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Escuela cristiana y pensamiento moderno

por Catequesis Familiar
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La educación católica ha sido un referente institucional de calidad durante siglos. Lo sigue siendo en muchos lugares; pero el proceso de secularización ha ido socavando gradualmente los principios que sirven de referente a las instituciones educativas cuya propuesta es esencialmente confesional.

Es hasta cierto punto lógico que los colegios pongan el acento en los contenidos técnicos, las ciencias experimentales y la preparación de pruebas que sirven de acceso a otros estudios y salidas profesionales. Pero no lo es tanto que, en el esfuerzo por mantenerse en las primeras posiciones, hayan dejado en segundo plano su identidad cristiana, motivo primordial de su existencia. 

La cuestión ha llegado al límite cuando, llevados por la ola de la ideología de género, algunas de estas escuelas sucumben a las imposiciones externas sobre el currículo y admiten enseñanzas que entran en conflicto frontal con los valores cristianos.

La excelencia sin rumbo

La mentalidad competitiva, tan propia de nuestro tiempo, ha calado también en el sector educativo. Los avances en el campo de la psicología y de la pedagogía han multiplicado las propuestas de programas y proyectos que, supuestamente, proporcionan reconocimiento y prestigio a los centros escolares, que luchan denodadamente por conseguir un lugar en los primeros puestos de los rankings. 

Sin embargo, se está demostrando que la tendencia de estos avances es cada vez más errática. Los proyectos de formación en valores, educación para la ciudadanía, liderazgo, formación del carácter, apoyo emocional, prevención del bullying, salud sexual, respeto a la diversidad, etc., están configurando una nueva ética, que poco a poco desplaza a la formación moral católica. Es una ética en la que el plano religioso suele brillar por su ausencia, en un alarde de no imponer convicciones religiosas, que se consideran un asunto privado, que no tiene cabida en la educación “por respeto” a los que piensan de modo distinto. 

El gran problema es que todos estos fenómenos han pillado desprevenidos a los padres, que hasta hace poco vivían confiados en que sus hijos se encontraban en buenas manos. Pensar esto, ahora, con lo que se está viendo en todas partes, es una ingenuidad mayúscula. 

Principios de antropología cristiana

La constitución dogmática Gaudium et spes afirma en el n. 22: «Cristo manifiesta el hombre al propio hombre». La frase condensa la idea de que el hombre, en cuanto tal, está totalmente perdido sin Cristo, también en su realización humana. 

Las virtudes personales y sociales, si son virtudes, lo son para todos, cristianos y no cristianos. Pero el cristiano tiene una conciencia clarísima de que:

  1. El hombre es una criatura: mientras que las demás criaturas del universo cumplen su destino sometiéndose a las leyes de la naturaleza y a los propios instintos, al ser humano se le ha dado la opción de hacerlo libremente. La libertad no es un absoluto sin límites, sino una capacidad y un don para adherirse voluntariamente a los planes de Dios.
  2. Cristo es “el” modelo, no “un” modelo, ni una figura que hay que admirar, sino que hay que imitar. 
  3. Dios es el principio de acción que hace posible, mediante la gracia, que sus elegidos, entre los que hay muchos “no idóneos”, se hagan idóneos. El papel de la gracia es de tal importancia que resulta imposible plantear un cuadro de ejercitación y mejora personal que no la considere.
  4. El objetivo y fin que da sentido a la vida humana es la llamada a la perfección para participar de la Vida divina. 

Estas sencillas y básicas realidades cristianas proporcionan una dimensión nueva al ser y crecer del hombre, y hacen palidecer cualquier intento de ofrecer una respuesta educativa completa, si no son asumidas en todo su potencial. 

“Aunque Dios no existiera”

Fue Hugo Grocio, jurista, escritor, poeta y teólogo holandés, autor clave en el desarrollo del Derecho Internacional, acuñó la frase ‘vivir como si Dios no existiera’ para, entre otras cosas, superar los conflictos de las guerras de religión que asolaron Europa durante más de 100 años. 

Benedicto XVI se refirió a ella, en 2008, con las siguientes palabras: 

“Cada vez más la fórmula ‘etsi Deus non daretur’ se convierte en un modo de vivir, cuyo origen es una especie de “soberbia” de la razón –realidad también creada y amada por Dios– la cual se considera a sí misma suficiente y se cierra a la contemplación y a la búsqueda de una Verdad que la supera” (Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura).

Creo que el comentario del papa Benedicto, cuyo prestigio intelectual es reconocido por creyentes y no creyentes, pone el dedo en la llaga del problema. Para no alargar este artículo, evito más digresiones y paso a enumerar algunas conclusiones o recomendaciones que me vienen al pensamiento en este punto:

  1. La base más sólida para educar a otros es la que parte de una vivencia cristiana profunda. No es tanto una asignatura académica -religión- cuanto un ejemplo, acompañamiento y actitud vital de encuentro con Dios y pertenencia a la Iglesia: solemos llamarle catequesis, en sentido amplio. Los proyectos educativos pueden ayudar, jamás sustituir dicha base, porque acaban dando vueltas a ninguna parte como pollos sin cabeza.
  2. La fórmula educativa más eficaz, la que de verdad forma el carácter, la personalidad, las virtudes y las aspiraciones vitales, es la formación cristiana llevada a cabo con rigor intelectual y ejemplar. El reto de la nueva evangelización no se restringe a la conversión de los hombres a Dios, sino que tiene el objetivo que de que los hombres descubran quiénes son y deben ser ellos mismos.
  3. La catequesis cristiana y cualquiera de estos programas no son propuestas alternativas, sino complementarias. La catequesis se beneficia de los proyectos formativos porque, si no lo hace, puede incurrir fácilmente en modos voluntaristas, autoritarios o espiritualistas. Las propuestas educativas de procedencia académica necesitan de la fe, porque por sí solas no tienen capacidad para descubrir la dimensión más propia del hombre.
  4. Educar no es lo mismo que instruir ni domesticar: sólo educamos a las personas. Y no se puede educar -en su sentido más profundo- a nadie desde el plano “intrascendente”, por muy científico que sea el procedimiento. Sencillamente se está privando a los niños, jóvenes o adultos de la parte de verdad que expresa con más claridad lo que son y para qué son.
  5. Los proyectos y propuestas educativas actuales suelen partir del prurito académico de ser consideradas neutrales (y, por tanto, aconfesionales). La negativa a aceptar la Revelación como elemento sobre el que construir el desarrollo educativo denota un empequeñecimiento de la razón, que se resiste a considerar cualquier dato “no científico” como “verdadero”. 
  6. Los educadores cristianos -y esto incluye a las familias en primer lugar- que prestan más atención a estos avances pedagógicos que a la formación de la fe incurren en un profundo desatino y cometen una injusticia, derivada en el fondo de la ignorancia y de un complejo de inferioridad absurdo ante la cultura dominante. 

El lector puede pensar que estas sugerencias son utópicas, pues la sociedad moderna dejó de ser mayoritariamente católica y, en consecuencia, estas tesis no son susceptibles de aplicación. Me inclino más bien por continuar la reflexión de Benedicto XVI, que proponía “dar la vuelta al axioma de los ilustrados y decir: incluso quien no logra encontrar el camino de la aceptación de Dios debería de todas formas buscar vivir y dirigir su vida ‘veluti si Deus daretur’, como si Dios existiese”. Puestos a elegir una alternativa, parece la más razonable. 

En #BeCaT hacemos una apuesta firme por el valor formador y transformador que tiene la catequesis para modelar personalidades y apoyar el crecimiento del carácter y de las virtudes. Catequistas, profesores y, sobre todo, padres de familia, tienen la oportunidad de aprender para que su servicio educativo sea realmente eficaz.

Catequesis Familiar

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