San Agustín nos enseña que aunque a veces nos equivocamos, Jesús nunca deja de amarnos ni de buscarnos. Abramos nuestro corazón y dejémoslo entrar.
Queridos chicos, me llamo Agustín. Nací hace mucho, en el año 354, en un lugar llamado Tagaste, en el norte de África. Desde chico fui muy curioso y me encantaba aprender.
Mi mamá, Mónica, era muy buena y siempre me hablaba de Dios, pero yo no le prestaba mucha atención. Cuando crecí, me fui a estudiar a una gran ciudad. Me gustaba leer, discutir ideas y buscar la verdad, pero muchas veces elegí mal y me alejé de Dios. Aunque parecía feliz, por dentro me sentía vacío y confundido.
Un día, mientras lloraba en un jardín, sentí algo especial. Escuché una voz que me decía: “Toma y lee”. Abrí la Biblia y leí palabras que cambiaron mi vida. Fue entonces cuando decidí dejar mis errores y seguir a Jesús. Recibí el bautismo y, con el tiempo, llegué a ser sacerdote y después obispo de una ciudad llamada Hipona.
Escribí muchos libros para ayudar a otros, como “Confesiones”, donde cuento mi historia. Hoy quiero decirte algo importante: aunque te equivoques, Dios nunca deja de amarte ni de buscarte. Solo hay que abrir el corazón.
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
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1 comentario
Quiero compartir con mis hijos. No están bautizados. Dios ticara su corazón y el de su padres.