Una de las preguntas más frecuentes que los feligreses me plantean en mi vida monástica y sacerdotal es la siguiente: ¿Cómo puedo planificar la lectura completa de la Biblia en un año? Veamos.
Esta interrogante evoca en mí las palabras de Pablo dirigidas a Timoteo: “y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena” (II Carta a Timoteo 3, 15-17).
Desde que comencé a leer la Sagrada Escritura, igualmente con la ambición de terminarla en un año, parecía algo fácil al principio, pero pronto descubrí que tenía dificultades. Diversas situaciones inesperadas se presentaron y me apartaron de mi objetivo diario. Hubo días en que el polvo se acumulaba sobre las páginas divinas, y en otros brillaban cuando les dedicaba tiempo y atención.
Fue cuando, en un intento por recuperar la disciplina perdida, me volví ha-ia lo Alto, hacia aquella que es Maestra por excelencia, la Señora mediadora de todas las gracias, quien de manera in- cesante “continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna” (Lumen gentium, 62). Con corazón humilde me arrodillé en oración y le pedí que guiara mis pasos en este proceso. ¿Acaso no fue ella quien, junto al venerable san José, instruyó al mismo Jesús en los misterios de la fe desde su más tierna infancia? -Asombrados, decían: “¿Cómo entiende de letras sin haber estudiado?” (Jn 7, 15). Inspirado por esta imagen celestial de aprendizaje y reflexión, encontré mi brújula interior. Y más todavía en sintonía con el conocido pasaje del Evangelio: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19).
Paso a paso
Poco a poco, como las aguas que esculpen la piedra con su paciencia infinita, fui moldeado por esta nueva perspectiva. Descubrí que la gracia, esa fuerza divina que sostiene la voluntad, y la voluntad, esa llama interior que abraza la gracia, están entrelazadas en una combinación perfecta. Aprendí que la verdadera perseverancia no es solo una carga pesada, sino un abrazo constante a la misión que me propuse
Dispuesto así mi corazón, cada día que abría las Páginas Sagradas, sentía como si me uniera al coro de aquellos que han buscado la verdad a lo largo de los siglos, recordando las palabras de Juan: “Mi mayor alegría está en oír que mis hijos caminan en la verdad” (III Jn 1, 4).
Y conforme el tiempo avanzaba, como la semilla que florece bajo el sol paciente, descubrí nuevas herramientas en mi camino espiritual. La era digital, con su magia tecno-luminosa, me brindó un tesoro invaluable: la Biblia en fomrato electrónico. Ya no había excusas para dejar que los minutos ociosos se esfumaran entre mis dedos. Ahora, en el interior de un taxi o mientras aguardaba mi turno en una cita médica, podía suergirme sin esfuerzo en los versículos divinos, para llegar a ser como “… Apo- lo, originario de Alejandría, hombre elocuente, que dominaba las Escrituras…” (Hechos 18, 24).
Así, mis jornadas con la Sagrada Escritura se convirtieron en un peregrinaje diario, en un encuentro con Jesús en medio de la vida cotidiana. Estoy con- vencido de que “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo” (San Jerónimo), y comprendo claramente que esta afirmación hace eco del susurro del Espíritu Santo que ha inspirado a innumerables creyentes a lo largo de los siglos: “En efecto todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Romanos 15, 4).
El camino
Y mientras continuaba en este ca- mino, persistiendo con tenacidad y ali- mentando mi espíritu con la inagotable fuente de sabiduría divina, sabía que no estaba solo: “…El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14, 26).
En concreto, estimados amigos, los invito a que en su preciosa meta espiritual tengan presente esto: en total, la Biblia de Jerusalén contiene 73 libros, de los cuales, 46 pertenecen al Antiguo Testamento y 27 al Nuevo Testamento. En total, estos 73 libros suman 1335 capítulos, de los cuales el Antiguo Testamento aporta 1075 capítulos y el Nuevo Testamento 260 capítulos.
Así, para leer toda la Biblia de Jerusalén en un año, tendrías que dividir el total de capítulos (1335) entre los días del año (365), lo que da aproximadamente 3.65 capítulos al día.
Para simplificar, podrías leer alrededor de 3 a 4 capítulos cada día para completar la lectura de la Biblia en un año, al ejemplo de los que: “eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17, 11).
En resumen
Concluyendo, si deseamos que el Espíritu de la Verdad nos guíe en esta maravillosa aventura de fe, existen dos elementos esenciales que debemos cultivar con atención: la perseverancia y la insistencia, términos, que aunque pueden parecer similares, poseen matices distintivos que delinean caminos poderosos hacia la realización y el cono- cimiento espiritual.
La perseverancia es la chispa que nos impulsa a seguir adelante a pesar de los desafíos que puedan surgir en nuestro trayecto. Representa la voluntad inquebrantable de persistir en nuestras metas a largo plazo, incluso cuando las dificultades intentan desviarnos de nuestro curso. Al adoptar la perseverancia, mantenemos una actitud constante y resuelta, demostrando que nuestras aspiraciones son más fuertes que cualquier adversidad.
La insistencia por su parte, nos insta a mantenernos firmes en nuestras convicciones y deseos. Consiste en la repetición constante de acciones y la valiente reafirmación de nuestras solicitudes. Al abrazarla insistencia, no retrocedemos ante la resistencia o las negativas, sino que continuamos avanzando con determinación.
Un ejemplo que ilustra la importancia de ambos valores se encuentra en las acciones de Pablo, quien, siguiendo su costumbre, se entregó a discusiones basadas en las Escrituras durante tres sábados consecutivos (Hechos 17, 2). Su dedicación perseverante a exponer la verdad y refutar vigorosamente las dudas demuestra cómo la perseverancia puede llevar a un entendimiento más profundo.
A ejemplo suyo, al fusionar la perseverancia y la insistencia en nuestra búsqueda de la Verdad, trazamos un camino que no solo nos permitirá enfrentar los desafíos, sino también afirmar nuestra posición con convicción.
Al igual que Pablo, podemos encontrar la fortaleza para aumentar nuestra fe, demostrando que la Verdad puede perdurar a pesar de las pruebas: “…y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18).
Fuente. Eco Católico
Autor: P. Charbel El Alam
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