Educar la fuerza interior de la agresividad en los hijos implica esfuerzo, pues cada niño tiene un carácter destino, aquí te ayudamos a lograrlo.
En cada niño habita un fuego. A veces chispea en la risa, otras arde en un golpe o un grito. Ese fuego es la energía vital que, si no se orienta, puede convertirse en tempestad. Por ello, es importante enseñar a los hijos a transformar sus emociones, su esfuerzo.
Ayudar a nuestros hijos a manejar sus impulsos agresivos no es apagar ese fuego, sino enseñarle a que arda con propósito. Y eso comienza en casa, donde los padres somos el espejo donde ellos aprenden qué hacer con su propia rabia.
Los padres somos los primeros maestros
Ser conscientes de nuestras propias agresiones es el primer acto educativo. Porque no solo se agrede con la mano: también con el silencio hiriente, la ironía que humilla, el gesto que desprecia o la indiferencia que congela.
Las agresiones pasivas —esas que parecen inocentes pero siembran miedo o rencor— son las que más confunden el corazón infantil. No hay peor maestro que el adulto que exige calma con gritos, ni peor ejemplo que quien predica serenidad desde el enojo.
Formando el caracter desde la infancia
Pierre de Coubertin, el padre del olimpismo moderno, comprendió que el carácter se templa desde la infancia, y que el deporte es una escuela del alma antes que del cuerpo.
Veía en el juego un laboratorio moral: un campo donde la frustración y el deseo de victoria enseñan a contener los impulsos, a soportar la derrota sin hundirse y a competir sin odiar.
“Lo importante no es vencer —decía— sino luchar bien”. En ese pequeño matiz reside toda una filosofía del equilibrio interior: no eliminar la agresividad, sino conducirla como energía que impulsa el esfuerzo, no como fuerza que destruye.
Fuente: Aleteia
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