Enséñanos a vivir con la sencillez con la que cuidabas a Jesús en Nazareth
Reina soberana y Mamá del alma, hoy venimos a buscar ese abrazo de ternura. En medio de las tareas y de las preocupaciones del día, qué lindo es saber que eliges caminar a nuestro lado.
Gracias, Virgencita, porque tu realeza no nos distancia; al contrario, nos cobija. Tu corona está hecha de paciencia y de amor puro.
Míranos con esos ojos llenos de luz y enséñanos a vivir con la sencillez con la que cuidabas a Jesús en Nazareth.
Queremos sentir tu caricia y tu paz en el corazón, confiando en que bajo tu manto nada debemos temer.
Quédate siempre con nosotros, Reina y Madre nuestra; abrázanos con tu dulzura.
Amén.
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