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Jesús es rey. Es la fiesta que celebramos.

por Pbro. Carlos Padilla E.
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 Él reina en mi vida, reina en el mundo y su reinado es para siempre. Pero me duele pensar que mientras tanto, mientras regresa para establecer su reinado definitivo, me parece su reino muy frágil. El mundo está mal.

 Hay muchas guerras, divisiones, odios, rencores, venganzas, abusos, violencia, mentiras. Todo parece más fuerte que el amor, la vida, la verdad, la ternura, el amor abnegado, la renuncia. El reino del mal, de las sombras, de la noche, parece mucho más poderoso que el reino de la luz que ha establecido Cristo con su muerte y resurrección. Por eso esta fiesta me desconcierta. ¿Qué estoy celebrando? No veo a ese Rey que venga a recomponer el mundo que está tan roto. Ni siquiera veo que venga a renacer en mi alma la esperanza. No rompe mis cadenas, mis vicios, mis ataduras. No reina con su poder en mi propia alma mientras las palabras nacen de mi boca queriendo ser lo que no soy y hacer lo que no hago. Me desconcierta ese Rey que viene a cambiarlo todo pero que no cambia nada en apariencia. Hoy escucho: «Demos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz». Todo queda reconciliado en Él. La luz surge de Él. Todo fue creado por Él y para Él. Es el principio y el final, el alfa y la omega. La vida y la resurrección. La esperanza eterna. Y mientras tanto en este camino yo sólo soy sólo un instrumento en medio de un mundo enfermo. ¿Qué voy a lograr yo si no tengo apenas fuerzas para levantarme a mí mismo en medio de la vida? No quiero mirar a Jesús como lo miraban los magistrados: «En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: – A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». No me quiero burlar como los soldados que no creían en nada: «Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Si fuera rey, tendría un ejército que lo salvara. Y sobre la cruz hay un letrero que lo deja claro: «Este es el rey de los judíos». La realidad siempre es una. La puedo ver desde una óptica, desde un ángulo determinado, con el tamiz de mis experiencias. Puedo mirar lo mismo e interpretarlo de forma diferente. Es lo que le pasó esa noche de viernes santo a los dos ladrones crucificados junto a Jesús. Uno de ellos sólo veía en Jesús a otro ladrón crucificado. Alguien famoso que decía tener poder: «Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: – ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Ve a Jesús y piensa que quizás pueda salvarlos. Pero al no ver respuesta se burla de Él. Mientras tanto, el llamado buen ladrón, le dice a su compañero: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Uno no ve nada bueno en Jesús. El otro ve más allá de su carne. Ve lo que no se deja ver en apariencia. Me conmueve esa mirada que todo lo traspasa. Yo no miro así. Suelo interpretar lo que aparece en la superficie. Juzgo de acuerdo con lo que los demás me dicen que están viendo. Sigo la corriente de opinión, me adapto a lo que los demás hacen o piensan. Uno de los ladrones ve al hombre que nadie ve, ni los magistrados, ni los soldados, ni siquiera el que está muriendo junto a él. Ve que ese hombre es también Dios y tiene un reino diferente al que todos esperan. Un reino que no es de este mundo. Ve una vida que va más allá de la muerte. ¿Cómo pudo tener tanta fe? Me impresiona. Yo no veo nada. Yo me quedo en la superficie, en la piel. Y también me decepciono cuando Dios no hace milagros, cuando no salva, cuando no me rescata de la muerte, cuando no me levanta de mi dolor, cuando no ahuyenta el mal de mi vida. Esa me salva. La de aquel que ve el bien detrás del mal, y sabe que la vida está oculta en medio de la muerte. Ver la realidad como lo hace él lo cambia todo. Ver la realidad en la superficie y juzgar es lo más fácil, lo hacen todos. No quiero ser así. Quiero mirar en lo hondo, bajo las apariencias. No quiero vivir juzgando. El reino de Dios está oculto en la noche. El sol está oculto detrás de las estrellas. Hace falta mucha fe para creer que va a vencer el bien cuando lo que veo a mi alrededor es que el mal se impone. Me falta confianza en el poder de Jesús oculto en medio de la muerte. Me gustaría que su carne gloriosa se impusiera con fuerza por encima del mal. Y su grito vencedor apagara los gritos de los que buscan el mal. 


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