Primera entrega de esta serie de artículos dedicados a una de las facetas de este clásico personaje de la literatura universal, del cual el autor de este texto ya nos ha hablado en otras ocasiones.
El concepto de justicia que maneja Cervantes en el Quijote es el de Santo Tomás de Aquino (de raíces aristotélicas), el que le llega al escritor por medio de la Escuela de Salamanca. También por otros libros y sermones como el libro de los estados de Fr. Francisco de Osuna, la Luz del alma cristiana de Fr. Felipe Meneses y la Guía de pecadores de Fr. Luis de Granada.[1] Santo Tomás de Aquino dirá que: “el acto propio de la justicia es dar a cada uno lo suyo” [2]. Existe la justicia legal o general referida a la relación de los individuos con el todo social, también la justicia particular que abarca la justicia conmutativa o reparadora, correspondiente a las relaciones de los individuos entre sí y la justicia distributiva o asignada, referida a la relación del todo social con los individuos. [3]
Angel Pérez Martínez, en su obra, El Quijote y su idea de virtud constata: “La palabra justicia aparece cincuenta veces en el Quijote, veinte en la primera parte y treinta en la segunda. La palabra justo aparece treinta y seis veces” (p.146). Por lo que remarca: “La búsqueda de la justicia quizá es una de las virtudes más explícitas entre los ideales del Caballero de la Triste Figura” (p.147).
Así nos cuenta el narrador las motivaciones de don Quijote para hacerse caballero andante:
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.[4]
Ciertamente, para don Quijote, hacer justicia, deshaciendo todo género de agravio, es parte esencial de su misión.
El pastor Andrés
Don Quijote acaba de ser armado caballero (Capítulo 3), en una ceremonia paródica, en una venta (para él castillo) y por el ventero, a quien había tomado por castellano (el señor del castillo). Era el amanecer y don Quijote salía muy contento de la venta. No había andado mucho cuando oyó unos lamentos que salían del bosque.
Don Quijote se encaminó al lugar desde donde los lamentos venían y vio que un labrador azotaba a un muchacho de quince años. Confrontó al labrador y lo acusó de cobardía y crueldad, ante lo cual éste le explicó que el muchacho era un pastor a su servicio a quien castigaba porque le había perdido varias ovejas. Don Quijote le ordenó que soltara al muchacho y le pagara los sueldos atrasados que le debía. “El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto” (I, 4; 49). El labrador accedió a los mandatos del caballero, pero alegó que tenía que llevar a Andrés, que así se llamaba el muchacho, a su casa, para pagarle. Ante lo cual, Andrés protestó:
—¿Irme yo con él? […]. Mas ¡mal año! No, señor, ni por pienso, porque en viéndose solo me desuelle como a un San Bartolomé.
—No hará tal —replicó don Quijote—: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recibido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
—Mire vuestra merced, señor, lo que dice —dijo el muchacho—, que este mi amo no es caballero, ni ha recibido orden de caballería alguna, que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar (I, 4; 50).
En efecto, don Quijote se retiró del lugar muy satisfecho, pero en el momento que se perdió de vista, el labrador volvió a atar a Andrés a la encina y le dijo: “quiero acrecentar la deuda para acrecentar la paga” (I, 4; 51) y “le dio tantos azotes, que lo dejó por muerto” (I, 4; 51).
No obstante, el episodio no concluye aquí, pues tiene su secuela en el Capítulo 31 de la primera parte. Don Quijote se encuentra nuevamente con Andrés y aprovecha la ocasión para relatarle a los presentes como había salvado de los azotes de su amo al muchacho (Capítulo 4) y además para explicarles las ventajas de la caballería andante; por lo que le pidió al joven que les contara la “hazaña”. La respuesta del muchacho no se hizo esperar:
“—Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondió el muchacho—, pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina” (I, 31; 317).
El episodio de Andrés presenta un caso de justicia conmutativa. Don Quijote claramente se pone del lado del débil (un joven de quince años) a quien su amo lo castiga con extrema crueldad, tal vez un tipo de injusticia y de castigo habitual en la época (Martínez Pérez, pp.156-157). La acción justiciera de don Quijote fracasa por su falta de prudencia. La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y elegir los medios para realizarlo. “Es la regla recta de la acción,” [5] según Santo Tomás de Aquino. Joseph Pieper la llama “la conciencia de la situación” [6] y siempre está referida “al plano de los ‘caminos y medios’, que es el de la última y concreta realidad” (p.43). Ángel Pérez Martínez destaca: “Un elemento previo a la acción justa es una correcta visión de lo real. Por ello se puede decir que en aras de la justicia es necesaria la prudencia” (p.137). Don Quijote es imprudente porque, debido a su locura, aplica los lentes de la andante caballería a la realidad y la distorsiona. Es incapaz de tener conciencia de una situación que hasta un muchacho de quince años comprende, pues le advierte: “que este mi amo no es caballero, ni ha recibido orden de caballería alguna, que es Juan Haldudo, el rico, el vecino de Quintanar”. Por consiguiente, la única manera de elegir el bien y realizar la justicia en una situación concreta es mediante la coherencia entre principios, medios y fines.
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