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La misericordia de Dios es eterna

por Pbro. Carlos Padilla E.
resurreccion

 La mía es muy limitada. Me falta el perdón y la capacidad para reconciliarme con quien me ha herido. Me cuesta perdonarme y perdonar. Me sobra rencor.

Pero miro a Dios y veo cómo me mira a mí. Doy gracias por su amor misericordioso que me levanta cada vez que caigo: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente». El domingo de resurrección es un día de fiesta, es un milagro manifiesto. Cristo está vivo. Es un día en el que el corazón deja el velo de la tristeza a un lado y se pone en camino a buscar a Jesús resucitado. Me gusta esa imagen de buscar al maestro confiando en su abrazo. Quiero seguir sus huellas para descubrir su presencia en mi vida. Es el momento de soñar sus caminos. Me levanto queriendo que en este domingo resuciten en mí muchas muertes. Lo que está seco dentro de mi alma quisiera que cobrara vida nueva, un agua nueva que hiciera que brotara la vida. Veo que hay muerte en mi corazón. Porque el odio mata la vida, la tristeza acaba con los brotes verdes, los reproches y las quejas envenenan mi ánimo. Es la muerte que llena todo de desesperanza y desánimo. Las lágrimas opacas del llanto nublan mis ojos y no me dejan mirar más allá de mi pesar. Es la muerte que me lleva a dejar de creer en todo lo que Dios puede hacer conmigo. No soy consciente de la vida que Dios me ha regalado. Él es misericordioso. Quiero que resucite en ese corazón mío para poder cambiar tantas cosas que no están vivas en mi alma. Quisiera soñar con las estrellas en medio de mis dolores y tristezas, en medio de la noche. Quisiera alegrarme al pensar en todo lo que puedo hacer si Cristo vive en mí. Hoy escucho: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios». Quiero buscar los bienes de allá arriba. Los bienes que vienen de lo alto y me dan una alegría que nadie me puede quitar. Quiero aspirar a vivir en Dios y no permanecer apegado en la tierra a tantos placeres pasajeros y deseos finitos que no me dejan crecer. Sé que es dura la vida cuando el corazón se apega a los bienes de abajo que acaban siendo caducos. Todo es temporal, no permanece en el tiempo, no dura demasiado. Las alegrías son momentáneas, igual que las tristezas. Se que la vida se juega entonces en tomar decisiones importantes, trascendentes y en aspirar a lo más grande, en desear que Dios se haga presente en todos los momentos de mi camino. Me cuesta creer en una resurrección que me saque de mi debilidad. Quiero resucitar pero no lo consigo, estoy tan apegado estoy a los bienes de aquí abajo. Esos bienes que me sacian momentáneamente y sólo por un tiempo breve. Se me olvida que mi alma está hecha a la medida de las estrellas, tiene el tamaño del cielo y vocación de eternidad. Quiero creer que es posible cambiar en mi interior esos hábitos que me hacen daño. Pero no lo veo tan posible cuando experimento de nuevo mi debilidad y caigo. Decía un sicólogo William James: «Eres tú con tu forma de hablarte cuando te caes, el que determina si te has caído en un bache o en una tumba». Jesús resucitado me mira con misericordia, con amor. Y hace que cualquier caída, cualquier pecado sea sólo un bache. Sueño con una vida que no es mía, una vida que se me da. Una vida grande, poderosa, que haga posible que todo sea real en mi corazón enfermo. Pero surge de nuevo en mí ese hombre viejo que llevo dentro y se resiste a morir y dejar de atarme a la tierra. Ese hombre viejo que deja su impronta en forma de pecados, de egoísmo, de impureza, de avaricia, de desamor y de odio. Ese hombre viejo atado a los rencores y a las envidias al que no consigo vencer. Ha echado raíces en mi corazón y no logro acabar con él, se encuentra demasiado dentro del alma. Es el hombre viejo que me hace arrastrarme por la vida en lugar de pasearme feliz lleno de esperanza por jardines llenos de luz. Sé que resucitar es volver a la vida. Y esa vida tiene que ver con el hombre nuevo que puede nacer dentro de mí. Tiene que ver con dejar que la muerte se aleje de mí y surja un río de agua nueva. Pienso en esa muerte que yo siembro con obras y palabras. Sé que la muerte es oscura. No da esperanza ni alegría. No hay misericordia en la muerte. Sólo hay dolor y tristeza. Miro a Jesús que resucita en medio de mis días y acaba con la muerte. El corazón se llena de alegría. Jesús ha vencido la muerte. Y esa victoria ha sido para siempre. Ya no hay más muerte eterna, ya no hay enfermedad que pueda con la vida verdadera. La misericordia es un regalo que pido en este día de resurrección. La vida se impone. La losa ya no esconde la muerte. Y la oscuridad desaparece. El sol brilla en lo más alto y me siento feliz al ver que Jesús vive. Jesús vence las injusticias y se tiñe de luz la oscuridad. La misericordia es un don, igual que la vida. La resurrección es un regalo. 


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