Señor, aquí frente a Ti en el Santísimo nos brota con alegría cantar ¡Aleluya! Es la palabra más alegre para alabarte.
Sin embargo, nada parece cambiar a nuestro alrededor: seguimos siendo los mismos, las preocupaciones arruinan con frecuencia la realidad de la vida y del corazón; tantos enfermos siguen en su sufrimiento; los olvidados siguen olvidados, la violencia que no cesa…
Pero Tú, Señor, nos invitas a redescubrir con los ojos de la fe el misterio de tu Muerte y Resurrección, para que algo cambie verdaderamente en nuestro corazón, en nuestra alma, en nuestra vida. ¿Quién nos separará de tu amor, Cristo? Ni la muerte lo puede hacer, porque nos has enseñado que el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra.
Nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra confianza en Ti nos invitan a escuchar tu voz, Jesús Resucitado, que nos llama a seguirte, a levantarnos contigo, vivir por Ti y para Ti.
Te alabamos con alegría Jesús Resucitado, que te has quedado para siempre con nosotros en el Pan de la Eucaristía.
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