El Padre Pío nos invita a confiar en Dios. Recordemos siempre lo que él decía: “Reza, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración”
Nací el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, Italia, en una familia sencilla y profundamente creyente. Desde niño sentí un llamado especial a la oración y entrega a Dios.
Al cumplir 15 años ingresé a la Orden de Frailes Capuchinos, por ello mi vestimenta. Allí tomé el nombre de Pío.
Ocho años después fui ordenado sacerdote y serví siempre a Cristo con amor en la Eucaristía. ¡Pasaba largas horas confesando, pues muchos acudían a mí en busca de consuelo espiritual y físico!
Durante la Primera Guerra Mundial fui reclutado por mi país para combatir, pero mi frágil salud me obligó a regresar pronto.
Tiempo después, mientras oraba en San Giovanni Rotondo, un acontecimiento marcó mi vida: recibí, como regalo, los estigmas visibles de Cristo en mis manos, pies y costado. Estas heridas, que llevaría por cincuenta años, me causaron dolor e incomprensiones, pero las acepté para compartir con Jesús sus dolores en la cruz.
Con ayuda de benefactores, fundé la Casa para el Alivio del Sufrimiento, un hospital destinado a los enfermos y pobres.
El 23 de septiembre de 1968 partí hacia el Señor y, en el año 2002, el Papa Juan Pablo II me proclamó santo.
A mis hijos espirituales les decía: ¡Reza, espera y no te preocupes! La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración.
Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC
Subscribe to get the latest posts sent to your email.