Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
“Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.
El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’.
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’.
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.
Meditación:
En el Evangelio de hoy Jesús nos habla sobre “La Parábola del fariseo y el publicano”. Nos enseña acerca de la humildad ante Dios y los demás.
1) El fariseo: Una persona que se creía muy buena y perfecta. Al orar, se puso de pie como diciendo “aquí estoy yo” y dijo:
“Gracias, Dios, porque no soy como los demás. Yo ayuno, yo doy limosna, yo hago todo bien…”
Estas palabras sonaban muy lindas, pero esa oración no le agradó a Dios, ¡pues habló con orgullo de sí mismo sin agradecer, pedir perdón y comparándose con los demás como si él fuera mejor!
2) El publicano: Un cobrador de impuestos que muchos no querían. Se quedó lejos, bajó la cabeza y dijo: “Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador.”
No habló mucho, ¡pero sus palabras salieron de su corazón!
¡Reconoció que había cometido errores, pero también sabía que necesitaba de Dios y que Él podía perdonarlo pues se arrepentía sinceramente!
¡Esa oración sencilla fue la que Dios escuchó con amor!
3) El primero: Jesús quiere que entendamos que no hace falta ser los mejores ni perfectos para acercarnos a Dios, ¡sino humildes y sinceros pues Él nos ama y conoce a todos!
¡Recuerden niños! La verdadera grandeza está en la humildad, en cómo rezamos, porque Dios no escucha las palabras más bonitas, ¡sino las que nacen de cada corazón que reconoce que necesita de Dios!
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