En el año 1830, en París, santa Catalina Labouré, religiosa de las Hijas de la Caridad, recibe una misión por arte de la Virgen María: Hacer la Medalla Milagrosa.
Soy Santa Catalina Labouré, hoy quiero contarles sobre un regalo muy especial que nos dio la Virgen María: la Medalla Milagrosa.
Todo comenzó la noche del 18 de julio de 1830. Yo era una novicia, estaba aprendiendo a ser una hermana en la Congregación de las Hijas de la Caridad.
Esa noche, mientras oraba en mi habitación se apareció ante mí un niño, me miró y me pidió que fuera a la capilla.
Una vez allí, en profundo silencio, levanté la mirada y me encontré por primera vez con la Virgen María.
Me arrodillé delante de Ella y me dijo con una voz muy dulce: Mi niña, te voy a encomendar una misión”. Viví los momentos más dulces de mi vida
En noviembre del mismo año, vi nuevamente a la Virgen María. Esta vez, estaba de pie sobre la mitad del mundo, tenía una esfera dorada en sus manos, que representaba a todo el mundo y especialmente a Francia.
De sus manos salían rayos de luz, que eran bendiciones para las personas que se las pedían.
En la tercera aparición, me mostró una inscripción alrededor de su figura celestial: “Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti”.
Me pidió que hiciera una medalla con esa imagen y me prometió que todos los que la lleven recibirán grandes bendiciones.
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