Hace tiempo quería escribir sobre el Inmaculado Corazón de María y pensé que el mes de mayo era el momento oportuno, sin embargo, Dios tenía otros planes. En junio celebramos el Sagrado Corazón de Jesús y, ante la propuesta de reflexionar sobre los dos, acá estoy con mi sí. Ambos corazones están unidos, no podemos pensar en el Inmaculado Corazón de María sin el Sagrado Corazón de Jesús, es nuestra Madre la que nos lleva a su Hijo (Mt 1,20).
Llena de gracia, la Virgen recibió a Jesús en su mente, en su corazón y en su seno. Toda de Dios, respondió: “Hágase en mí” (Lc 1,38). ¿Nosotros le decimos lo mismo a Dios frente a las circunstancias de la vida cotidiana ? Parte de nuestra elección de aceptar las cosas como son y confiar en la Divina Providencia. María creyó verdaderamente en que “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37). ¿Por qué no somos conscientes de lo que implica esa frase?
María meditaba todo en su corazón (Lc 2,51) . Supo de amor, tristezas, imprevistos e incluso un puñal atravesó su Inmaculado Corazón. () Pero ella siguió de pie, buscando cumplir la voluntad de Dios (Lc 11,27-28). En las bodas de Caná le mostró a su Hijo la necesidad de otras personas: “No tienen vino”, intercedió. Cuánto nos falta hoy en día el vino de la esperanza, de la alegría, del perdón, de la fraternidad. Hay sufrimientos que dejan la tinaja de nuestro interior vacía. No obstante, como en ese tiempo María indicó “hagan todo lo que Él les diga”, nos dirige a nosotros las mismas palabras (Jn 2,3-10). Nuestra Madre siempre se preocupa por sus hijos y si ve que uno se encuentra con el agua al cuello, mueve cielo y tierra para ayudarlo..
En otro pasaje del Evangelio vemos cómo María sale al encuentro de su prima Isabel, quien llena del Espíritu Santo reconoce a la Madre de Dios. Entonces, del corazón de la Virgen brota el Magnificat, que es un canto de alabanza a nuestro Padre celestial (Lc 2,39- 56). Años más tarde, ese mismo corazón sufrirá la Pasión de su Hijo, nos recibirá como Madre (Jn 19,25-27) y se llenará de Gozo nuevamente en la Resurrección. Con su testimonio de fe, nos revela que su Inmaculado Corazón triunfará al entregarnos al adorabilísimo corazón de Su Hijo, tan estrechamente entrelazado al suyo (Lc 2, 16-20).
En la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios se hizo hombre y tomó un corazón humano que siente como nosotros pero a su vez es divino. Se reveló a la humanidad, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,1-14). Amó hasta el extremo, vino en busca de las ovejas perdidas (Ez 34,11-16). Murió en la Cruz y, mientras de su costado brotaban sangre y agua, se abrió un océano de misericordia para los hombres de todo tiempo (Jn 19,31-36). Resucitó para regalarnos vida eterna. Nos comprende bien porque Él padeció la Pasión, la soledad. “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,28-30), nos guía. Por eso, ante las adversidades no dudes en unirte a Jesús.
La devoción al Sagrado Corazón proviene de siglos atrás. San Juan se reclinó en el pecho de Jesús y sintió sus latidos (Jn 13, 23). Otros santos como San Agustín, Santa Lutgarda, Santa Matilde, Santa Gertrudis, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila, San Juan Eudes, entre otros han tenido presentes este signo en sus vidas. Santa Margarita de Alacoque recibió revelaciones al respecto en las que Jesús le pidió instaurar una fecha especial para comulgar y reparar los pecados. Por su parte, las promesas del Sagrado Corazón son un regalo para cada una de nuestras almas..
¿Y cómo está nuestro pequeño corazón? ¿Podemos afirmar como San Pablo, “no soy yo, es Cristo que vive en mi”? Recordá siempre que el que busca, encuentra y al que llama, se le abre (Mt 7,7-12). Las obras salen del interior y la oración es central para no perder el rumbo (Lc 6,45). Pensemos en esto: si Cristo vive en mi corazón y en el tuyo: en cada acto de amor y desamor hacia el otro Cristo está presente (Gal 2,20). Por eso, si metimos la pata hasta el fondo, con un corazón sincero acerquémonos al sacramento de la Confesión, donde el Señor nos espera, perdona y abraza (Mt 18, 21-35). Luego nos toca tratar a cada hermano con la misma mirada misericordiosa que Dios tuvo con nosotros (Lc 10,27-37).
Cómo decía Santa Teresa, “Sólo Dios basta”. Un sacerdote me habló sobre echar raíces en aquellas cosas que nos acerquen a Dios, por más que estemos en una etapa desértica en nuestra relación con Él. Algo bueno está por venir porque puedo echar raíces en el Corazón de Jesús y de María (Lc 8,15). Ojalá que por medio del Espíritu Santo lleguen a lo profundo de mi ser para amar a Dios, a mis hermanos y afrontar mis tareas y decisiones cotidianas con profundo amor (1 Jn 3,18-24).
Algo bueno está por venir con el Inmaculado Corazón de María y el Sagrado Corazón de Jesús porque son el refugio seguro que nos lleva hasta el cielo (Mc 12,34). Si tengo un día difícil, encuentro consuelo; si estoy agobiada, me brindan serenidad; si siento aridez, me regalan un oasis donde descansar. Los frutos los puedo ver en mi vida diaria (Mc 7,14-23).
Por eso para finalizar unámonos de corazón a corazón y digamos a una sola voz:
Mi corazón a tus plantas pongo bendita María para que a Jesús lo ofrezcas junto con el alma mía. Inmaculado corazón de María llévame al Sagrado Corazón de Jesús y enséñame a amarle como merece ser amado.
Algo bueno está por venir porque María nos lleva al Sagrado Corazón de Jesús.
Autor: una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.
Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC
Subscribe to get the latest posts sent to your email.