San Francisco nos enseñó que siempre podemos dar un paso más para parecernos a Jesús.
¡Hola! Soy Francisco. Nací en Asís, Italia, alrededor del año 1181. Mi padre era un rico comerciante y, cuando era joven, soñaba con ser caballero, tener riquezas y alcanzar fama.
Pero mi vida cambió. Un día, mientras rezaba en la pequeña iglesia de San Damián, sentí que Dios me llamaba a reconstruir su Iglesia. Al principio pensé que se refería a aquella iglesia que estaba en ruinas, pero después comprendí que me pedía algo más profundo: cambiar mi manera de vivir y seguir el Evangelio.
Decidí renunciar a las riquezas de mi familia y acercarme a los pobres y enfermos. Con el tiempo, otros jóvenes se unieron a mí y juntos formamos una comunidad que vivía con sencillez y anunciaba el Evangelio.
También descubrí que toda la creación era un regalo de Dios. Por eso llamaba hermanos al sol, al agua, a los animales y a todas las criaturas.
En 1224, mientras rezaba, recibí los estigmas: heridas semejantes a las de Jesús crucificado, signo de mi profunda unión con Él.
Morí en Asís el 3 de octubre de 1226 y, dos años después, fui proclamado santo.
Muchos siglos después, el papa Francisco eligió mi nombre inspirado en mi amor por los pobres y la paz.
Descubrí que siempre podemos dar un paso más para parecernos a Jesús. Ustedes también pueden comenzar hoy con algo pequeño.
Orden Franciscana: ¡Paz y bien queridos niños!
¿Sabían que existe una gran familia que, desde hace más de 800 años, cuida los lugares donde vivió Jesús?
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