Obispo y doctor de la Iglesia
Atanasio nació en Egipto, en la ciudad de Alejandría, en el año 295. De joven estudió derecho y teología. Se retiró por un tiempo con los monjes de Tebaida, conoció al gran penitente san Antonio Abad y la amistad con este santo le fue de inmenso provecho durante toda su vida.
Con grandes cualidades para la oratoria y una brillante inteligencia, se dedicó a prepararse para el sacerdocio y siendo diácono fue escogido como secretario de Alejandro, obispo de Alejandría.
Por aquella época estaba en su mayor efervescencia la doctrina de Arrio, un sacerdote alejandrino que negaba la divinidad de Jesucristo, y que dio nombre al movimiento herético conocido como arrianismo. Para considerar esta cuestión, se celebró un concilio, el primero de los ecuménicos, en Nicea. Atanasio participó del concilio, donde con su doctrina, ingenio y valor, sostuvo la verdad católica. Tres años más tarde, en el 328, era nombrado obispo de su ciudad natal. Los arrianos no dejaron de perseguirlo y apelaron todos los medios para echarlo de la ciudad e incluso de Oriente.
Fue desterrado cinco veces y cuando la autoridad civil quiso obligarlo a que recibiera de nuevo en el seno de la Iglesia a Arrio, que había sido excomulgado en el concilio de Nicea, Atanasio, cumpliendo con gran valor su deber, rechazó tal propuesta y perseveró en su negativa, a pesar de que el emperador Constantino, en el año 336, lo desterró a Tréveris, donde estuvo dos años. Ocho años estuvo en Roma, y otros seis pasó en el desierto, entre los anacoretas de Egipto. Todavía tuvo que sufrir otros dos destierros más, para que en el año 366 pudiera regresar definitivamente a su sede en Alejandría para dedicarse a la pacificación y a la reorganización de las comunidades religiosas.
Cuando Dios señala a una persona un oficio muy especial en su Iglesia, le concede una personalidad apropiada para el oficio que va a tener que desempeñar. A Atanasio le concedió un temperamento heroico y a la vez le fue alimentando su gran personalidad, permitiéndole que en cada destierro lograra ir al desierto o a otros lugares alejados a meditar, rezar, a estudiar y prepararse para futuros conflictos. Su vida fue un calvario, cinco veces lo desterraron, pero no lograron conseguir que dejara de proclamar que Cristo sí es Dios y que la divinidad de Jesús es la razón de nuestra esperanza.
En el día de su fiesta, tenemos muchos motivos para dar gracias a san Atanasio, su vida nos muestra que “quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos”, porque hasta el cielo no paramos.