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Tocar las llagas: entrar en las entrañas de la Misericordia

por Delia Plazaola
divina-misericordia

Felices los que creen sin haber visto” Jn 20,28.

Estamos en el corazón de la Pascua. No es un “después de”… Es el día en que todo se revela. El segundo domingo de Pascua es la plenitud. Porque si la Resurrección nos muestra que Jesús vive, la Divina Misericordia nos revela cómo vive Dios: con entrañas abiertas de amor por el hombre. Así lo anunciaba Juan Pablo II: ¨fuera de la Misericordia de Dios, no hay otra esperanza para el hombre¨

Tomás nos muestra un camino: tocar las llagas, entrar en las entrañas  de Jesús Resucitado. “Si no veo… si no toco su herida del costado… no creeré.” Jn 20,25 

Tomás no es simplemente un incrédulo. Es también el hombre herido que necesita experimentar por sí mismo. Que decide no dejarse conducir por verdades ajenas, ciegamente. Tomás es cada uno de nosotros cuando Dios parece ausente y le pedimos confirmación de nuestra fe. Y entonces… Jesús viene. No explica. No justifica. No da un discurso. Muestra sus llagas.  

 Hay algo profundamente unido —y nada casual— entre la escena del Evangelio de Juan en la que Tomás toca las llagas, y la revelación de la Misericordia que más tarde recibirá Santa Faustina Kowalska.

 No son dos momentos separados. Es el mismo misterio… abierto. 

  1. Tomás pide tocar.  Y ahí está el punto más hondo: Tomás quiere entrar justamente en la herida de la que brotaron  sangre y agua. Quiere entrar en el Corazón abierto de Jesús.  Y Jesús… no se escandaliza. Le ofrece lo que tiene: ¨Ven acá, mira mis manos; extiende tu mano y palpa mi costado¨  Jn 20,26. Es decir: venentra en Mi herida… y ahora, cree.
  2. Siglos después, Jesús dirá a Faustina: “La fuente de Mi misericordia fue abierta por la lanza en la cruz…” (Diario, 1319). Es la misma herida abierta. Aquella de la que ha nacido la Iglesia, la esposa de Cristo, derramándose sobre el mundo desde el corazón de Jesús. Sangre y agua. Sacramentos y vida nueva. 

Tocar las llagas hoy es un camino espiritual que podemos emprender emulando a Tomás: 

  • Cuando no entendemos … pero nos acercamos igual,
  • Dudamos, pero no renunciamos, nos quedamos en la comunidad con nuestras dudas, y se las planteamos a Dios
  • Estamos heridos… y nos animamos a mirar nuestras heridas desde Su Herida. 

      En la Octava de Pascua, la Iglesia no te pide que tengas una fe perfecta. Te invita a hacer lo mismo que Tomás:

  • Acercarte a las llagas
  • Quedarte ahí
  •  Dejar que la Misericordia te toque

Nos puede ayudar un poema muy bello de Gabriela Mistral al ¨Cristo del Calvario¨ que nos lleva a orar comparando nuestros dolores con los suyos, como tocando mental y emocionalmente cada llaga. Y concluye: “Ya sólo pido no pedirte nada, estar aquí, junto a tu imagen muerta. Ir aprendiendo que el dolor es sólo la llave santa de tu santa puerta¨

Cuando nos atrevemos a tocar de este modo las llagas de Jesús, sucede la conversión, el milagro:  la herida personal deja de ser encierro que nos mantiene separados y se vuelve apertura. Y tal vez, sin darte cuenta, en lo más hondo de tu interior, empiece a nacer —suave pero real— la misma confesión, un grito de fe que es casi irracional, salido de las entrañas: Jesús… “Señor mío y Dios mío” Jn 20,28

Este grito nace de tocar el Amor abierto. Esto es escandaloso. Esto es íntimo. Esto es personal. Porque la fe cristiana no es una ideaes contacto. Y este es el modo íntimo del ser de Dios. Él está en contacto con su criatura. Habitamos su corazón. 

La sangre y el agua que brotaron de su corazón traspasado son también el ¨lugar¨ donde ahora podés habitar. Como dirá Jesús a Sor Faustina: es refugio, fuente y protección. Ahí, en esa herida del costado: no sos juzgado primero, sos amado primero. ¡Señor mío y Dios mío! Es la confesión de fe de quien se dejó encontrar, se dejó amar, se dejó perdonar… ¨Guárdame, Señor, en el costado abierto de tu herida¨

Felices los que creen sin haber visto” Jn 20,28. No es un reproche. Es una promesa para nosotros porque ahora todos podemos tocar a Cristo y vivir la Misericordia en lo concreto, en lo cotidiano. El propio Jesús nos indica el camino en Mt 25, 31-46 cuando describe el juicio final y explica que seremos juzgados en el amor:

  • Dar de beber al sediento
  • Dar de comer al hambriento
  • Vestir al desnudo 
  • Cobijar al forastero 
  • Cuidar al enfermo
  • Visitar al preso
  • Enterrar a los difuntos

      A estas obras de misericordia corporales, se fueron agregando las obras de misericordia espirituales como llamados a emular el actuar de Jesús mientras vivió: 

  • Enseñar a quien no sabe
  • Dar sabios consejos a quien los necesita
  • Corregir fraternalmente 
  • Soportar con paciencia las tribulaciones
  • Perdonar las ofensas
  • Consolar a los afligidos
  • Rezar por los vivos y difuntos

He aquí un mapa de lo que podemos incorporar a nuestro cotidiano revisando cada noche antes de dormir: qué obra de misericordia hice hoy? ¿Qué haré mañana? En la sana conciencia de que con cada una de ellas estamos sembrando el Reino de Dios en nosotros y en el prójimo. 

A mí en lo personal me ha ayudado mucho la frecuente lectura rezada de la oración para ser misericordiosos que  nos regalara Santa Faustina en su Diario. Podemos leerla repetidamente, aprenderla de memoria, orar con ella, en la certeza de fe de que nos vamos convirtiendo, lentamente, progresivamente, en aquello que de veras amamos. 

Oración para ser misericordioso 

Oh Señor, deseo transformarme toda en Tu misericordia y ser un vivo reflejo de Ti. Que este supremo atributo de Dios, es decir su insondable misericordia, pase a través de mi corazón al prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarla.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás hable negativamente de mis prójimos sino que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargue sobre mí las tareas más difíciles y más penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. (…)

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo (…)

Que Tu misericordia, oh Señor mío, repose dentro de mí”. 

Que Tu misericordia, Señor y Dios mío, repose en cada uno de nosotros. Amén 


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