos herederos de la vida eterna que esperamos” (Tt 3, 6-7)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1817).

Sin esta virtud que Dios nos concede no podríamos siquiera aspirar al Cielo que Dios nos ha prometido, porque es inaccesible para nuestras fuerzas. ¿Puede esperar un niño de cinco años ganar una maratón en la que participan los campeones del mundo? Ni pensarlo. Lo mismo diríamos nosotros si no tuviéramos la virtud de la esperanza: ¿El Cielo, la visión de Dios cara a cara? Ni pensarlo. Pero apoyándonos en el Autor de la promesa, caminamos ilusionados por la vida, alegres, felices, a pesar de las dificultades, porque sabemos que no somos unos ilusos, que podemos llegar.

Sin embargo, hay “creyentes” que no esperan el Cielo ni creen que podamos llegar a él. Es muy sorprendente, pero por desgracia es así. Y hay “creyentes” que esperamos el Cielo, pero olvidamos que la Vida de verdad no es esta en la que estamos, sino la otra. Y actuamos como si la vida de la tierra fuese la única. Por eso nos parece tan absurdo el sufrimiento, la enfermedad, el dolor, la contrariedad. 

Cuando una persona espera llegar a un destino que le ilusiona, en el que sabe que encontrará una maravillosa felicidad, le da poca importancia a las dificultades con las que tropieza por el camino. Porque tiene puesta la vista y el corazón en el destino, y piensa que vale la pena sufrir un poco para llegar a la meta que tanta alegría le va a dar. He visto hace poco una película en la que se reflejaban los sufrimientos de las personas que quieren subir al Everest. Llegar a la cumbre les atrae tanto, tanto, que se ponen en peligro de morir para poder alcanzarla. 

La cumbre del Cielo sí que vale la pena. Pero quizá no nos ilusiona tanto como a los escaladores del Everest. O tal vez no nos detenemos a considerar la felicidad del Cielo, porque solo pensamos en pasarlo bien en estos pocos años que dura la vida de la tierra, y no imaginamos nada mejor que los gozos de los que aquí podemos disfrutar. No sé. ¿Será que imaginamos el Cielo como algo tedioso y soporífero, algo siempre igual? ¿Será que imaginamos a Dios como un ser aburrido, monótono y soso? Si nos pasa eso es que tenemos una idea de Dios y del Cielo muy deformada, y radicalmente equivocada. 

¿Cómo es posible que una persona como Teresa de Ávila diga de verdad que está deseando ver a Dios, que muere por verlo, y que nosotros no tengamos ni un poco de ilusión en estar con Él? Algo falla en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Tenemos que pedir a Dios que nos convierta en locos enamorados. Solo entonces desearemos con todas nuestras fuerzas estar con Él. 

Si estuviéramos enamorados de Dios, el Cielo nos llenaría de ilusión y llevaríamos con más alegría las dificultades, porque nos ayudan a llegar a la meta. El amor hace más ligero cualquier peso que llevemos por aquel a quien amamos. 

Otras publicaciones de Tomás Trigo

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