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Comienza la Semana Santa y me pregunto en qué lugar me encuentro

por Pbro. Carlos Padilla E.
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Quiero saber lo que me duele, lo que me pesa y me hace sufrir. Quiero mirar hacia delante y caminar con mi vida sobre las espaldas.

Hay una actitud de Jesús en Semana Santa que siempre me incomoda. Hoy lo escucho del profeta Isaías, como anticipando lo que Jesús vivió: «Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado». Y el salmo me lo repite: «Todos los que me ven de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza: – Se confió al Señor, ¡pues que Él le libre, que le salve, puesto que le ama! Perros innumerables me rodean, una banda de malvados me acorrala como para prender mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos; ellos me observan y me miran, repártense entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica». Y todo eso es lo que sucede en pocos días. Sortean su túnica, lo hieren, lo matan, y Jesús no opone resistencia, no se rebela contra el mal, no clama al cielo pidiendo justicia. Estas palabras del salmo estarían en el corazón de Jesús esos días difíciles: «¡Mas tú, Señor, no te estés lejos, corre en mi ayuda, oh fuerza mía, ¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré!: – Los que a Dios teméis, dadle alabanza, raza toda de Jacob, glorificadle, temedle, raza toda de Israel». Suplicó en Getsemaní a ese Dios, su Padre, que podría librarlo del sufrimiento y de la muerte. Es lo mismo que yo hago al mirar mi propia cruz, mi dolor, el nudo que en mi alma me hace sufrir. Y me pregunto: ¿Dónde está mi Dios? No me resisto, no esquivo el dolor, no me alejo del sufrimiento. No quiero negarme a aceptar en mis manos lo que me duele, lo que más temo. Pero no siempre esta es mi actitud. La no resistencia, la mansedumbre. Estoy acostumbrado a defender mis derechos, a exigir que se haga justicia, a pedir que respeten lo que es mío y me corresponde. La actitud de Jesús mientras lo golpean y mesan su barba. Su humildad mientras es condenado injustamente sin oír su defensa. Ese silencio, esa no respuesta, me duelen. Yo no soy así. Y Jesús parece pedirme algo que escapa de mis capacidades. La humildad, la mansedumbre, la no resistencia, la no rebeldía. ¡Qué lejos estoy de esa actitud a la que me invitan estos días! Mientras tanto yo vivo rebelándome contra lo que me hace daño. Contra aquellos que me quitan mis derechos y se erigen en jueces que condenan mi vida. Deciden lo que puedo hacer y lo que no. Actúan a mis espaldas criticando todos mis actos, da igual lo que yo haga. No soy humilde. Más bien mi orgullo me duele mi dentro y quiero que las cosas cambien. Que la realidad sea otra. Que no haya sufrimiento, ni críticas, ni dolor. Que nadie me condene a mis espaldas. Es lo que quiero, que otros paguen la pena y no yo. Pero Jesús no ofrece resistencia, no se opone, no lucha ni pide ayuda para salir sano y salvo de la contienda. Jesús en su vida deja que le besen los pies y los unjan con perfume. Deja que lo aclamen cuando entra en Jerusalén. Deja que lo busquen porque hace milagros, cura enfermedades y multiplica el pan. No se resiste a los halagos. Y lo mismo sucede con las críticas y juicios que vierten sobre Él. No se defiende, no forma a sus discípulos para que usen la violencia. Su único lenguaje va a ser el del amor. Y no quiere hacer nada que no sea respetar lo que sucede. ¿No podría haber huido esa semana de Jerusalén? ¿No podía haber esquivado la muerte y el dolor? Es lo que siempre me planteo. ¿Cómo puedo esquivar el dolor, la cruz, lo que me asusta? Eludo los problemas, los evito. Y no acepto que la cruz me roce. Cuanto más lejos esté mejor. Por eso me incomoda tanto Jesús en la Semana Santa. Me gusta verlo desafiando a los fariseos o dejándolos en ridículo. Me gusta ver cómo cura en sábado yendo contra lo que dicen los fariseos. Me gusta ver su fuerza, su pasión. Me incomoda ese Jesús roto que parece inerme en manos de sus verdugos. ¿Lo abandonó la fuerza de Dios? No quiero que sea así. Me asusta ese Dios débil que no se opone al mal. Me cuesta que aquellos que creen no defiendan incluso con la fuerza aquel credo que los fortalece. No entiendo el silencio ante las críticas. Ni la pasividad ante la violencia. No logro aceptar perderlo todo sin defenderlo con la propia vida. Me pongo a seguir los pasos de Jesús y dudo. Puedo hacerlo hasta que llega el jueves santo. Puedo defenderlo en el templo y en la entrada gloriosa en Jerusalén. Tengo otras expectativas con Dios. Creo en la fecundidad, en los logros y en los éxitos. Creo que Dios se merece lo mejor y me cuesta aceptar la mansedumbre. Si algo está mal hay que decirlo. Pero no. Ese no es el camino. Jesús me muestra otro camino que parece ser el de los débiles. No oponer resistencia. No evitar el mal. Dejarse llevar, dejarse hacer. Jesús deja de hacer cosas y pasa a ser conducido donde no desearía ir nunca. No hace ni dice mucho en esta Semana Santa. Sólo calla y lo que dice es lo contrario de lo que espero escuchar. No hay más milagros, nada prodigioso, sólo un hombre llevado al patíbulo. Y el grito de un Dios que muere perdonando. Me impresiona que Dios quiera hacerme a imagen de Jesús. Débil y obediente. Pacífico y manso. Humilde y confiado. Le tengo que pedir a Dios que haga en mí posible ese milagro de la mansedumbre. 


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