En el artículo anterior hablábamos del Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Ahora nos toca contemplar esos dos corazones que nos llaman por nuestro nombre a la conversión, a confiar, a amar como ellos (Sal 46,10).
Pero, ¿qué es la contemplación? Por definición, podemos decir que al contemplar ponemos la atención en algo o alguien que tenemos presente.
Puedo contemplar un cuadro y ver los colores en el lienzo; una foto y recordar a aquellos que están en la imagen y los momentos compartidos. Incluso puedo contemplar la naturaleza y ver la mano creadora de Dios con sus paisajes, sus colores, cielos, su flora y fauna.
El Papa en su catequesis sobre la contemplación nos dice que «Ser contemplativos no depende de los ojos, sino del corazón. Y aquí entra en juego la oración, como acto de fe y de amor, como “respiración” de nuestra relación con Dios».
Podemos decir que la oración es el encuentro con el Señor, debemos buscar ese diálogo, ya sea vocal, meditativo o contemplativo (CIC 2709). Pensemos en un amigo al que invitamos a conversar, cómo lo hacemos parte de nuestra vida. La oración es ese diálogo con la persona divina de Jesús y, como dice el Santo Padre, es tan necesaria como respirar (Mt 6,6).
No obstante, en este caso nos vamos a centrar en la oración contemplativa.
Si me preguntas desde mi vivencia, puedo decirte que es una oración maravillosa donde estoy a solas con Aquel que me ama (CIC 2713). Di mis primeros pasos en Adoración Eucarística, dónde Yo lo miro y Él me mira y nada más importa (CIC 2715). Luego tomé la costumbre de contemplar una imagen o simplemente cerrar los ojos y atender a mi interior (CIC 2710) . Una persona muy querida me dijo que en este tipo de oración vamos a Dios con lo que traemos, nuestras tristezas, alegrías, nuestros malos días, preocupaciones, todo está presente (Flp 4,6-7) . Durante unos estudios, hablando sobre este tipo de oración me dijeron una frase que me ayudó mucho en todo este camino de fe y es que «todo puede estar», incluso los ruidos molestos (Sal 119,18).
No tenemos que hacer nada, simplemente estar con Jesús; nos disponemos a orar haciendo la Señal de la Cruz e iniciamos con un Padre Nuestro (Lc 10,41-42). Recordemos que al orar todo el cuerpo ora, por eso me siento derecha en una silla con los pies en el piso o en un banquito de oración con las manos juntas (1 Rey 19,11-12).
Al inicio de la oración puede costar silenciarnos, en mi caso particular me decía «¿y ahora?», y simplemente es encontrarnos con el amado, nada más. Insisto, el silencio es un requisito necesario para este tipo de oración (CIC 2717). En un mundo tan ruidoso, un minuto de silencio nos puede parecer una eternidad -puede incluso que no sepamos hacer silencio y escuchar. Quizás nos llenamos de cosas todo el tiempo para no pensar en lo que sentimos, ni nos tomamos un tiempo para nosotros. El encontrarse con uno mismo puede ser todo un reto. Al silencio le huimos, a lo mejor nos apabulla o nos asusta pero lejos de encontrarnos con nuestros peores monstruos es encontrarnos con la presencia viva y amorosa de Dios que ama y sana. Recordemos que Dios vive en nosotros, Él vive en mí al igual que vive en Ti (CIC 2724). Santa Teresa de Ávila decía que es una relación de amistad con Él y que nuestra alma es un castillo con muchas habitaciones donde nos encontramos con el amado. Luego de la práctica en este tipo de oración el silencio se vuelve una delicia y hasta comenzamos a buscar esos momentos.
Otra cosa importante a tener en cuenta es que los pensamientos y las imágenes van a aparecer y es normal. Como las olas del mar, dejo que pasen y no me detengo en ellos -así sean lindos o feos-, porque lo único que importa es que mi foco esté puesto en Dios, mis ojos del corazón deben estar en Él (CIC 2712). Y cuando suceda, la respiración me traerá a ese presente. Dios es presente y si me voy, mi mente me está quitando tiempo de mi presente. En este sentido, menciono otro punto importante que es la respiración. Puedo iniciar con una inspiración y expiración profunda. Luego adecúo la oración al ritmo respiratorio, donde puedo encontrar calma y reposo.
También es útil es decir una palabra o frase corta, por ejemplo, «Ven Espíritu Santo» o «Jesús en Ti confío» (CIC 2711). Leyendo sobre la oración contemplativa descubrí que la repetición del nombre de Jesús se remonta a mucho tiempo atrás, sirviendo como guía para orar sin cesar. Este punto es interesante para tenerlo presente a lo largo de nuestros días. Si bien para rezar de esta manera debo estar en silencio, repetir la jaculatoria sirve de guía si me distraigo con un pensamiento.
Adecuar mis palabras al ritmo de la respiración es sentirme viva mientras contemplo al Señor (Mc 9, 2-10). Los frutos de esta oración los veo a la luz de mis propias vivencias, tal vez sea paciencia, gozo, alegría, plenitud, paz. (https://tesseraonlaketravis.com/)
El tiempo puede ser de 20 minutos o el que consideremos necesario para que nos
fortalezca la acción del Espíritu Santo (CIC 2714).
Por otro lado, qué lindo tener en nuestra vida una mirada contemplativa de las situaciones que nos toca atravesar. Que no pase nuestra vida como la sucesión de un hecho tras otro sino mirando a Dios en el Santísimo Sacramento del Altar y en mi hermano que tengo al lado (CIC 2718). Que como San Agustín podamos decir «tarde te amé, oh belleza tan vieja y tan nueva, muy tarde te amé! Tú estabas dentro y yo afuera».
Aprendamos de nuestra Madre Mamá María que meditaba todo en su corazón (CIC 2716). Maestra en la contemplación, contempló a su Hijo durante toda su vida. Vayamos de la mano de Nuestra Señora tras los pasos de Jesús, que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6-7).
Al finalizar nuestra oración, podemos rezar un Ave María y quedarnos con ese momento de encuentro con el Señor que todo lo llena (CIC 2719). Quisiera terminar con una oración de San Juan de la Cruz que describe claramente lo que significa el silencio:
«Tómame, Señor,
en la riqueza divina de tu silencio,
plenitud capaz de colmar todo en mi alma.
Haz callar en mi lo que no sea Tú,
lo que no sea tu presencia
toda pura,
toda solitaria,
toda apacible.
Impón silencio a mis deseos,
a mis caprichos,
a mis sueños de evasión,
a la violencia de mis pasiones.
Cubre con tu silencio
la voz de mis reivindicaciones,
de mis quejas.
Impregna de tu silencio
mi naturaleza demasiado impaciente por hablar,
demasiado inclinada a la acción exterior y ruidosa.
Impón incluso silencio en mi oración,
para que sea impulso puro hacia ti;
Haz descender tu silencio
a lo más profundo de mi ser
y haz subir este silencio hacia ti
en homenaje de amor! «
Por eso, con la oración contemplativa algo bueno está por venir.
Autor: una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.
*CIC: Catecismo de la Iglesia Católica
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