La reciente lectura del libro Hábitos atómicos de James Clear ha provocado la escritura del siguiente texto. Ahí, vamos.
Para ponernos en autos -en tema- dirían los abogados, contemos que James Clear (J.C. de aquí en adelante) es un especialista en la formación de hábitos de larga duración; su página web JamesClear.com recibe millones de visitas mensuales; da conferencias en universidades de todo el mundo y es consultor -entre otras organizaciones- de la Liga de Football Americano (NFL) y la Liga de Basquetball Americano (NBA). Esto es lo que dice la solapa del libro Hábitos atómicos, publicado en la Argentina en el mes de noviembre del 2021.
Las leyes de J. C.
En su libro, J.C. plantea cuatro leyes en torno a los hábitos que según la primera definición de la Real Academia Española es “Modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas.”
Ellas son:
- Hacerlo obvio
- Hacerlo atractivo
- Hacerlo sencillo
- Hacerlo satisfactorio
¿Y qué relación tiene esto con la fe, la vida o el camino espiritual? ¿O qué vínculo encontré? A continuación trato de explicarlo, o explicarme.
Los hábitos de la Fe
En Hábitos atómicos J.C. ofrece una serie de herramientas y estrategias necesarias para transformar los hábitos, cambiando la manera de pensar acerca del progreso y del éxito. Tras leer las 325 páginas del libro acerca del deseo, el anhelo, la voluntad y la perseverancia con el propósito de alcanzar un objetivo, me di cuenta de que esta propuesta o estas cuatro leyes bien se pueden aplicar a la Fe, al camino espiritual.
Primera ley: Hacerlo obvio
Con respecto a esta primera ley, explicarlo es bien sencillo. Si proclamo que creo en Dios y que quiero vivir de acuerdo al plan que Él nos ofrece, poner manos a la obra, es bien sencillo. Lo que hay o habría que hacer es ir a misa, leer la Biblia, tratar bien al prójimo, no pensar sólo en mí o tener como objetivo de mi vida acumular riquezas y el reconocimiento de los demás. O, más peligroso aún: que el mundo vea lo buen hijo de Dios que soy. Un ángel de los pies a la cabeza.
Segunda ley: Hacerlo atractivo
Pero como cada uno sabe -o debería ver- en el fondo de su alma y corazón, una cosa es proclamarlo y otra es vivirlo, en el día a día, en un mundo que muchas veces no ayuda. Así que aquí, como nos diría J.C., el reto es hacerlo atractivo. ¿Cómo? En primer lugar, diciendo (nos) como una letanía breve y eterna de que no hay mejor propuesta de vida que la que Dios nos ofrece. Ver que uno puede ser feliz, que es posible vivir así, viéndolo en la gente que está a nuestro alrededor o en la vida de los santos y santas. ¿Pero cómo hacerlo atractivo en el día a día?
Yo, por ejemplo, y siguiendo el consejo del Papa Francisco, arrancó el día leyendo las lecturas o en el medio de mis tareas, hago un alto y té o mate mediante, hago una pausa y las leo. A veces, con mayor atención, otras no tanto. Pero como señala J.C en su libro, la idea no es que cada vez que lo haga sea genial sino un proceso constante Uno de los frutos de esta constancia, ha sido el descubrir la riqueza inmensa de la Biblia, particularmente de algunos pasajes que muchas veces no frecuentamos. Con respecto a otras facetas de la vida de la Fe, su atractivo en consecuencia de un proceso. En mi caso, el gozo de la misa, parte por parte, se va dando ahora, luego de muchos años de peregrinar hacia el Padre.
Tercera ley: Hacerlo sencillo
Aquí el asunto o la aplicación de esta ley se vuelve un poco complicado. En principio porque depende de cada uno. De la impronta de cada persona. En mi caso, por dar el ejemplo más a mano con el que cuento, puedo compartir que el rezo del rosario no es algo que me atraiga mucho. Pero sabiendo que es algo que a la Madre de Dios le encanta que recemos, le he encontrado la vuelta, diría Messi. Por ejemplo, si estoy cortando el césped de mi casa, cuando tengo que hacer descansar la cortadora de césped, aprovecho y rezo un Padrenuestro, diez Avemarías y el Gloria. O para no olvidarme de darle las gracias a Dios, practicar el arte del agradecimiento, en un día de mucho calor, antes de zambullirme el agua, digo “Gracias Dios”.
Cuarta ley: Hacerlo satisfactorio.
Acá de nuevo -y perdón por la reiteración- el hecho de que sea satisfactorio depende de cada uno, ya que es una cuestión claramente subjetiva. Además, de que el premio grande será cuando -depende cómo hayamos vivido aquí- entremos en la plena contemplación de Dios. Pero mientras esperamos ese momento, bien podemos practicar algunos hábitos sencillos y cotidianos para comprobar que es satisfactorio vivir de acuerdo al plan de Dios. Por ejemplo, si lo practicamos con continuidad, veremos que nos hace bien aplicar un puñado de acciones básicas de un buen hijo de Dios según el Papa Francisco; saludar, pedir por favor y dar las gracias .
De aquí en adelante y cerrando este artículo, como decía un viejo programa de televisión titulado Las manos mágicas: “El resto, depende de usted”.
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