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María en el Nuevo Testamento

por Editor mdc
Maria en la biblia portada web

Si hablamos de María en el Nuevo Testamento, estamos hablando de ella a través de lo que nos dicen los evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, tanto en el evangelio, como en la mención que Lucas hace de María en los Hechos de los Apóstoles (1,14) y en lo que puede interpretarse que de ella dice Juan en el Apocalipsis, identificada ya con la Iglesia.

En esos textos hallamos palabras y acciones de María, o referencias hacia ella, que es bueno leer, meditar, recordar y llevar a la vida la lección que nos enseña.

Las pocas veces que se citan en los Evangelios las palabras de María, éstas producen una reacción en su Hijo, Jesucristo, y claramente debe generarla también en nosotros.  

María en el Nuevo Testamento

  • Genealogía   Mateo 1, 17 -25
  • Anunciación    Lucas 1, 26-38
  • María visita a su prima Isabel  Lucas 1, 39 – 56
  • Nacimiento de Jesús  Lucas 2, 6 – 20
  • Encuentro con Simeón y Ana en el Templo  Lucas 2, 22 -38
  • Jesús perdido y encontrado en el Templo    Lucas 2, 41 – 52
  • Bodas de Caná  Juan 2, 1- 11
  • Santa María, Madre de Iglesia  Marcos 3, 31 – 35
  • María al pie de la cruz    Juan 19, 25-27
  • María reza junto con los apóstoles   Hechos 1, 12-14
  • María, nuestra protectora    Apocalipsis 12, 1 y ss 

Genealogía de Jesucristo (Mateo 1, 17 -25)

En su Evangelio, San Mateo introduce la genealogía de Jesús indicando las personas más importantes: David y Abraham, quienes recibieron promesas importantes de Dios acerca de la salvación del Pueblo elegido. A través de Abraham serán bendecidas todas las naciones de la tierra (Gen. 12, 3), y un descendiente de David heredará un reino eterno (2 Sam 7, 12-16). Estas promesas se cumplen en Cristo y así, todo el árbol genealógico adquiere sentido en el último nombre. Con la genealogía, Mateo presenta su evangelio como continuación y plenitud del Antiguo Testamento.

Asimismo, San Mateo habla del linaje de Jesucristo, mencionando a María (San Mateo, 1-23).  «Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo».

El P. Horacio Bojorge SJ explica que Mateo enriquece la figura de María, manifestando dos rasgos de la Madre del Mesías:

1) María es Virgen. Este es un atributo mariano que está en íntima conexión con la filiación y origen divino del Mesías. Mateo nos indica que Cristo nace de María sin mediación del hombre y por obra del Espíritu Santo.

2) María es esposa de José, hijo de David, y este rasgo mariano está en íntima conexión con la filiación davídica y el carácter humano del Mesías.

Jesús, el Mesías, es, por tanto, Hijo de Dios por el misterio de la virginidad de su Madre, e Hijo de David por el matrimonio con José, hijo de David.

Al finalizar su genealogía de Jesús, Mateo nos dice: y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. 

Todo el texto utiliza el término ‘engendrar’ y José es el último de los ‘engendrados’. De Jesús ya no se dice que haya sido engendrado por José, sino que José es el esposo de María de la cual nació Jesús. Cristo no es “engendrado” de hombre, sino “nacido” (literalmente llegado a ser) de mujer. Y más adelante, Mateo agrega “Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.» (Mt 1, 18)

La Anunciación (Lc. 1, 26-38) “Lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo” – Juan Pablo II

En su evangelio, San Lucas nos transmite las primeras palabras de la Virgen, del momento cuando el Ángel Gabriel visita a María y le manifiesta que concebirá a Jesús. Ella pregunta: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” Y el mensajero divino le explica la acción del Espíritu Santo.

“He aquí la servidora del Señor; hágase en mí según tu palabra”, dijo María.

Sobre este pasaje, San Juan Pablo II escribe en la ‘Redemptoris Mater’ (Madre del Redentor), número 13, que la Madre de Dios “ha respondido, por tanto, con todo su ‘yo’ humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con ‘la gracia de Dios que previene y socorre’ y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo, que, ‘perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones’”.

En la Anunciación, podemos aprender de María su disponibilidad, su entrega, su confianza, su abandono en los brazos del Padre…

La visitación a su prima Santa Isabel (Lc 1, 39-56)

Después de que el ángel le informa a María que su prima Isabel está embarazada, María, movida por la caridad, se pone al servicio de su prima. En ese encuentro familiar, Isabel la felicita. Cuando se saludan, el niño (San Juan Bautista) salta en el seno deIsabel quien dice: «Bendita tu entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre».

María alaba a Dios y proclama una de las oraciones más excelsas del cristianismo inspirada en el Antiguo Testamento: el Magníficat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava; desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones…”

En el Magnificat, María muestra claramente su función en la eternidad: en su humildad, su rol es “glorificar” al Señor y alegrarse en Dios, su salvador. Nosotroshemos sido llamados también a hacer algo: ‘llamarla bienaventurada’. Y esto es para todas las generaciones, todos los pueblos y especialmente todos los cristianos.

En la Audiencia General del 2 de octubre de 1996, el Papa Juan Pablo II nos dice:  “Con su visita a Isabel, María realiza el preludio de la misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos”.

Nacimiento de Jesús (Lucas 2, 6 – 20)

En su catequesis del 20 de noviembre de 1996, el Santo Padre Juan Pablo II nos señala varios datos que ayudan a comprender mejor el significado de ese acontecimiento.  

– Al informarnos acerca de las circunstancias en que se realizan el viaje y el parto, el evangelista nos presenta una situación de austeridad y de pobreza, que permite vislumbrar algunas características fundamentales del reino mesiánico: un reino sin honores ni poderes terrenos, que pertenece a Aquel que, en su vida pública, dirá de sí mismo: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58).

–  María vive la experiencia del parto en una situación de suma pobreza: acuesta al Hijo de Dios en un pesebre, una cuna improvisada que contrasta con la dignidad del “Hijo del Altísimo” (Lc 2, 7).

–  El evangelio explica que “no había sitio pare ellos en el alojamiento” (Lc 2, 7). Se trata de una afirmación que, recordando el texto del prólogo de san Juan: “Los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11), casi anticipa los numerosos rechazos que Jesús sufrirá en su vida terrena. La expresión “para ellos” indica un rechazo tanto para el Hijo como para su Madre y muestra que María ya estaba asociada al destino de sufrimiento de su Hijo y era partícipe de su misión redentora.

–  Los pastores responden con entusiasmo y prontitud a la invitación del ángel: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado” (Lc 2, 15). Su búsqueda tiene éxito: “Encontraron a María y a José, y al niño” (Lc 2, 16). 

Como nos recuerda el Concilio, “la Madre de Dios muestra con alegría a los pastores (…) a su Hijo primogénito” (Lumen gentium, 57). Es el acontecimiento decisivo para su vida.

El deseo espontáneo de los pastores de referir “lo que les habían dicho acerca de aquel niño” (Lc 2, 17), después de la admirable experiencia del encuentro con la Madre y su Hijo, sugiere a los evangelizadores de todos los tiempos la importancia, más aún, la necesidad de una profunda relación espiritual con María, que permita conocer mejor a Jesús y convertirse en enviados jubilosos de su Evangelio de salvación.

Frente a estos acontecimientos extraordinarios, san Lucas nos dice que María “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). Mientras los pastores pasan del miedo a la admiración y a la alabanza, la Virgen, gracias a su fe, mantiene vivo el recuerdo de los acontecimientos relativos a su Hijo y los reflexiona en su corazón, o sea, en el núcleo más íntimo de su persona.

Encuentro con Simeón en el Templo (Lucas 2, 22 -38)

La profecía de Simeón ocurre cuando José y María suben al Templo de Jerusalén para la la presentación de Jesús

 A la Madre se le anuncia que su alma será traspasada por una espada. María sufrirá con Jesús, acompañándole con un gesto de compasión corredentora. Por la Anunciación sabemos que María se asocia a la obra salvadora de su Hijo dando su “sí” sin condiciones. La profecía de Simeón nos descubre una prolongación de esa asociación hasta una comunión en el dolor de la pasión y el Calvario. María no es sólo la Madre de Jesús, sino la Madre dolorosa que acompaña a su Hijo participando de sus sufrimientos, de pie junto a la cruz (Jn 19, 25).

Comentando este pasaje Juan Pablo II nos dice: “El anuncio de Simeón aparece como un segundo anuncio a María, dado que le indica la concreta dimensión histórica en la que el Hijo cumplirá su misión, es decir, en la incomprensión y en el dolor. Si por un lado este anuncio confirma su fe en el cumplimiento de las promesas divinas de salvación, por otro le revela también que deberá vivir en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador que sufre, y que su maternidad será oscura y dolorosa” (Redemptoris Mater, 16).

Pidamos a María, la Madre dolorosa, que nos conceda tener un amor grande para saber vivir nuestra participación en los sufrimientos de Cristo, que podamos compartir su dolor por la salvación del mundo, como lo hizo su Madre.

El Niño Jesús perdido y hallado en el templo (Lc. 2, 41 – 52)

Este episodio ocurre en el templo de Jerusalén. La narración tiene un propósito concreto: declarar la conciencia que Jesús tiene de su filiación divina. 

El evangelista Lucas dice: “Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio” (Lc 2, 50). María y José quedan desconcertados ante las palabras de Jesús. Él quiere poner en evidencia que su intimidad y su relación única con el Padre, superan todo vínculo humano. María percibe la profundidad de esa misteriosa comunión y con humildad, la Madre escucha las palabras del Hijo y las conserva cuidadosamente en su corazón (Lc 2, 51). 

San Juan Pablo II explica que “Jesús tenía conciencia de que ‘nadie conoce bien al Hijo sino el Padre’ (cf. Mt 11, 27). Agrega “aun aquella, a la cual había sido revelado más profundamente el misterio de su filiación divina, su Madre, vivía en la intimidad con este misterio sólo por medio de la fe. Hallándose al lado del hijo, bajo un mismo techo y «manteniendo fielmente la unión con su Hijo», «avanzaba en la peregrinación de la fe” (Redemptoris Mater, 17).

María, conservando en su corazón las palabras y los gestos de su Hijo, llega a descubrir progresivamente una nueva dimensión de su cooperación en la salvación. Aprendamos con María a meditar las palabras del Señor en nuestro corazón.

Bodas de Caná (Jn. 2, 1 – 11)

En Caná, merced a la intercesión de María y a la obediencia de los criados, Jesús da comienzo a ‘su hora’. En Caná María aparece como la que cree en Jesús; su fe provoca la primera ‘señal’ y contribuye a suscitar la fe de los discípulos” (Papa Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 21).

En la Audiencia General del 26 de febrero de 1997, el Papa Juan Pablo II explica que en el episodio de las bodas de Caná, san Juan presenta la primera intervención de María en la vida pública de Jesús y pone de relieve su cooperación en la misión de su Hijo.

El significado y el papel que asume la presencia de la Virgen se manifiesta en el momento que falta vino. Dirigiéndose a Jesús con las palabras: «No tienen vino» (Jn 2, 3), María le expresa su preocupación por esa situación, esperando una intervención, un signo extraordinario, que la resuelva. 

La confianza de María en el Hijo es premiada. Jesús, al que ella ha dejado totalmente la iniciativa, hace el milagro: “Jesús les dice: ‘Llenen las tinajas de agua’. Y las llenaron hasta el borde” (Jn2, 7). Así, también la obediencia de los sirvientes contribuye a proporcionar vino en abundancia.

En Caná, la Virgen muestra una vez más su total disponibilidad a Dios. Ella, confiando en el poder de Jesús aún sin revelar, provoca su ‘primer signo’, la prodigiosa transformación del agua en vino. De ese modo, María precede en la fe a los discípulos que, como refiere san Juan, creerán después del milagro: Jesús “manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos” (Jn2, 11). Más aún, al obtener el signo prodigioso, María brinda un apoyo a su fe.

El rechazo aparente de Jesús exalta la fe de María: las palabras del Hijo “Todavía no ha llegado mi hora”, junto con la realización del primer milagro, manifiestan la grandeza de la fe de la Madre y la fuerza de su oración.

Las palabras de María: “Hagan lo que él les diga”, conserva un valor siempre actual para los cristianos de todos los tiempos y nos invitan a una confianza sin vacilaciones, sobre todo cuando no se entendemos el sentido de lo que Cristo nos pide.

Santa María, Madre de Iglesia (Marcos 3, 31 – 35)

San Marcos cuenta en el Evangelio que un día le dijeron a Jesús que su madre y sus hermanos (primos en el antiguo Israel), estaban esperándolo fuera. Él dijo que, quien cumple la voluntad de Dios, es su hermano, su hermana y su madre. 

La respuesta de Jesús a simple vista parece muy dura con su Madre, pero en realidad esta respuesta es un halago a ella, porque nadie como María cumplió la voluntad de Dios.  María mereció ser la madre del Salvador por haber creído y este es el más valioso testimonio que podía ofrecernos Marcos acerca de María. Jesús declara que la razón última y única por la cual María pudo llegar a ser su Madre era la fe en Él.

El Papa Francisco nos dice: “¿Y quién cumplió mejor en esta tierra esa Voluntad de Dios sino María? Su Madre, Ella, la Siempre Fiel. Por eso la puso de modelo. Todo aquel que llegue a cumplir los deseos de su Padre podrá asemejarse a aquella Dulce Madre, Fidelísima a quien se le confiaron tesoros tan grandes.”

 “María, como lo reconocerá siempre la comunidad cristiana, es el modelo perfecto de aquellos que hacen la voluntad de Dios, por lo que no solo es su madre en sentido físico, sino también lo es de manera espiritual y trascendente.” Por ello pertenecerán realmente a la familia de Jesús y María aquellos que hacen la voluntad de Dios. ¿Podemos decir que nosotros formamos parte de esta familia?

Santa María acompaña a Jesús a la cruz (Juan 19, 25-27)

Caminando al monte Gólgota, donde Jesús fue crucificado, la Virgen María vivió sus momentos más dolorosos. Lo vio sufrir, por todos los hombres, mientras que ella también sufrió. Recordó que una espada iba a traspasarla, comprendiendo a lo que Simeón se refería en el Templo a poco de nacer Jesús. 

En su catequesis del 23 de abril de 1997, el Papa Juan Pablo II señala que en el cuarto evangelio, san Juan narra que “junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19,25). Con el verbo “estar”, que etimológicamente significa “estar de pie”, “estar erguido”, el evangelista tal vez quiere presentar la dignidad y la fortaleza que María y las demás mujeres manifiestan en su dolor.

En particular, el hecho de “estar erguida” la Virgen junto a la cruz recuerda su inquebrantable firmeza y su extraordinaria valentía para afrontar los padecimientos. En el drama del Calvario, a María la sostiene la fe, que se robusteció durante los acontecimientos de su existencia y, sobre todo, durante la vida pública de Jesús. El Concilio recuerda que “la bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz” (Lumen gentium, 58).

En la cruz, Jesús le dijo a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo, ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27). Desde aquella hora, afirma el apóstol, el discípulo la recibió en su casa. El Papa Juan Pablo II nos dice que, según la tradición, la virgen María reconoce a Juan como hijo suyo, y desde el principio ese privilegio es interpretado por la Iglesia como signo de la maternidad espiritual de María a toda persona humana. Por tanto, en el discípulo quedan representados todos los miembros de la Iglesia como hijos de María. Es decir, la maternidad espiritual de María abraza a todo creyente.  

María estuvo junto a su Hijo en el Calvario, y sigue estando hoy junto a cada uno de sus hijos y sus hijas que sufren. Ella acompaña también a las madres y a los padres que sufren con el dolor de sus hijos. Ella es presencia y refugio, se hace solidaria con todos los dolores de la Humanidad. En nuestros dolores, nos confiamos a su ternura. La esperanza de María al pie de la cruz encierra una luz más fuerte que la oscuridad que reina en muchos corazones: ante el sacrificio redentor, nace en María la esperanza de la Iglesia y de la humanidad.

María reza junto con los apóstoles (Hechos 1, 12-14)

«Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hechos de los Apóstoles 1, 12-14). Como en la Anunciación, la Virgen recibió al Espíritu Santo, perseverando en la misión que tiene en la historia de salvación. 

María ora con la primera comunidad. Ella, maestra de oración, siempre dócil a la voz del Espíritu, enseña a los discípulos a esperar con confianza al don que viene de lo alto: el Espíritu prometido por Jesús. 

María ha tenido ya experiencia de la acción del Espíritu Santo en su maternidad virginal. Y la fuerza del Espíritu es renovada y reforzada ya que, al pie de la cruz, María fue revestida con una nueva maternidad, la maternidad espiritual de todos los creyentes, como nos explica Juan Pablo II en la Audiencia del 28 de mayo de 1997.  

En la catequesis del Regina Coeli, el 23 de mayo de 2010, Benedicto XVI señaló que “no hay Iglesia sin Pentecostés y no hay Pentecostés sin la Virgen María”. Pero esta experiencia de oración con María para invocar al Espíritu Santo no es algo que pertenezca al pasado. El Papa Benedicto afirma que “en cualquier lugar donde los cristianos se reúnen en oración con María, el Señor dona su Espíritu”.

Tengamos el coraje y la generosidad de renovar nuestra oración unidos a la siempre Virgen. Con su poderosa intercesión, Ella nos alcanzará un renovado Pentecostés para nuestras almas y para toda la Iglesia.

María, nuestra protectora (Apocalipsis 12, 1 y ss)

De la Virgen María también se habla en el Apocalipsiscomo una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. En el texto, el bien y el mal se enfrentan. 

En la Audiencia General del 14 de marzo de 2001, el Papa Juan Pablo II, nos explica que María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del amor, de la verdad y de la justicia. Contra ellos se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, la mentira y la injusticia. Pero el canto con el que se concluye el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo lo realizará «la salvación, el poder, el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo» (Ap. 12, 10).

Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar que «María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión» (Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia, 22 de marzo de 1986, n. 97; cf. Redemptoris Mater, 37).

Podemos ver que María aparece como protectora de la Iglesia y ayudando al triunfo de Cristo, siempre guiando al pueblo de Dios hacia su Hijo, Camino, Verdad y Vida.  Así pues, cantemos nuestro himno de alabanza a María, imagen de la humanidad redimida, signo de la Iglesia que vive en la fe y en el amor, anticipando la plenitud de la Jerusalén celestial. 

Fuentes

  • ACI Prensa
  • Documentos Vaticanos
  • Catholic Net

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