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110° Jornada Mundial del Migrante y Refugiado: Dios camina con su pueblo

por María Luisa Angarita
110° Jornada Mundial del Migrante y Refugiado: Dios camina con su pueblo

Hoy, 29 de septiembre la Iglesia Católica celebra la 110ª Jornada Mundial del Migrante y Refugiado, una jornada que durante más de un siglo ha acompañado y seguido con cercanía la realidad dolorosa de la migración

Esta Jornada se origina en el año 1914, cuando el Papa Pío X, faltando pocos meses para el estallido de la Primera Guerra Mundial, y viendo como tantas personas habían emigrado de Italia en busca de mejores oportunidades de vida, invitó a la comunidad cristiana a orar por los Migrantes.

Desde ese año hasta hoy, esta jornada ha pasado por algunos cambios, como su instauración oficial, la inclusión de un mensaje para cada jornada por parte del Papa, la incorporación de los refugiados y su traslado de la fecha inicial que tenía lugar el segundo domingo luego de la Epifanía, a la fecha que actualmente celebramos.

Pero ¿Qué es en sí esta jornada? ¿Qué busca? El drama de la migración es una realidad que cada día encrudece. Diariamente miles de personas dejan sus hogares, sus tierras natales y familias para buscar un nuevo lugar donde establecerse y encontrar mejores oportunidades de vida.

Si miramos hacia el pasado, en la historia de la salvación encontramos cómo el pueblo de Israel se vio forzado también a migrar en busca de una tierra prometida, una tierra de paz, libertad y prosperidad. Una tierra donde poder asentarse con los suyos, vivir su fe y tener una buena vida. La realidad de ese peregrinaje migratorio no es muy diferente a la realidad actual. Los migrantes, en la mayoría de los casos, huyen de sus tierras porque no encuentran en ellas la forma de tener una vida digna, segura y plena.

Para algunos, la migración es una oportunidad de crecimiento y transformación. Para otros implica también desesperación, tristeza, desierto, vacío. Según las condiciones de cada migrante y de lo que puede encontrar en su camino, cada uno podrá encontrar la vida que anhela o el drama del abuso, la esclavitud, la trata de personas y la muerte. La única certeza que tiene cada migrante, la única esperanza real que le sostiene en la travesía es su fe: la certeza de que Dios está con él a cada paso, como lo estuvo con el pueblo Hebreo y cómo lo ha estado siempre.

A esto hace alusión el Papa Francisco en su mensaje para esta jornada que hoy nos convoca, «Dios camina con su pueblo» nos dice desde el lema de su mensaje, y nos explica:

 […] la realidad fundamental del éxodo, de cada éxodo, es que Dios precede y acompaña el caminar de su pueblo y de todos sus hijos en cualquier tiempo y lugar. La presencia de Dios en medio del pueblo es una certeza de la historia de la salvación: «el Señor, tu Dios, te acompaña, y él no te abandonará ni te dejará desamparado» (Dt 31,6).

Dios acompaña a cada migrante, se traslada con él en su aventura por una vida mejor, lo cuida, acoge, resguarda y vela por él en cada etapa del camino. Y esta imagen hermosa es una realidad que no debemos olvidar como creyentes cuando, desde la comodidad de nuestros hogares y países, vemos llegar a esos migrantes, a esos refugiados.

En los últimos años el drama de la migración se ha encrudecido por la negativa de muchos países y ciudadanos de recibir a los migrantes en sus tierras, olvidando que el mundo, inicialmente, fue creado por Dios para todos, sin distinciones. Olvidando que Dios viaja con ellos, camina con ellos y a la vez, está en nosotros, esperando que obremos como el buen samaritano, haciéndonos prójimos de ese hermano que llega desorientado, movido por la necesidad y la esperanza.

La misión de la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado es la misma cada año, promover una cultura del encuentro, de la aceptación y la acogida en la mejor práctica de la caridad cristiana. A la vez que invita a reflexionar a los dirigentes de las naciones sobre el drama que cada día viven miles de personas y familias desplazadas. Nos invita a recordar que la mayoría de esos migrantes son víctimas de sistemas fracasados, pero victimas resilientes, que no se dejan derrotar, que continúan con fe y esperanza en la búsqueda de una vida digna, de un lugar para asentarse y construir un futuro colmado de posibilidades.

La invitación hoy es a volvernos verdaderos hermanos de los que migran. Entender que son personas que han desmontado todo un sistema de vida, valores y creencias para, con la fe puesta como escudo, irse a otras tierras y empezar de nuevo.

No es fácil comprender la realidad del migrante para quien no ha tenido que cambiar su vida en un instante por causas de fuerzas mayores. Solo quien ha cruzado fronteras como migrante y no como turista, puede entender la sensación de desierto, vacío y esperanza que habita en cada migrante. Por eso el Papa Francisco insiste en hacernos prójimos y reconocer en cada migrante el rostro vivo de Cristo que espera compasión, acogida y misericordia.

Por eso, la llamada hoy es a reflexionar sobre nuestra posición y actitud con respecto a los migrantes. Como cristianos es importante recordar que Cristo también migró con su familia para salvar su vida de Herodes y poder cumplir con su misión.

Partiendo de este punto y recordando que Dios camina con su pueblo, es preciso preguntarnos: ¿qué pienso en realidad de la migración y los migrantes? ¿Soy capaz de reconocer en ellos el rostro de Cristo que busca acogida? ¿Soy capaz de hacerme prójimo de ese migrante que busca insertarse en una nueva tierra, una nueva cultura, una nueva vida? ¿Creo que estoy totalmente exento de la posibilidad de un día ser migrante? O ¿entiendo que, con la dinámica actual de nuestro mundo, todos en cualquier momento podemos tener la necesidad de trasladarnos, de migrar?

Nadie entiende mejor el drama de la migración que quién la ha encarnado, por eso mismo Jesús puede comprender al que migra, acompañarlo, acogerlo. Por eso también espera de cada creyente una mirada más misericorde hacia los migrantes.

Finalmente, más allá de la reflexión, el Papa nos exhorta a orar por los migrantes y refugiados. Pero también nos invita a activar, desde nuestras comunidades pastorales, procesos de integración que sirvan de puente para que los migrantes, sin distingos de razas, culturas y credos, puedan contribuir y aportar a nuestras sociedades mientras reconstruyen sus vidas. Para que así podamos todos continuar con la construcción del reino de Dios en la Tierra, mientras peregrinamos juntos a la casa del Padre.


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