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En Nazaret, fundamental en la historia de la salvación, solo hay un 25% de cristianos

por Editor mdc
Monseñor Rafic Nahra, obispo auxiliar de Jerusalén: Debemos tender la mano a todos, judíos y árabes, israelíes y palestinos

Monseñor Rafic Nahra, obispo auxiliar de Jerusalén: Debemos tender la mano a todos, judíos y árabes, israelíes y palestinos

Monseñor Rafic Nahra, de origen libanés, es obispo auxiliar del Patriarcado de Jerusalén y reside en Nazaret, la “capital árabe” de Israel. Leone Grotti, de Tempi, ha conversado con él frente a la basílica de la Anunciación, bajo la gran inscripción que domina la fachada -“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”- en torno a la situación actual de la Iglesia en Israel y Tierra Santa.

– Monseñor Nahra, ¿cuántos cristianos hay en Israel?

– La nuestra es una pequeña comunidad de unas 185.000 personas: 140.000 son árabes, de todas las confesiones, luego hay un grupo de rusos y ucranianos y unos cientos de católicos de expresión judía. El número es reducido, pero nuestra presencia es importante.

– ¿Por qué?

– Estamos presentes a través de escuelas, hospitales y parroquias. En nuestras escuelas estudian muchos musulmanes y en clase se aprende a convivir y a respetarse mutuamente. Estas son las armas con las que la Iglesia intenta llegar a todos en Israel.

– ¿Crece la Iglesia en Israel?

– Lamentablemente no, la disminución es constante.

¿Cuáles son los retos a los que se enfrenta?

-Los principales problemas son la baja natalidad y la violencia. El resultado es que aquí, en Nazaret, un lugar tan fundamental para la historia de la salvación, solo hay 19.000 cristianos, una cuarta parte de la población.

– ¿A qué se refiere con violencia?

– Durante los primeros 45 días del año, 50 personas fueron asesinadas en las ciudades árabes de Israel. Hay grupos mafiosos que extorsionan a las tiendas, aterrorizan a la gente y hacen lo que quieren. Matan en plena calle a plena luz del día. Las familias tienen miedo y muchas deciden huir. Esto es muy triste y pedimos que el gobierno intervenga.

– ¿Cómo ha cambiado Tierra Santa desde la masacre del 7 de octubre de 2023?

– El 7 de octubre fue un punto de inflexión: en los libros de historia se recordará un antes y un después de los atentados. No fue un ataque como cualquier otro, una guerra como cualquier otra. Nunca volveremos a la vida anterior porque la sociedad ha cambiado.

– ¿De qué modo?

– Algo se ha roto, se ha perdido la confianza: gran parte del pueblo judío piensa ahora que los árabes ya no quieren convivir con ellos y se sienten en peligro. Los árabes, por su parte, perciben que para los judíos su vida tiene menos valor.

– También en Cisjordania la situación es crítica.

– Sí, Israel ha retirado a decenas de miles de palestinos el permiso para trabajar. Por eso, muchas familias ya no saben cómo seguir adelante. La situación parece irreversible, pero no hay que olvidar que la sociedad israelí está profundamente dividida en su interior. La mitad del país es muy nacionalista y no quiere tener más contactos con el mundo árabe. Por otro lado, hay una mitad más pragmática, que desearía la convivencia, pero que ha quedado traumatizada por la guerra en Gaza y el asunto de los rehenes. Por no hablar del trauma sufrido por los palestinos a causa del conflicto.

– ¿Hay alguien que trabaje por la paz?

– Hay pequeños grupos, como los muchos activistas israelíes que luchan valientemente por los derechos de los árabes o defienden a los palestinos de los colonos extremistas. Lamentablemente, estos grupos no tienen hoy en día un gran peso político y, como todos los que hablan de reconciliación, son considerados ingenuos

– ¿Pueden los cristianos favorecer la reconciliación?

– Los cristianos son la sal de la tierra y la luz del mundo. Debemos tender la mano a todos, judíos y árabes, israelíes y palestinos. Nos dirán que estamos locos, que somos ingenuos, estúpidos, pero Jesús comenzó con 12 discípulos y nosotros debemos hacer lo mismo, trabajando juntos con todos.

– La violencia y la guerra no son nada nuevo en Tierra Santa. ¿Por qué este lugar está más afectado que otros por el odio y los conflictos?

– Esta tierra es santa para todas las religiones, todos quieren estar aquí. De hecho, es la voluntad de Dios que todos estemos aquí. Es una realidad que pone a prueba la autenticidad del sentido religioso y debemos aprender a vivir juntos, aceptando la presencia del otro. Y si pensamos que la paz es realmente un valor, entonces tal vez podamos renunciar a un poco de tierra para dejar espacio al otro.

– ¿Por qué aún no se ha dado este paso?

– Falta la confianza mutua, que lo es todo. Cada comunidad ha tenido la prueba, digamos, de que la otra no está dispuesta a reconciliarse. Las injusticias existen y han existido, pero en algún momento hay que encontrar la fuerza para pasar página, como ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial. 

– ¿Por dónde se empieza a hacer este trabajo?

– No hay que perder de vista al ser humano ni ceder a los estereotipos: ni todos los palestinos son terroristas, ni todos los israelíes son criminales. Incluso los soldados sufren cuando van a la guerra. Hay que reeducar al ser humano.

– ¿Cómo mantiene usted la esperanza?

– Se puede tener esperanza porque no estamos solos. Jesús es Emmanuel, Dios con nosotros. Dios vive esta oscuridad entre nosotros. Pero si nos quedamos sentados en casa pensando, con las manos en los bolsillos, nunca tendremos esperanza. Solo dando esperanza a los demás se puede recibir.

– Pónganos un ejemplo.

– Conocí a Alon Gat: su madre Kinneret fue asesinada por Hamás en el kibutz de Be’eri el 7 de octubre, su hermana Carmel fue secuestrada y asesinada en los túneles de Gaza, su esposa fue liberada pero quedó traumatizada. Él me dijo: “La vida ya no tiene sentido para mí, lo único que quiero ahora es hacer el bien”. Y está llevando a cabo un proyecto para que, al caminar desde el monte Carmelo hasta Genesaret, los judíos puedan detenerse en los pueblos árabes y así favorecer el conocimiento mutuo. Mientras me contaba estas cosas, yo lloraba. Estos son milagros. Y estas personas existen. Todavía hay esperanza.

Fuente: Fundación Tierra Santa


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