Empecé a ir al Santísimo a escribir y el artículo de este mes se trata de Él. Cuando hablamos de la Eucaristía o el Santísimo Sacramento no nos referimos a un símbolo o formalismo, sino a la persona real y viva de Jesús. Pero, ¿cómo expresar todo lo que siento por mi amado Jesús? Cuando estás enamorado de alguien no puedes describir la experiencia en palabras, simplemente amas al amado, y algo similar sucede con Jesús Sacramentado.
Los primeros días, al inicio de mi hora Santa (Mt. 26,40) estaba atenta al reloj para ver cuánto faltaba para que terminara. Miraba al sagrario y decía “bueno, aquí estoy Jesús, ¿y ahora qué?”. Lo que sigue es aceptar ese sentimiento y entregárselo a Él, que todo lo sabe y todo lo conoce. Después, hay que intentar que la loca de la casa, que es nuestra mente, no nos moleste en ese momento de intimidad con Dios, hacer silencio no sólo exterior sino interior, para así escuchar su voz que nos susurra con amor al oído.
Yo en Él y Él en mí (Jn. 15,5), nada más importa. Aunque no sepamos qué decirle simplemente un “te alabo”, “te glorifico”, “acá estoy Jesús” y “te amo, con un amor imperfecto, pero te amo”. Con el correr de las visitas pude experimentar paz, dicha, hasta el punto de no querer irme y decirle a Jesús “quiero quedarme a vivir acá en el Santísimo”, un poco como le dice San Pedro a Jesús en la transfiguración: “Señor qué bien estamos aquí”(Mt. 17, 1-9).
Cuando estoy con Él, me siento plena, feliz. Hoy, hermanos, puedo decirles que no soy la misma persona que antes (Ef. 4, 22-24), porque Jesús me cambió la vida. Tenemos al Emanuel -que significa “Dios con nosotros” (Mt. 1,23)-, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, tenemos a Dios tan pero tan cerca que sólo hay que tener voluntad de permanecer en Jesús (Jn. 15,4).
Desde el sagrario, el Señor nos interpela y nos invita a reflexionar. ¿Cuántas veces vamos a adorar a Jesús? ¿Cuánto tiempo le dedicamos a estar con Él? ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué dudamos? ¿Creemos que está vivo y presente o decimos creer, pero no creemos? ¿Acaso nos falta fe? ¿Estamos ocupados con tantas cosas y nos quedamos sin la mejor parte? (Lc. 10, 38-42). En esas situaciones de fragilidad, estamos invitados a decir a una sola voz: “Señor, creo pero aumenta mi poca fe; amo, pero aumenta mi poco amor; espero, pero aumenta mi poca esperanza; perdono, pero aumenta mi poco perdón; confío, pero aumenta mi poca confianza”.
En su debilidad, un amigo solía quejarse mucho ante los problemas. No obstante, un cambio en él lo llevó a que por cada queja hiciera tres agradecimientos, por ejemplo: Gracias por la vida, por la familia y por cada momento vivido contigo Señor. Frente a las dificultades cotidianas, nosotros también podemos hacerle pequeños ofrecimientos a Dios hasta lograr un verdadero cambio en nuestras vidas. Sin dudas, el mejor lugar para empezar con sinceridad es delante de Jesús Sacramentado.
Hace unos años pensaba con frecuencia en que cuando Dios me llamara, quería irme con Él. Sin embargo, ¿saben qué? No hace falta esperar a que nos llame para estar con Él, porque cada visita al Santísimo y cada vez que lo recibimos en la Santa Eucaristía es un pedacito de cielo en la tierra. En cada misa, la Liturgia de la Palabra nos preparara para reconocer a quien se hace presente en nuestro camino de la misma forma en la que peregrinó junto a los discípulos de Emaús (Lc. 24,13-35). No somos sólo oyentes de una palabra que se escribió hace 2.000 años, sino partícipes de la Verdad especialmente dirigida a nosotros. Somos llamados a ser parte.
Por otra parte, en la Liturgia de la Eucaristía, el sacerdote consagra el pan y el vino que se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús (Lc. 22, 19-20). Nuestro lugar allí no es solamente el de presenciar el misterio de fe que se celebra, se trata además de reafirmar nuestro servicio a quienes nos rodean, de encontrar la fuerza para glorificar a Dios con nuestra vida. En la comunión, Cristo viene a nuestra casa, a nosotros que somos pecadores. Cristo en mí y yo en Cristo (Gal.2, 20). Quien tiene al Señor entre sus manos nos asegura: “Éste es el misterio de nuestra fe”. Sólo es cuestión de fe que el Santísimo Sacramento es realmente el Redentor que, en este momento y en este lugar, está con nosotros.
Hace poco leía que el Tomas incrédulo (Jn. 20,25) de hoy, es el que no cree que el Santísimo Sacramento es nuestro Salvador Jesús Resucitado. Como en aquel tiempo, Él nos dice: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn. 20,29). Si creeríamos en su santa presencia, actuaríamos de acuerdo con nuestra fe: correríamos a Él. Si supiéramos el valor de la hora Santa, jamás nos separaríamos de Él. El tiempo que pasamos con Jesús en el Santísimo Sacramento del altar es el mejor invertido, salimos llenos de su paz. Así, podemos dar lo que recibimos en nuestra vida cotidiana a nuestro prójimo, enfrentar lo que nos toque con fuerza y esperanza, buscar la santidad.
La mejor forma de conocer a Jesús y dejar que nos instruya con sus divinas enseñanzas es visitándolo (Jn.10,11-18). Es que una cosa es leer un libro que nos hable de una persona y otra es estar con ella conversando. Cuando rezás el Rosario frente al Santísimo Sacramento, unido al corazón de María, descubrís el de Jesús. Te acercás con el amor de su madre. A veces, la visita se trata simplemente de estar en silencio, te aseguro que cuando llorás, Jesús mismo te abraza con fuerza y te anima a seguir adelante.
Jesús es el pan vivo bajado del cielo (Jn. 6, 25-40), vino para alimentarnos espiritualmente a nosotros, los hambrientos hijos de su Padre. ¿Qué sentís cuando estás con Jesús? ¿Felicidad, paz? Si son tus primeros días con Jesús Sacramentado, quizás algo de inquietud. Mi respuesta, luego de bastante tiempo compartido con el Señor, es que siento la paz que sólo Dios puede dar, siento mi amor imperfecto que quiere crecer a la luz de quien todo lo puede. ¿Todavía no te animaste a visitarlo? No te pierdas esta experiencia única, y vas a ver cómo luego Él va a ir contigo a todos lados.
Hoy puedo decirte que Él es mi faro, mi guía, mi puerto seguro, el que nos mira con ojitos de amor, mi todo. Abrile hermano tu corazón de par en par, para que Aquel que nos habita (Rm. 8, 9-18) reine en nosotros, en una morada limpia bajo el sacramento del perdón. Alabado sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar, por eso con Jesús Sacramentado, hasta el cielo no paramos.
Autor: Una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar
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2 comentarios
Gracias por tan atinadas reflexiones. Las retribuyo con una anécdota citada por Sor Emmanuel en su libro que anexo cuyo título figura abajo. Mi cordial saludo. Ernesto.
Sor Emmanuel: “Medjugorie, el triunfo del corazón”, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 2007, págs. 75/76.
Hace algunos días, en la iglesia de Medjugorje, un sacerdote ilustró de manera maravillosa la oración del corazón, contándonos un hecho ocurrido en París:
Paul pasaba la mayor parte de su tiempo fuera y sentía especial predilección por la iglesia Saint-Jacques, bajo cuyo pórtico mendigaba. Es necesario aclarar que la botella era su fiel compañera y la cirrosis hepática (entre otras enfermedades) testigo permanente de aquella. Su tez no presagiaba nada bueno, y la gente del barrio, aunque sin interesarse demasiado por su suerte, sabía que cualquier día ya no lo encontrarían allí.
Sin embargo, una buena alma de la parroquia, la señora N., afligida al verlo tan atrozmente solo, había iniciado con él cierto diálogo. Ella se había dado cuenta de que, dejando su lugar en el atrio, por la mañana, él entraba en la iglesia (crónicamente vacía) y se sentaba en primera fila, frente al sagrario. Así, sin más…, sin hacer nada.
Ella le hizo entonces esta pregunta: —Paul, me he dado cuenta de que entras frecuentemente en la iglesia. Pero, ¿qué haces allí sentado durante una hora? No llevas ningún rosario ni devocionario; incluso a veces te quedas medio dormido… ¿Qué haces? ¿Rezas?
—¡¿Cómo quiere que rece?! ¡Olvidé todas las oraciones que me enseñaron, cuando de niño iba al catecismo! ¡Ya no sé nada! Entonces, ¿qué hago? Pues es muy sencillo: voy hasta el sagrario, allí donde está Jesús, solo en su cajita, y le digo: “¡Jesús! ¡Soy yo, Paul! ¡Vengo a verte!”. Y me quedo un rato… ¡Simplemente estoy allí!
La señora N. se queda muda. Pasan los días, sin mucho cambio, pero ella no se olvida de las palabras de Paul. Y lo que tenía que suceder, sucedió: Paul desapareció del atrio. ¿Enfermo? ¿Muerto tal vez? Ella averigua, sigue su rastro hasta el hospital, y va a visitarlo.
El pobre Paul está extremadamente mal, conectado a mil tubos, la tez color ceniza, muy característica de quien está a punto de morir. El pronóstico es grave…
La buena samaritana vuelve al día siguiente, esperando que le den la triste noticia… Pero no, Paul está sentado sobre su cama, bien erguido, recién afeitado, la mirada radiante. ¡Una verdadera metamorfosis! Una expresión de felicidad emana de su rostro, casi una luz. La señora N. se refriega los ojos… ¡Pero sí! ¡Es él! ¡Paul!
¡Es increíble! ¡Has resucitado! No eres el mismo hombre. ¿Qué ha sucedido?
“Fue esta mañana. ¡Me sentía tan mal! Y de repente vi a alguien ahí parado, al pie de mi cama. Era hermoso… ¡Pero tan hermoso…! ¡No puedes ni imaginarte! Me sonrió y me dijo: ¡Paul! ¡Soy yo, Jesús! ¡Vengo a verte!”.
¿Orar con el corazón? Es dirigirnos a Dios como somos, con todo lo que tenemos. Y cuando no tenemos nada, ir hacia El sin nada. Al igual que la viuda indigente del Evangelio, Paul, seguramente, había consolado a Jesús como nadie lo había hecho…
hermosoooo, esta el relato, de mi amado Jesus, el Amor de mi Vida,que siempre nos esta esperando para estar con El, aunque sea un ratito.