Todo cuanto sucede y suceda por voluntad de Dios, favorecerá la continuidad de la existencia, la renovación de la vida
Sin duda habrá leído o escuchado la frase “No se mueve ni la hoja de un árbol, sin la voluntad de Dios” o “No cae la hoja de un árbol, sin la voluntad de Dios”; hay varias versiones. E incluso la habrá escuchado en sermones, aunque esta frase no proviene de las Sagradas Escrituras. Y no es que cada frase de un sermón deba provenir necesariamente de algún texto bíblico, pero ésta en particular proviene del Quijote, la obra cumbre de Miguel de Cervantes. Puntualmente en el capítulo III de la segunda parte, cuando Sancho expresa ansiedad por cuándo finalmente cumplirá Don Quijote con otorgarle la ínsula que le tiene prometida. Don Quijote intenta persuadirlo de que todo llega a su debido tiempo y le dice: – “Encomendadlo a Dios, Sancho, que todo se hará bien y quizá mejor de lo que vos pensáis, que no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios.”
Por tratarse entonces de una frase no salida de la Biblia, me tomaré la libertad de compartir mi interpretación al respecto. Los contextos son importantes: en la oración de Don Quijote, él exhorta a Sancho a que encomiende a Dios su deseo con esperanza, que sin la voluntad de Dios de por medio, nada sucederá (todo se hará bien y quizá mejor de lo que vos pensáis). El énfasis de su oración entonces, está más en un “pide a Dios”, que en lo de la hoja, que lo agrega como una ilustración retórica al alcance de la injerencia de Dios hasta en los más mínimos detalles.
Si por el contrario, sólo se dice aisladamente: “No se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios”, lo que tenemos es una sentencia con carácter de alabanza a Dios, a la omnipotencia y omnipresencia de su voluntad.
Y así es como generalmente se la utiliza: como una alabanza que afirma que todo sucede por voluntad de Dios. Pero ahí tenemos un problema, porque luego suceden las cosas malas, los accidentes y desgracias y entonces, ¿todo y sólo fue por voluntad de Dios? Y surgen los: “¿por qué me haces esto, qué hice yo, qué estaré pagando?” Y seguimos con los: “me abandonaste, pudiste haberlo evitado con sólo quererlo, me traicionaste, etc.”, para llegar a los: “Un Dios que permite esto, que es capaz de tanta maldad…” y terminamos en los “ya no creo en Dios”, como aquellos que tras un terrible desencanto amoroso terminan en que: “ya no creo en el amor”. Pero el amor como tal, ahí sigue, en toda su inmaterialidad e invisibilidad, sólo que uno se lo pierde. Al amor, que no crean en él, ni le quita ni le pone.
Pienso que humanizamos demasiado a Dios; mentalmente lo concebimos a imagen y semejanza del hombre. Y si hablamos de voluntad divina, la imaginamos similar a la voluntad humana, sujeta a deseo, interés, capricho o estado de ánimo. Y entonces, hasta podemos imaginar a un Dios en un mal día, decidiendo que: “pues que hoy las hojas no se mueven… porque no me nace y ya.”
Pero las hojas se mueven si hay viento y si no, no se mueven. Y hay días en que no sopla ni una brisa y días de huracanes, en el contexto de todo un sistema climático, de una posición planetaria respecto al sol, e infinidad de factores. Y así sucede que aunque la hoja no se mueva a la vista, gira junto al planeta y viaja por el cosmos a una velocidad descomunal, dado que en todo el universo no hay ni una partícula que no esté en movimiento, porque la materia es a la vez energía y la energía es a la vez materia; esa es su doble naturaleza. Así como el hombre es cuerpo y alma; esa es su doble naturaleza.
De modo que decir que la hoja no se mueve sin la voluntad de Dios, es sólo un recurso retórico para decir – ya en tono afirmativo – que la hoja se mueve por voluntad de Dios.
¿Y qué es entonces esa voluntad de Dios?
Es el gran plan cósmico, que alcanza desde el mínimo y más insignificante detalle en el pasado más remoto, pasando por cada cosa que sucede hoy y hasta en el más lejano futuro. Y cuando estudiamos matemática y música (que es el estudio del número en movimiento), física, astrofísica, biología y demás ciencias naturales, nos aproximamos a los elementos fundamentales de ese plan, a los trocitos con que se construye y desarrolla ese plan de alcances cósmicos. Y no sé por qué si se afirma que Dios hizo todo lo que existe, se asume que su voluntad y su plan es independiente de ello, que no se rige, que no se sustenta de ello, sino que es algo aparte “incomprensible” para nosotros. Que por un lado está la ciencia y lo material y aparte, la fe y lo espiritual.
Porque todo empieza con la fuerza de gravedad o atracción gravitacional, que hace que todo objeto dotado de masa/energía se atraiga entre sí y eso permite la formación de moléculas, partículas, polvo, arena, rocas, calor, planetas, estrellas, vida, ¡la existencia misma! Y a esa fuerza de gravedad se la denomina una “interacción fundamental” de la materia y se sabe que existe y se la calcula, pero no se sabe por qué existe; qué provoca esa fuerza.
Y ahí empieza la voluntad divina, porque en otro universo – que obviamente no existiría – la materia podría no tener esa atracción gravitacional, sino que se dispersaría, no formaría masa ni nada.
Si son necesarias ciertas cualidades físicas fundamentales – que pudieron no darse – para la existencia y para la vida, cómo esperar que el plan celestial, la voluntad de Dios, sea independiente de ellas y no las haya “requerido” como herramienta fundamental de su complejísima obra. Pero pasa que en un exceso de alabanza e intensión de engrandecer hasta lo inimaginable la idea de Dios (sin duda con buena intención), nos dicen que él está por encima de todo eso, que él si quiere, con un soplo, con la punta del dedo (como si fuera un humano super-poderoso o un iracundo Dios mitológico), puede destruir todo o hacerlo de nuevo. Y entonces pareciera que el estudio de la realidad y las ciencias, fuera más una terapia ocupacional, porque independiente de cualquier cualidad física, todo sucederá o no, por voluntad divina. Y eso marea y nos aleja de intentar comprender la relación entre lo que sucede y Dios y – sobre todo – de nuestra participación y responsabilidad en ello.
Porque el plan cósmico celestial, la voluntad de Dios, requiere que seamos concebidos biológicamente, que nazcamos y muramos, todo para la continuidad y preservación de la vida. Que los planetas y estrellas nazcan y mueran. Y de todo ese plan, cada uno de nosotros es una micronésima parte, con la ominosa capacidad de alterar ese plan. Así es; cada uno de nosotros podemos violar y alterar la voluntad divina, cuando matamos, destruimos, incluso cuando hacemos. Porque de no haber matado o destruido, aquel, aquello seguiría existiendo y aportando al gran plan celestial, que por nosotros cambió. Pero sucede que hasta eso está contemplado en el gran plan; un complejísimo algoritmo que contempla el cambio y su consecuencia y hasta el libre albedrío humano.
Y la evidencia de que como humanos somos capaces de violar y alterar la voluntad de Dios, la encontramos ya en los Diez Mandamientos, comunes a la fe judeo/cristiana. ¿Por qué se nos ordena “No matar”, “No robar”, etc.? ¡Porque podemos! Y con ello, literalmente violamos la voluntad de Dios. ¿Por qué ordena santificar las fiestas y honrar a los padres, etc.? Porque fácilmente podemos no hacerlo y con ello violentar la voluntad de Dios.
Qué sentido tendría que se nos prohibiera resucitar, si no podemos. Qué sentido tendría que se nos ordenara respirar, si no podemos dejar de hacerlo.
No todo lo que sucede entonces, es la voluntad de Dios. ¡Peero!…y esto es lo fascinante: la voluntad de Dios lo enmienda, lo corrige, lo compensa, lo reencausa y renueva. Y quizás cada vez somos más y violamos más profundamente la voluntad de Dios y quizás algún día realmente lleguemos a provocar un daño tan irreversible, que acabe con la vida en el planeta…al menos para nosotros. Pero de todos modos, el gran plan celestial continuará (solo que sin nosotros y por nuestra culpa) y quizás incluso, la mera existencia humana (con su facultad de autoextinguirse) haya estado contemplada en el gran plan así: como apenas una linda experiencia y experimento, que como todas las cosas buenas, alguna vez terminan. De nosotros dependerá, más que de la voluntad de Dios.
¿Por qué no crearnos entonces obedientes e inofensivos, como en aquel paraíso terrenal? ¿Por qué el cinismo y la malicia de proveernos de libre albedrío y tal capacidad de construcción y destrucción? ¿Para ponernos a prueba y ver si fallamos? Spoiler alert: vamos a fallar.
Sin esos accidentes y violaciones naturales y humanas a la voluntad de Dios, la existencia sería como uno de esos mundos de Lego, con sus trencitos que pasan y personitas en los andenes que saludan y que no falla nunca. ¡Lindo!, pero así no es la vida ni la existencia: ni para las hormigas, ni la yerba, ni los virus o leones, ni los soles o asteroides… ¡hasta los perfectos mundos Lego se descomponen a veces!
El plan, la voluntad de Dios requiere de todos esos intercambios, accidentes, relevos y renovaciones. No somos el centro del universo y del plan celestial. Apenas un maravilloso y fortuito accidente previsto en la inmensidad de opciones y variables del plan de Dios. Y una vez que estamos, claro que es fascinante ver cómo salimos de ésta y cuánto logramos durar sin auto destruirnos. E imagino que Dios podría estar orgullosísimo de lo que produjo su voluntad, de que logramos incluso tener conciencia y aproximarnos al descubrimiento de su existencia. Y quizás incluso seamos lo más asombroso que generó su voluntad a la fecha, pero será sólo eso y cuando acabe, no será por castigo divino, sino por nuestro propio y limitado alcance para lograr prevalecer. Si ése llega a ser el caso.
¿Qué es entonces lo grandioso y fascinante del plan, de la voluntad de Dios?
¡Lo sorprendentemente simple! Todo… tooodo se rige por un único impulso en pro de la existencia y la vida; lo podemos llamar “amor”. Todo cuanto sucede y suceda por voluntad de Dios, favorecerá la continuidad de la existencia, la renovación de la vida, del bien sobre el mal en última instancia. Por eso lo podemos llamar amor. Si por el contrario, todo cuanto sucede fuese en pro de la no existencia, de la destrucción y el mal, la secuencia llevaría en última instancia hacia la destrucción de la existencia, hacia la no existencia.
Incluso cuando lo que suceda sea cruel, trágico y devastador, ya sea por fuerzas naturales o por acción de otra persona, la fuerza e impulso del gran plan celestial (que podemos llamar amor) rectificará, compensará, superará y crecerá a partir del evento, al grado de que pasado el tiempo, podríamos llegar a pensar que lamentablemente se hubo de pasar por aquello, para estar donde se está.
La vida, la existencia misma es una tragedia porque inexorablemente llega a un fin; pero una tragedia plagada de intermitentes chispazos y episodios felices y maravillosos. De una construcción transgeneracional; de la oportunidad de ser parte y testigo – con asombro y gratitud – del gran plan celestial, de la voluntad de Dios.
Y no creo en el castigo divino, porque ello implicaría una fuerza, un impulso alterno y opuesto que interrumpa el flujo de las cosas, detener y cambiar el rumbo natural, sólo para castigar a alguien, generando consecuencias a terceros que nada tuvieron que ver con “la falta”. Creo que el castigo es automático y va implícito en la acción: usted mata, su castigo es ser un homicida, con todas sus consecuencias. Usted roba o miente, su castigo es ser un ladrón, un mentiroso, etc. con todas sus consecuencias. Todo concebido y contemplado en el plan y la voluntad de Dios.
Dicho todo lo anterior, – en lo que pareciera que la voluntad de Dios se reduce a un complejísimo algoritmo en el que si pasa A, entonces vendrá B; pero si no pasa o pasa A1, entonces vendrá C ó D, pero que de un modo u otro la cosa sigue y como el bien flota sobre el mal, todo se va compensando, rectificando y conduciendo hacia el bien – , quiero agregar algo:
A veces, ocasional e inexplicablemente, sucede algo que no debió haber sucedido; un pequeño o gran milagro si se quiere: “Estaba desahuciado y aquí está”, “no tenía y se le concedió”, “todo estaba perdido y triunfó”. Sucede muy ocasionalmente y por ello sorprende y algunos se registran como “milagros”.
Esos rarísimos giros de fortuna, que asumo que nos habrán sucedido a todos en mayor o menor grado, que anhelamos en los momentos más desesperados y que cuando inexplicablemente suceden, nos llenan de asombro y gratitud. “Asombro y Gratitud”, personalmente la base de mi fe.
¿Por qué suceden esos eventos inexplicables y en contra de la norma, esos “errores en la matrix” que nos salvan el día o cambian la vida? No lo sé. ¡Quién lo sabe! Asumo que pertenecen a ese nivel de alcance fuera de nuestro alcance racional; lo asombroso, incomprensible y maravilloso.
Por ello, porque esa eventualidad siempre será posible (aunque poco probable) es que se pide, se tiene la esperanza, se apela, se ruega si se quiere.
Bien hace Don Quijote en decirle a Sancho: “Encomendadlo a Dios, que todo se hará bien y quizá mejor de lo que vos pensáis”.
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