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Seamos fraternos entre nosotros, algo bueno está por venir

por Editor mdc
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Ser faros y presencia de Jesús con todos

Nos volvemos a encontrar después de haber reflexionado sobre el perdón y el arrepentimiento, una vez que el tiempo pasa y las heridas sanan o, por lo menos, cicatrizan, volvemos a mirarnos a los ojos. Mirar a mi hermano es encontrarnos, reconocernos el uno al otro para conversar, acompañarnos, ser fraternos, fundirnos en un abrazo (Mt 12, 46-50).

Pero…¿qué es la fraternidad? ¿Cómo puedo ser fraterno con las personas que tengo al lado?

Frater es un término que deriva del latín y significa hermano. Por lo tanto, cuando hablamos de fraternidad nos referimos, de acuerdo con el diccionario, a amistad o afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales (Prov 3,27-32). Y si decimos que tenemos un mismo Padre, que es Dios, una misma Madre, que es Nuestra  Madre del Cielo y somos hermanos en Cristo, la fraternidad adquiere un significado aún mayor.  Significa que mi prójimo es mi hermano y no somos hermanos por la carne y la sangre sino por el Espíritu (Hb 13,1-9). ¿Somos conscientes de eso?

Un ejemplo de fraternidad práctico sería un coro, cada uno tiene su individualidad y sus diferentes voces pero la música suena al unísono (Jn 17,20-23). Cómo dice un gran amigo, todos somos uno y si es así debemos afinar. Lo mismo sucede con un equipo de fútbol, todos trabajan unidos y se apoyan en pos de ganar un campeonato, ponen lo mejor de sí. Los problemas aparecen cuando por cansancio, malos entendidos o puro egoísmo, cada uno tira para su lado y se olvida del grupo.

Se hace camino al andar y estamos hechos del mismo barro. Simplemente debemos poner nuestra confianza en Dios porque solo Él puede mover nuestros corazones para abrazar al hermano que tenemos al lado de la mejor manera (Sal 33, 13-15). Siempre podemos aprender del otro, incluso aquella persona que no nos cae bien puede ser un gran maestro nuestro. Cada uno aporta su experiencia desde la comprensión y el respeto mutuo. Y esto debemos tenerlo presente incluso cuando nuestras formas de pensar estén  en las antípodas.  Ya hemos mencionado en otros textos que Cristo vive en mí y vive en el hermano que tengo al lado y, entonces, lo que le hacemos al prójimo se lo hacemos a Cristo (Mt 25,34-45). El desafío es dejar todo de lado y ver en cada hermano el rostro de Cristo. Si bien no es una tarea fácil, solo con la ayuda de Dios podemos decir, como Jesús, “perdónalos porque no saben lo que hacen” (LC 23, 33-35).  Nuestra Madre también fue una gran maestra al estar firme al pie de la Cruz.

Lo mejor para llegar al otro es el diálogo, como nos decía el Papa Juan Pablo II en la  XVI Jornada Mundial de la paz en 1983 «El diálogo por la paz, una urgencia para nuestro tiempo» (Flp 4,4-9).  Un ejemplo en el evangelio que a mí me gusta mucho y me toca el corazón es cuando Jesús lava los pies a los discípulos, nos demuestra que no vino para ser servido sino para servir. Esto nos interpela y nos llama a ser serviciales con los más cercanos, con las personas con las que nos cruzamos a diario. No hay que limitarse a un solo lugar, en todos lados puedo ser servicial (Un 13,1-15). En el servicio no debe haber intereses porque el amor no busca ningún interés. La fraternidad no sería entonces otra cosa más que el amor y éste se demuestra con obras que deben estar unidas a nuestra fe en Dios (Cor 13).

La fraternidad se construye como una planta que debo regar y cuidar (Lc 10,25-37). Siempre pasarán cosas o habrá inconvenientes que entorpezcan el caminar, incluso personas que busquen dividir. Hasta podemos ser nosotros los que caigamos en pecado y sembremos cizaña entre los demás. En ese sentido, no buscamos ahondar en las heridas, ni señalar a nadie. Más bien estamos invitados a girar los deditos hacia nosotros mismos, mirar nuestro interior y saber reconocer nuestros errores (Mt 7, 1-5).

¿Por qué pasan las situaciones adversas?  En general, no lo podemos saber en el momento, tal vez nunca entendamos ciertas cosas, pero sí podemos elegir cómo sobrellevar lo que ocurre y cómo actuar con las personas a nuestro alrededor (CIC 1730-1734). Podemos ser luz para el otro, iluminar con la fuerza que proviene del Santo Espíritu de Dios, rezar: “ven Espíritu Santo y haz tu oración en mí” (Mt 5,13-16).

Solo podemos hacer las cosas con amor y por amor si vamos de la mano de Dios y eso se logra a través de la oración (Mt 18,19-20). La oración es nuestro diálogo, nuestra conversación con Aquel que nos ama más que nadie y todo lo puede (Lc 11,9-13).

Una buena reflexión sería dedicar un momento para pensar en nuestra vida. ¿Qué lugar ocupan el amor y la misericordia? ¿Dónde están? ¿Qué haría Jesús en mi lugar? (Mt 5,7).

Como nos dice el Evangelio, «Traten en todo a los demás como ustedes quieran ser tratados, porque en esto consisten la Ley y los Profetas» (Mt 7,12).

Del mismo modo que al comulgar nos hacemos uno con Cristo, debemos ser uno entre nosotros (Jn 6, 27-40). Los Santos son un gran ejemplo en nuestro ser fraternos, un ejemplo que viene a mi mente es San Charles de Foucauld, quien en su deseo de imitar a Cristo quiso ser hermano en toda su fuerza, del término al punto de ser llamado el hermano universal y la Casa ser llamada la fraternidad (Jn 8,12). Pidamos a Dios poder ser faros y presencia de Jesús con todos (Sal 119,105).

Para finalizar, quisiera terminar con dos fragmentos de la Encíclica Fratelli Tutti:

Oración al Creador

Señor y Padre de la humanidad,
que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad,
infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal.
Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz.
Impúlsanos a crear sociedades más sanas
y un mundo más digno,
sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras.

Que nuestro corazón se abra
a todos los pueblos y naciones de la tierra,
para reconocer el bien y la belleza
que sembraste en cada uno,
para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes,
de esperanzas compartidas.
Amén.

Oración cristiana ecuménica

Dios nuestro, Trinidad de amor,
desde la fuerza comunitaria de tu intimidad divina
derrama en nosotros el río del amor fraterno.
Danos ese amor que se reflejaba en los gestos de Jesús,
en su familia de Nazaret y en la primera comunidad cristiana.

Concede a los cristianos que vivamos el Evangelio
y podamos reconocer a Cristo en cada ser humano,
para verlo crucificado en las angustias de los abandonados
y olvidados de este mundo
y resucitado en cada hermano que se levanta.

Ven, Espíritu Santo, muéstranos tu hermosura
reflejada en todos los pueblos de la tierra,
para descubrir que todos son importantes,
que todos son necesarios, que son rostros diferentes
de la misma humanidad que amas.
Amén.

Por eso siendo fraternos algo bueno está por venir.

Autor: Una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.
Ref.:
CIC  (Catecismo de la Iglesia Católica)


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