"Hoy Jesús es claro en lo que dice. La impureza no está en el exterior, procede del propio corazón." - Misioneros Digitales Católicos MDC
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“Hoy Jesús es claro en lo que dice. La impureza no está en el exterior, procede del propio corazón.”

por Pbro. Carlos Padilla E.
Corazón renovado_FB

Hoy escucho: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

El P. Kentenich definía la pureza como el orden interior. Por culpa de mi pecado vivo desordenado, sin paz, sin tanta luz, herido, buscando fuera la paz que no encuentro dentro. Cuando conozco una persona pura, descubro en ella un trozo de cielo. Como decía una persona hablando de alguien a quien admiraba por su vida interior: «Al poner los ojos en él, es como si se desviaran automáticamente hacia las alturas, hacia Dios». Hay personas que por su forma de mirar, de hablar, de amar, de actuar, reflejan la pureza de Dios, me recuerdan a María, me hablan de una santidad humana que me acerca el amor de Dios. La pureza me lleva a amar más a Dios a través de las personas a las que amo. Aquellos que me aman de una forma nueva, distinta, única. Hay una historia que me gusta siempre recordar y que habla de dos monjes. Iban caminando desde un pueblo a su convento. Al llegar a un río con mucho caudal vieron a una mujer que quería pasar al otro lado. Uno de los monjes era mayor, un hombre robusto que llevaba muchos años viviendo unido al Señor, con una vida austera y sacrificada. Inmediatamente, al ver a la mujer, se ofreció a cruzarla al otro lado. Después de hacerlo siguieron los dos monjes su camino. El monje más joven, llevaba pocos años en el monasterio, caminaba turbado, dándole vueltas a lo que acababa de pasar. Después de un largo rato caminando, se detuvo y recriminó a su hermano mayor: «Hermano, ¿cómo has sido capaz de cargar con una mujer? La has tocado. Has puesto en juego tu castidad virginal como consagrado de Dios. ¿No te sientes impuro?». El monje mayor, después de meditar un rato en silencio mientras continuaba el camino, le contestó con mucha calma: «La verdad, hermano, yo dejé a esa mujer hace ya mucho rato junto al río. Pero parece que desde entonces tú sigues cargando con ella». Esta historia habla de la pureza de la mirada, de la pureza del corazón. Muestra cómo no tengo que juzgar la realidad y ponerla siempre bajo sospecha. Dos personas pueden ver la misma realidad desde fuera, sin saber más de lo que pasa en los corazones que contemplan. Una puede tener mirada impura, otra pura. La pureza anida en mi corazón y veo la realidad a través de ese tamiz. Puedo mirar con un corazón puro o impuro. La impureza no viene del exterior, nace de mi interior. Puedo juzgar y condenar a los otros. Siempre tomando la bandera de la verdad y la justicia. Puedo convertirme en el sanedrín y determinar lo que está bien y lo que está mal: «En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con las manos impuras?». Ellos tenían claro lo que estaba bien y lo que estaba mal. Sabían qué comportamientos eran ejemplares y cuáles no. Por eso son capaces de juzgar a los discípulos y a Jesús sin ninguna duda en sus palabras. Saben la respuesta correcta, saben dónde está la impureza. Jesús les contesta con la verdad. Todo lo impuro brota de mi corazón, no viene con los alimentos que consumo. No viene de fuera. Dicen que un corazón impuro vuelve impuro lo que toca. Un corazón puro, purifica lo que acaricia. Dicen que el monje hace de la taberna una celda. Y el borracho de la celda una taberna. Así suele ser. Transformo lo que toco con mi manos, con mis palabras, con mi mirada. Así lo hizo Jesús cuando pasó entre los hombres haciendo el bien. Así lo hace María cada día conmigo. Hay personas que me miran de tal forma que hacen que sea mejor de lo que soy, que sea más puro y tenga una forma mejor de amar y de ser. Eso siempre me sorprende. Me ven mejor de como yo me veo. Mi mirada puede hacer mejores a las personas a las que miro. Saco lo mejor de ellas cuando las miro bien. Así́ lo hizo Jesús con la gente, así lo sigue haciendo conmigo y me pide que yo haga lo mismo. Le pido a María que purifique mi vida para poder purificar yo a otros. Que me lave con su amor para poder lavar las impurezas de los demás. Que me enseñe a mirar de forma diferente para poder cambiar el mundo a mi alrededor. ¿Cómo miro a las personas? ¿Juzgo por las apariencias? ¿Me detengo en la superficie de las cosas y de las personas o miro el corazón de cada uno? Me cuesta no ser tan puro como quisiera. Me gustaría tener un corazón puro, de Dios. Quisiera mirar a los demás como Dios las mira, como Él me mira. Con ese corazón limpio capaz de descubrir siempre el bien y se admira con sencillez de lo que observa. Hay personas que continuamente ven el mal en los demás, creen descubrir oscuras intenciones y destacan lo malo que hay en cada uno. La mirada y las palabras son capaces de ensuciar el mundo a su paso. No quiero ser así, quiero ser puro. 


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1 comentario

Luis M Arce September 4, 2024 - 3:53 pm

Señor Jesús, purifica mi corazón !

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