En un artículo incluido en la edición del jueves 9 de enero del diario L’Osservatore Romano, el Padre Pietro Bovati, secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, ilustra un nuevo documento recientemente publicado por la Librería Editora Vaticana.
Como se
desprende del título del nuevo Documento de la Pontificia Comisión Bíblica « ¿Qué
es el hombre? (Sal 8:5). Un itinerario de antropología bíblica» dos líneas
contribuyen a definir el proyecto y la configuración del texto.
La
primera pauta es la del interrogatorio (“¿Qué es el hombre?”). En
efecto, la Iglesia siempre está a la escucha, escuchando a Dios y escuchando la
historia, precisamente para servir a la humanidad en las contingencias de su
continuo cambio (Gaudium et Spes, § 1-10). El Papa Francisco, percibiendo
algunos de los problemas actuales que necesitan clarificación y sentido, pidió
a la Comisión Bíblica que estudiara durante cinco años el tema de la
antropología bíblica, para ofrecer a la Iglesia y al mundo un mensaje de luz y
esperanza, fruto de una exégesis actualizada de la Biblia.
La
actitud de investigación por parte del intérprete de la Sagrada Escritura está,
además, impulsada por la misma Palabra de Dios, que nos llama a investigar con
incesante empeño el misterio del ser humano, ya que es en él donde el Creador
ha encerrado su mayor riqueza. La experiencia del hombre es, de hecho, al mismo
tiempo una historia de alianza con Dios, y es comprendiendo qué es el hombre
cuando se recibe la obra divina. El mandato del Papa no se limitaba, por tanto,
a dar una respuesta bíblica a ciertas cuestiones antropológicas específicas,
sino que exigía la presentación de una visión global de la Escritura en
relación con la persona humana, en su dignidad, en sus relaciones y en su
destino, de modo que en ese marco global también las cuestiones individuales
pudieran encontrar su lugar adecuado.
La
segunda vía seguida por el Documento es de orden metodológico (“Un
itinerario de antropología bíblica”). En obediencia a la Palabra de Dios,
que exige ser considerada en su totalidad, el Documento no toma citas o textos
aislados, citándolos como “prueba escritural” de un discurso
prefijado, sino que asume la tarea de exponer todo el camino comunicativo de la
Biblia. En efecto, comienza con un análisis preciso de los textos fundadores,
que narran el origen del ser humano, y, para cada una de las diferentes razones
temáticas que aquí se anuncian de manera programática, repropone lo que
atestiguan la Torá, los profetas y las tradiciones sapienciales de Israel (sin
olvidar el Salterio), hasta llegar al cumplimiento de la Revelación en los
Evangelios y en las cartas de los Apóstoles. Sólo así se hace una verdadera
obra de teología bíblica, respetando los géneros literarios de la Escritura y
asumiendo con rigor su expresividad simbólica y narrativa.
Concretamente,
después de una Introducción que expone algunos principios hermenéuticos
fundamentales de la obediencia a la Palabra de Dios (§§ 1-13), el Documento
está dividido en cuatro capítulos, dictados por la exploración narrativa del
Génesis 2-3. En el primer capítulo (§§ 14-68), el hombre es visto en su
realidad como criatura de Dios, por un lado, hecho de “polvo”, por lo
tanto sujeto a la transitoriedad, y por otro lado, dotado del
“aliento” divino y por lo tanto llamado a un destino de inmortalidad.
El
segundo capítulo (§§ 69-149) ilustra la condición del hombre en el jardín, es
decir, en la tierra; aquí se discuten los aspectos de la alimentación, del
trabajo y de la relación con los demás seres vivientes, como los dones divinos,
que al mismo tiempo determinan el compromiso responsable de la criatura humana
de adherirse al plan divino. El tercer capítulo (§§ 150-265) tiene como tema la
familia humana: tiene su núcleo en la relación conyugal, de la que emanan los
lazos de amor entre padres e hijos y los de los hermanos. En esta sección
central del Documento se tratan muchas cuestiones de gran actualidad, como el
valor de la sexualidad y sus formas a veces imperfectas o incorrectas, la
constitución de la sociedad según el modelo de la familia, la ética de la
fraternidad en oposición a la violencia. (sanjaytaxpro.com) El cuarto capítulo (§§ 266-346) tiene
como tema la historia del hombre, que transgrede el mandato de Dios y se salva
por la intervención misericordiosa del Señor, para que la historia del hombre
sea verdaderamente una “historia de salvación”.
Una
presentación tan breve del Documento no es evidentemente capaz de hacer
percibir la exactitud de los análisis textuales, la pertinencia de las
consideraciones interpretativas, la calidad y la profundidad de las síntesis
teológicas. Algunos irán a buscar aquí y allá frases para confirmar su forma de
pensar o, por el contrario, utilizarán citas aisladas para despertar la
controversia; otros se contentarán con hojear unas cuantas páginas, quejándose
de la extensión del producto. Pero, esperamos que también haya quienes adopten
el Documento como objeto de estudio, convirtiéndolo en un punto de referencia
habitual para sus reflexiones antropológicas. Según lo indicado por el Cardenal
Luis Ladaria, en la Presentación del Documento, la intención del texto es de
hecho “hacer percibir la belleza y también la complejidad de la Revelación
divina sobre el hombre”.
La
belleza induce a apreciar la obra de Dios, y la complejidad invita a asumir una
humilde e incesante labor de investigación, profundización y comunicación. A
los profesores de las facultades de teología, pero también a los catequistas y
a los alumnos de las asignaturas sagradas, se les ofrece un subsidio para
fomentar una visión global del proyecto divino, que comenzó con el acto de la
creación y se realiza en el transcurso del tiempo, hasta su cumplimiento en
Cristo, el hombre nuevo, que constituye “la clave, el centro y la meta de
toda la historia humana” (Gaudium et Spes, § 10)”.
En
efecto, la Biblia no da una definición unívoca de la esencia del hombre, sino
una consideración articulada de su ser como sujeto de múltiples relaciones; por
otra parte, es en la historia donde se manifiesta como el proyecto divino
aspira a su plenitud. «Lo que somos, la verdad, por tanto, del ser humano, se
expresa en el hecho de que nos llamamos y somos verdaderamente “hijos de
Dios” (1 Jn 3,1). No sólo criaturas, no sólo seres inteligentes y libres,
no sólo hijos del hombre, sino también hijos del Altísimo, semejantes a Él, con
un parecido difícil de entender y formular, pero que se revelará plenamente en
el cumplimiento de la existencia» (§ 349), cuando la figura dé paso a la
realidad y veamos a Dios cara a cara (1 Cor 13,12). El Documento de la
Pontificia Comisión Bíblica ayuda a emprender este audaz camino de inteligencia
y de bienaventuranza.
Fuente: Vatican News / Autor: Pietro Bovati
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