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En la parábola del hijo pródigo siempre me conmueve un hecho

por Pbro. Carlos Padilla E.
hijo

 En ambos hijos hay una  incapacidad para ser felices. Me impresiona la incapacidad para aceptar la realidad como un camino de plenitud.

El hijo menor no está feliz en casa teniéndolo todo y por eso le exige al  padre que lo libere: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna». Y con ese dinero se marcha: «No  muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna  viviendo perdidamente». No es feliz en casa y piensa que va a ser feliz probando suerte, viviendo en  libertad, son obligaciones, sin ataduras. Lo deja todo atrás y vive perdidamente. Me impresiona esa  incapacidad suya para ser feliz. Pero lo más increíble es que el hijo mayor resulta que tampoco era  feliz en casa y aún así prefirió quedarse: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una  orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido  ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado». El hijo mayor, el  obediente, servía con generosidad, pero su corazón tampoco estaba feliz, no tenía paz, no se sentía  en casa. El otro  día leía: «La raíz de la felicidad es la aceptación y el amor de la propia realidad, de la propia misión y del  propio lugar como divinamente otorgados».

No aceptar lar realidad

El que no acepta la realidad como lugar de salvación para  su vida nunca va a ser feliz. Siempre va a estar descontento, inconforme, insatisfecho. Es como si le  faltara algo o le sobrara la realidad. Hace poco leía sobre el metaverso. Esa realidad virtual en la que  uno puede tener un avatar y vivir una vida diferente a la que tiene. Todo tiene que ver con esa  incapacidad para amar mi realidad. Puede ser que haya elegido y emprendido un camino y al final  no esté feliz, no me baste, me sienta incompleto o roto. Puede ser que la realidad que me toca  enfrentar no sea la misma que un día me prometió Dios o yo pensé que Él me ofrecía. Y entonces  surge en mi alma la infelicidad. Creo que la raíz de mi felicidad es la aceptación, no la  inconformidad constante. Por más que choque y me indigne con lo real se acabará imponiendo en  mi vida. No podré cambiarlo, no podré eliminarlo.

La vida del hijo menor era la que tenía. Él no la  quiso, se rebeló y huyó de casa. Se inventó otra vida. Buscó una salida y fracasó también. Podría  haber sido feliz en casa. Podría haber sido feliz con la herencia en una tierra lejana. Estaba en su  mano y lo desaprovechó. Lo mismo le sucede al hijo mayor, pero él nunca se fue de casa. Él siempre  prefirió la realidad con la que nació. No buscó nada fuera, pero tampoco era feliz con su realidad,  con su padre, con su trabajo, con su vida. Hoy tanta gente vive quejándose de lo que tiene, de lo que  le pasa, de lo que vive. No están satisfechos con su mundo y quisieran en un avatar inventarse algo  mejor. Yo mismo me pregunto si soy feliz, si me gusta mi mundo, si estoy tranquilo con las  decisiones que un día tomé. Pienso en todas las posibilidades que un día dejé pasar. Otras vidas,  otros hogares, otros mundos por conocer. Mi felicidad no se encuentra lejos de donde yo estoy ahora. No está en otro mundo que nunca visité, ni en otra vocación por la que nunca opté. Dios no  se equivoca cuando pone en mi alma un grito determinado.

El llamado

Me llama por mi nombre y me dice que  puedo ser feliz aceptando mi realidad. Mi forma de ser, mis límites, mis capacidades, mis decisiones  acertadas y aquellas que no lo fueron tanto. Seré feliz cuando le dé el sí a mi familia, a las personas  con las que comparto el camino. Cuando deje de intentar cambiar a los demás para que sean como a  mí más me gustan. Que sean más fáciles, más tranquilos, mejores conmigo. Que se comporten como  yo espero de ellos. Mi felicidad verdadera consiste en tomar en mis manos mi presente. Estar feliz en  casa o lejos de ella construyendo nuevos hogares. Estar feliz con mis síes asumiendo la renuncia que  implicaron. Estar feliz con mis limitaciones que me confrontan continuamente con mi pobreza, mi  mediocridad, mi indignidad. Estar feliz con las cosas que me ocurren, éxitos y fracasos, tratando a  los dos como lo que son, dos impostores.

Ser feliz no es simplemente lo que consigo cuando hago  todo bien y me resulta todo lo que emprendo. Ser feliz consistirá muchas veces en aceptar los errores  y volver a casa como el hijo pródigo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras  yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino a donde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el  cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros». (https://stratnewsglobal.com) Se da cuenta de  su error, de la forma torpe como perdió la vida y rectifica. Podría no haberlo hecho. Podría haberse  quedado lejos lamentando su error. El hijo menor es humilde. La humillación lo ha convertido en  una persona humilde. Al menos reconoce que estaba equivocado, que había jugado mal sus cartas. Y  emprende el camino de vuelta a casa. No es fácil rectificar y asumir que he cometido errores. No es  sencillo volver a empezar desde cero, incluso peor, siendo un jornalero, no ya un hijo. Él sabe lo que  ha hecho mal y reconoce que el único camino para ser feliz es volver a casa. Me impresiona su  capacidad para rectificar, para enmendar y pedir perdón. Esa actitud será la que lo salve.  


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2 comentarios

Sonia September 13, 2022 - 10:20 am

Gracias por tan bella reflexión sobre lo que debe hacerme feliz, mi realidad, mi bella realidad.❤

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OCTAVIO ARCILA HERRERA September 13, 2022 - 3:19 pm

Excelente predicación o interpretación del evangelio, muy concreta y precisa a la situación actual.
Gracias y bendiciones

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