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Sorpresivamente llega la vida el primer día de la semana

por Pbro. Carlos Padilla E.

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: – Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

María fue a ungir el cuerpo muerto de su Maestro, a quien tanto amaba. No pensaba en su resurrección, pero vio la losa quitada y no encontró el cuerpo muerto. Se lo habrían llevado. Es lo único que pensó. No era posible salvarse a sí mismo de la muerte, cuando esta parecía haber vencido. Como con Lázaro, Jesús podía haber actuado antes, cuando estaba aún vivo colgado en la cruz. Eso hubiera sido un espectáculo grandioso. Una prolongación de su vida. Hubiera curado sus heridas y hubiera vuelto a predicar y a hacer milagros. Todo hubiera seguido siendo posible. Hubieran creído en su poder. Así sería el nuevo reino en este mundo, el cambio de las estructuras, la conversión del mal en bien. Todo tan sólo si Jesús no hubiera muerto. Hoy, viéndolo muerto, no hay salida. ¿Cómo podría salvarse a sí mismo? Pedro y Juan creyeron a María: «Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos». No ven nada al llegar, sólo el sepulcro vacío. ¿Basta la ausencia de un cuerpo para creer en la vida? No lo sé, parece insuficiente. Hoy uno visita un sepulcro vacío en Jerusalén. La ausencia de un cuerpo muerto sigue siendo la señal más poderosa. Ya no está su cuerpo, sólo unos lienzos tirados. Creyeron. Juan y Pedro y María. Y luego vendría a aparecerse a algunos: «A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos». Ha resucitado, ha vencido a la muerte: «Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa». Dios ha resucitado a su Hijo. Y está vivo para siempre. Ha vencido a la muerte. La vida tiene la última palabra. El corazón descansa en este domingo santo. Ya no hay muerte, ya no hay soledad, sólo encuentros llenos de esperanza. Llevo yo mucha muerte pegada a la piel. La muerte de mis sueños, de mis planes, de mis proyectos. La muerte de mis ideales de juventud, cuando era más inocente. Puede que cargue muertes que me quitan la luz y me hacen vivir en tinieblas. Seres queridos que ya se fueron. Si pudiera resucitar en medio de mi sepulcro sellado. Si pudiera dejar que la luz de la vida, de Dios, penetrara todos mis sentidos, trayendo esperanza. Me asusta revivir la resurrección y que nada suceda en mi corazón. Me da pena pensar que dejo pasar las oportunidades ante mis ojos porque vivo disperso, preocupado de tantas cosas. De nada sirve vivir preocupado. Sólo puedo ocuparme de una cosa detrás de la otra, sólo de eso. Luego la vida pasa y los sueños se van con ella. Mi muerte en mi vida diaria me preocupa. Cuando no estoy lleno de vida, cuando no vivo alegre y con esperanza. Quisiera vivir con la alegría de los resucitados. Juan y Pedro corren. Porque quieren estar seguros. Quieren saber si realmente es cierto lo que las mujeres dicen. Tienen miedo. ¿Qué pasará ahora? Pensaron que todo había acabado con su muerte, todos los proyectos. ¿Qué significa ahora su resurrección? Yo tampoco acabo de entender lo que significa vivir resucitado. Vivir con la alegría de los que no tienen motivos para estar tristes, no tengo derecho a estar triste. Un corazón agradecido es un corazón alegre. Pienso en tanta vida que Dios me regala. Tantos sueños, tantas experiencias de cielo en la tierra. Jesús resucita en mi corazón cuando me dejo amar por su presencia. Él puede levantar la losa que me cubre. Como lo hizo con Lázaro, como lo hizo Dios con Él. Ojalá mi sepulcro esté vacío. Vacío de la muerte y de la esclavitud. Lleno del amor de Dios que todo lo desborda. Necesito que Jesús ilumine todos los recovecos oscuros de mi alma. Hay zonas ciegas donde nadie puede entrar. Lugares dentro de los cuales parece no haber mañana. Jesús viene hasta a mí y me dice que ya estoy viviendo la vida eterna. Que esta vida que vivo ya es la verdadera. Que todos mis amores que me parecen caducos son eternos. Me dice que no tenga miedo. Que es posible vivir de verdad cada día de mi vida. Vivirlo con todo el corazón, con toda mi alma. Vivirlo en presente, sin pensar en el pasado, sin angustiarme por el mañana. Simplemente agradeciendo el gozo de tener un día más para caminar, para soñar, para amar. Así es el Dios que resucita en mi corazón y me llena de esperanza.


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