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El color de la Cuaresma

por Carlos L. Rodriguez Zía
Arcoiris

¿Qué color debe tener la Cuaresma? ¿El gris de la ceniza o los del arcoiris? Sobre esto me hizo pensar una carta del arzobispo de mi diócesis.

La Cuaresma no es un tiempo gris; aunque sea este el color de la ceniza que se nos coloca el miércoles de ceniza, en el inicio del tiempo cuaresmal. Este pensamiento surgió tras leer la carta que el nuevo arzobispo de Córdoba (Argentina) le envío a sus parroquianos unos días atrás. Allí, al final del mensaje, se nos recuerda que “el alegre mensaje del Evangelio es que el camino cuaresmal, pasando por la Cruz va hacia la Resurrección, que implica la alegría, la bienaventuranza y el gozo, dándonos la buena noticia de que tenemos otra oportunidad, como la tuvo para dar fruto aquella higuera estéril de la parábola de Jesús (Mt 21,18-19). Y ante una “buena noticia” la reacción natural es agradecer y celebrarla.”

No obstante, a pesar de leer estas palabras, aún sigo teniendo la sensación de que cuando llega la Cuaresma -la invitación a iniciar un tiempo de meditación, a emprender un tiempo de conversión- entendemos que el rostro se nos debe avinagrar un poco, porque vivir con alegría el tiempo cuaresmal no es acertado. Que parece que en vez de pensar que tenemos 40 días para ver en cómo está nuestra relación con Dios, parar un poco la pelota y meditar, además, cómo estoy conmigo y con los demás, nos ponemos en modo velatorio. Entonces, a “sufrir” haciendo el vía crucis y a rezar el rosario con el espíritu de quien se sienta en el sillón del dentista a que le arreglen algún diente maltrecho.

Parece que nos olvidamos de que el final del tiempo cuaresmal es celebrar la Resurrección de Jesús y no su muerte en la cruz. Es por eso que, en su mensaje, el arzobispo señala “que es parte de este tiempo cuaresmal el disponernos para que el Señor con su gracia “nos quite el luto y nos vista de fiesta” (Sal 30,12)”.  Porque fue en la celebración de una boda que Jesús realizó su primer milagro. Que la Pascua es la realización del más acto más grande de amor que se puede hacer: dar la vida. Eso es lo que Jesús nos da con su entrega: VIDA.

Así que cómo nos dice el Evangelio (Mt. 6, 16-18) “Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que, con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Xanax) ”

Así que, contrariamente a lo que canta Juanes, podré lucir una camisa negra, pero tendré el alma hecha un arcoíris. Que me voy a rezar el vía crucis con la sonrisa de una niña que está a punto de pasarse un día entero en Disneylandia. Que iré a vivir la Semana Santa con la alegría de un joven al que la mujer de sus sueños le acaba de decir que sí, que le gusta la idea de ser su novia.

En fin, que vayamos preparando los fuegos artificiales, que el final de este tiempo cuaresmal es celebrar la Resurrección de Jesús.

¡Qué bien nos la vamos a pasar esta Cuaresma!

EL MENSAJE DEL ARZOBISPO DE CÓRDOBA (ARGENTINA)

Cuaresma 2022
Queridos hermanos y hermanas:
Como un modo de “caminar juntos” al comenzar este tiempo fuerte de
Cuaresma, les comparto esta sencilla reflexión, por si les ayuda a disponer el
corazón para la Pascua:
“CUARESMA”, O DEJARSE LLEVAR POR EL ESPÍRITU AL
DESIERTO
El Evangelio de Marcos, donde se hace alusión a la experiencia de Jesús
de “dejarse llevar por el Espíritu al desierto”, es muy cortito, pero sintetiza el
espíritu de este tiempo de conversión. Dice Marcos: “Jesús fue llevado por el
Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días…” (Mc 1, 12-13).
Cuaresma significa justamente 40 días, y el desierto es el símbolo de lo
que nuestro corazón tiene que buscar de un modo especial en este tiempo de
preparación para la Pascua.
¿Por qué el desierto? ¿Por qué dejarse llevar al desierto? El desierto es
una de aquellas realidades que tienen muchas facetas. En su sentido positivo,
es lugar de seducción y de encuentro con Dios. Y es también lugar de prueba,
de lucha. El desierto es tremendo y fascinante a la vez.
“Pero al desierto -dice Pronzato- no hay que buscarlo en el mapa.
El Sahara inmenso me acoge ahora en un ángulo de la casa, incluso en
una carretera, en una plaza, en una calle llena de gente, todas las veces
que me decido a liberarme de la esclavitud de lo contingente e ilusorio,
del chantaje de lo urgente, de los condicionamientos de la apariencia,
del totalitarismo del hacer, de la dictadura de lo exterior”.
En el desierto se apunta a lo esencial: la vida, el agua, lo mínimo para
vestirse y cubrirse contra el sol. Allí se vuelven inútiles las cosas que en lo
cotidiano nos dan seguridad y hasta grandeza: la tarjeta de crédito, la
computadora, mis títulos, mi curriculum, la agenda desbordante de
compromisos asfixiantes. Será un buen ejercicio repasar qué es esencial en mi
vida y qué lugar ocupa en mi corazón, en mi tiempo: fe, familia, trabajo,
amigos, solidaridad -sobre todo con los más débiles-, y de qué
superficialidades, o cosas superfluas sería bueno despojarme u ordenarme.
En el desierto todo lo que es “cartón pintado” se desmorona, ahí ya no
hay apariencias: se es o no se es. Se vive o se muere. Se está con Dios o no se
está con nadie: ni con Dios ni con uno mismo. En el desierto nuestro corazón
queda al desnudo. Y “la trivialidad que nos servía de defensa se derrite y nos
permite „tocar‟ otros niveles más hondos y más verdaderos de nuestra persona
que antes ni sospechábamos poseer” (Dolores Aleixandre) Pero para eso
tendremos que hacer la experiencia de ratos de soledad y silencio, tan
necesarios en este tiempo cuaresmal.
Vamos al desierto a rescatar nuestra autenticidad, no en el sentido
maltrecho de la palabra, como sinónimo de hacer lo que me parece o lo que se
me ocurre, sino en el sentido de eliminar de mi vida todo lo que hay de
mentira en ella, aún aquellas que he aprendido a disimular, que he logrado
camuflar, maquillar y hasta disfrazar de bondad o virtud. Quizás parezca
demasiado proyecto, pero en todo caso ojalá podamos desterrar algunas de las
“mentiras eje” de nuestra vida. A mí siempre me impresionó e interpeló
aquella expresión de Santa Teresa y de otros santos y santas: “vivir en
verdad”.
Vamos al desierto para que nuestro nombre se “desinfle” y se ajuste a su
real dimensión. Decía Silvano, monje de los primeros tiempos: “¡Ay del
hombre que lleva un nombre más grande que sus obras!”. Si nuestro nombre
está “inflado”, la soledad del desierto, lo reubicará. Y si en cambio nuestro
nombre, por lo que sea, está muy “por el piso”, en el desierto nos
reencontramos con el nombre más importante, el que nos pone de pie frente a
nuestra indignidad: y ese nombre es el de “hijo”. En el desierto necesitamos
dejarnos decir por el Padre: “Tú eres mi hijo muy amado…”. Sabernos
amados incondicionalmente por Dios nos hace “levantar la mirada”.
El desierto es un espacio propicio para detectar, y ojalá también para
echar de nuestra vida, los “personajes extraños” -por decir así- que vienen de
visita a nuestro corazón y terminan por copar la casa. Huéspedes –no de los
buenos- que nos empezaron a visitar con frecuencia, a los que les fuimos
cediendo espacio en el corazón: los dejamos entrar de a poco, no tuvimos el
coraje de declararlos personajes “no gratos” y terminaron por invadirnos y
adueñarse de la casa. Esos “intrusos” son nuestras superficialidades, tan
distractivas; nuestra sensualidad que nos ensimisma y nos quita horizonte,
nuestra vanagloria, nuestros celos y envidias, que nos hacen entrar en tantas
competencias estériles, en tantas tristezas cuando “perdemos”, y en tantos
triunfalismos baratos cuando “ganamos”, nuestras “carreras locas” por un
puesto, por cuidar el buen nombre, por mantener el status, que terminan por
convertirnos en sutiles esclavitos. El desierto es una invitación a ser libres, a
señorear la propia casa, el propio corazón, para que desalojados estos
“ocupas” vivamos en paz, unificados y no exiliados de nuestra propia
interioridad, fugitivos de nosotros mismos.
Cuaresma es esto: es el tiempo propicio para entrar en ese desierto que no
está en el Sahara, sino en nuestro propio corazón.
Por otro lado, y aunque parezca contradictorio a esta invitación penitencial
de Cuaresma, es importante no perder de vista el cuidar que esa purificación y
austeridad no malogre el alegre mensaje del Evangelio, ya que el camino
cuaresmal, pasando por la Cruz va hacia la Resurrección, que implica la
alegría, la bienaventuranza y el gozo, dándonos la buena noticia de que
tenemos otra oportunidad, como la tuvo para dar fruto aquella higuera estéril
de la parábola de Jesús (Mt 21,18-19). Y ante una “buena noticia” la reacción
natural es agradecer y celebrarla.
Y no se trata de contraponerlas entre sí, sino de reconocerlas como formas
complementarias de piedad. Por lo tanto, también es parte de este tiempo
cuaresmal el disponernos para que el Señor con su gracia “nos quite el luto y
nos vista de fiesta” (Sal 30,12).
Fieles a este doble desafío, ojalá que en esta Cuaresma nos dejemos llevar por
el Espíritu al desierto del propio corazón, porque como decía Julien Green, “es
allí donde habita Dios, allí está su morada. No en el viento, no en el temblor
de la tierra, menos aún en el ruido de las palabras que hacemos sin cesar, sino
Que el Señor los bendiga. Cuenten con mi oración y encomiéndenme en las
suyas.

+Angel Rossi S.J


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