Segundo poema del siervo del Señor
¡Escúchenme,
costas lejanas, presten atención, pueblos remotos! El Señor me llamó desde el
seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre.
El hizo
de mi boca una espada afilada, me ocultó a la sombra de su mano; hizo de mí una
flecha punzante, me escondió en su aljaba.
Él me
dijo: «Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré».
Pero yo
dije: «En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi fuerza». Sin
embargo, mi derecho está junto al Señor y mi retribución, junto a mi Dios.
Y ahora,
ha hablado el Señor, el que me formó desde el seno materno para que yo sea su
Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso
a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. ()
Él dice:
«Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y
hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las
naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra».
Así habla el Señor, el redentor y el Santo de Israel, al que es despreciado, al abominado de la gente, al esclavo de los déspotas: Al verte, los reyes se pondrán de pie, los príncipes se postrarán, a causa del Señor, que es fiel, y del Santo de Israel, que te eligió.
FUENTE: El libro del Pueblo de Dios