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Los sueños de Dios y la IA

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“La IA introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona”

Está claro que la IA ha venido para quedarse. Por todas partes aparece y se diría que su emulación quisiera poco menos que competir con la presencia de Dios en el universo. Dos sucesos recientísimos y muy personales avalan lo que acabo de escribir.

Hace apenas tres días, un sobrino nos enviaba al grupo familiar de WhatsApp este mensaje: “En octubre estamos invitados a una fiesta campera en la finca de un amigo y al preguntarle por el código de vestimenta, me ha mandado sirviéndose de la IA esta foto trucada de mi perfil.” La foto era chistosa y hasta en esa nimiedad, el amigo respondía sirviéndose de la IA,

El otro suceso tuvo lugar pocos días antes, y ya era más bien serio. Charlaba con un amigo nacido en el lejano Oriente, no bautizado, y desconocedor del cristianismo. Le había llevado como regalo un libro sencillo, para iniciarle en el conocimiento de la vida y doctrina de Jesucristo. La conversación discurría por temas variopintos, pero en un momento me lanzó con toda seriedad esta pregunta: “¿la IA es Dios?”. Confieso que no lo tomé a broma, porque intuí y comprendí enseguida que su pregunta iba completamente en serio. Y como queriendo poner la IA poco menos que a la altura de Dios, encendió su móvil, fotografió la portada y el título del librito que le había regalado, y en menos de medio minuto, aparecieron en la pantalla los primeros párrafos, en versión inglesa, del texto castellano. No me sorprendió el “milagrito” de la IA, pero ahorro al lector toda la argumentación con la que, en aquel trance, respondí a su pregunta. Pareció convencido de mis explicaciones y cerrado el camino de idolatrar a la IA.

El interrogante de mi amigo, sin embargo, ha permanecido vivo en mi cabeza y ahora me lleva a ofrecer algunas reflexiones sobre la IA. No son nada nuevo para quien conozca la encíclica de León XIV, “Magnifica humanitas”, en latín, pues no pasaré de recordar alguna de las ideas esenciales de este gran documento, expuestas con personales engarces lingüísticos. Y el primer engarce, precisamente, aparece ya en el título de este artículo: “los sueños de Dios”.  

Es evidente que la expresión “sueños de Dios” tiene un sentido figurado y metafórico, porque Él siempre sueña despierto, y los contenidos de sus sueños vendrían a ser los de unos buenos padres que anhelan lo mejor para sus hijos. Los sueños divinos para nosotros estaban contenidos en aquel mandato dirigido a Adán y Eva: “llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28). En este big-ban del mandato inicial tenía ya prevista la IA de nuestro siglo XXI; en caso contrario, Dios no sería omnisciente, lo que supone un contrasentido. Se comprende así que las dos primeras palabras de la encíclica sobre la IA sean: “Magnífica humanidad”. Suponen, de entrada, un elogioso y alto reconocimiento de la potencia concedida por Dios a la inteligencia del hombre, que ha hecho posible lo que estamos viviendo.

Pero enseguida, León XIV advierte de algo que también estamos ya comprobando: el peligro del endiosamiento orgulloso del hombre, que puede servirse de algo tan bueno como la IA para “levantar una nueva torre de Babel (…), “un mundo inhumano y más injusto (…) donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro”, como leemos en el n.1 de la encíclica. Lo comprobamos al asistir en las últimas semanas, entre otras cosas, al enfrentamiento de los poderosos de la tierra por hacerse con el dominio y explotación de la IA en provecho de sus propios intereses. 

Frente al riesgo de esa torre de Babel, el Papa también llama en ese mismo nº 1 del documento, a “edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” y, por tanto, a “hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad”. Es lo que estaba y sigue estando en los sueños del mandato divino, como enseña el Catecismo de la Iglesia en su nº 373: “En el plan de Dios, el hombre y la mujer están llamados a “someter” la tierra (Gn 1, 28) como “administradores” de Dios. Esta soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A imagen del Creador, “que ama todo lo que existe” (Sb 11, 24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la Providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado”.

Con esta finalidad y telón de fondo para el uso de la IA, León XIV expone con claridad y sencillez diversos argumentos para que el uso personal o de grupos de este maravilloso instrumento, no se convierta en un arma contra la dignidad del propio hombre y, en consecuencia, contra los propios sueños de Dios. En el capítulo III de la encíclica es donde se exponen estas consideraciones: el estupendo fruto tecnológico que supone la IA, y también los aspectos que debemos valorar para evitar los riesgos de su mal uso. De no hacerlo así, se repetiría a mi modo de ver y en versión del siglo XXI, lo sucedido en el paraíso terrenal: allí, el fruto del árbol del bien y del mal, se convirtió en la mayor desdicha del hombre. Hoy sucedería algo análogo, si este fruto de la inteligencia humana, nos lo apropiamos desordenadamente y no lo usamos en consonancia con los sueños divinos de su mandato.   

Recuerda el Papa en ese capítulo “algunos de los elementos esenciales para un discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona, con el fin de que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites” (“Magnífica humanidad”, n. 97). Me limitaré a señalar sucintamente esos elementos, animando al lector a leer directamente la encíclica si no lo hubiera hecho. 

Es fundamental -nos dice- evitar el equívoco de equiparar la IA a la inteligencia humana, aunque imite algunas de sus funciones, porque a diferencia de la persona humana, sus funciones “no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral” (n. 99)    

En esa misma línea señala que “el uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico: cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad” (n. 102); por eso, añade el Papa, “no podemos considerar a la IA como moralmente neutra” (n. 104). Y, al fin, si el sistema “introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona”, se impone “el discernimiento ético que no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y modelos que lo guía” (Ibíd, n. 104). Esta temática se prosigue señalando interesantes consecuencias que, por razones de brevedad, ya no trataré. 

Las aportaciones finales de este tercer capítulo completan la defensa de la dignidad humana ante los riesgos del mal uso de la IA y de su errónea valoración, como un instrumento que pudiera superar los límites de nuestra naturaleza humana. Recuerda León XIV, desde una mirada de fe, que esa superación de los límites y vulnerabilidad humanos está en los planes de Dios. Pero el verdadero “más que humano” y el “trascenderse a sí mismo” al que estamos llamados, no serán fruto de la tecnología por lejos que esta llegue, sino del amor de Dios. Y tal superación no será “para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor. La fe conoce un ‘más allá’ que nace del don de Dios. Esta transformación es obra del Espíritu Santo” (n. 127). Los sueños de Dios-Padre se cumplen en toda persona cuya vida se asemeje a la del Dios hecho hombre: Jesucristo. 

Para concluir, confieso cierta insatisfacción porque siento como si hubiera desgajado la “Magnifica humanidad”, con tan incompletos y desperdigados comentarios. Con todo, también me sentiría contento si el lector -sin dejar de usar la IA- reavivase la convicción de que lo más valioso de su vida está en los sueños de Dios, que nos quiere “divinizados por la gracia” para ser, en medio del mundo y a pesar de nuestras miserias personales, hijos en el Hijo, es decir “otros Cristos”.                                      


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