Todos podemos recordar a alguna persona que, en un momento difícil, se acercó, nos tendió una mano y se ocupó de nosotros. La parábola del buen samaritano nos habla precisamente de esa capacidad de ver al otro, conmovernos ante su dolor y actuar para ayudarlo. En el decimocuarto episodio de En Salida, El gran desconocido, el Padre Luis Zazano parte de este relato para reflexionar sobre lo que significa amar verdaderamente al prójimo y vivir la fe con un corazón compasivo.
El diálogo del Evangelio comienza con una pregunta dirigida a Jesús: «¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». El Padre Luis se detiene especialmente en ese hacer. Muchas veces podemos pensar nuestra vida como una sucesión de cosas que debemos cumplir, incluso en nuestra relación con Dios. Sin embargo, Jesús responde hablando del amor. Por eso, el Padre Luis propone no quedarnos solamente en lo que hacemos, sino volver a nuestra identidad, reconocer que somos hijos de Dios y preguntarnos desde dónde estamos viviendo y hacia dónde queremos orientar nuestra historia.
¿Hacemos las cosas por amor o simplemente por cumplir?
El Padre Luis invita a mirar qué hay detrás de nuestras acciones. Podemos trabajar intensamente para que a nuestra familia no le falte nada y, sin embargo, quizá lo que alguien necesita de nosotros es un abrazo, una conversación o compartir un momento juntos. Algo semejante puede suceder con la fe: es posible participar en muchas actividades y cumplir con numerosas obligaciones, pero perder el encuentro personal con Dios.
Por eso, la pregunta no pasa solamente por cuánto hacemos, sino por cuánto amor ponemos en aquello que hacemos. El Padre Luis plantea esta revisión incluso desde su propia vocación y lleva la reflexión a cada estilo de vida que hemos elegido. El cumplimiento por sí solo puede convertirse en una apariencia si detrás de nuestras acciones no existe un amor verdadero.
La parábola introduce entonces otra pregunta fundamental: «¿Quién es mi prójimo?». El Padre Luis explica que Jesús amplía la mirada más allá del propio grupo o de quienes consideramos cercanos. El verdadero prójimo es quien se aproxima a los demás con amor, aunque se trate de alguien ajeno a nuestro círculo habitual. De esta manera, la pregunta también puede darse vuelta: más que preguntarnos quién es nuestro prójimo, podemos pensar cómo hacernos nosotros prójimos de los demás.
¿Somos capaces de detenernos ante el dolor del otro?
El sacerdote y el levita conocen la Ley, pero pasan de largo frente al hombre herido. El samaritano, en cambio, lo ve y se conmueve. A partir de este contraste, el Padre Luis advierte que podemos conocer mucho sobre la fe, las Escrituras o las prácticas religiosas y, al mismo tiempo, volvernos insensibles ante la persona que está sufriendo a nuestro lado. No todo pasa por saber; también necesitamos ver, sentir y dejarnos conmover.
Esta actitud adquiere especial importancia en una sociedad donde podemos sentirnos conectados permanentemente y, sin embargo, perder la capacidad de encontrarnos verdaderamente con el otro. Para el Padre Luis, tener un corazón compasivo significa que ese amor pueda expresarse de manera concreta. Se trata de mirar alrededor, preguntar cómo está alguien, escuchar y reconocer a quien puede estar atravesando un momento difícil.
El hombre de la parábola había sido golpeado y abandonado al costado del camino. El Padre Luis se detiene en una realidad que también puede repetirse en nuestras relaciones: a veces estamos cerca de las personas mientras todo marcha bien, pero nos alejamos cuando están heridas, han cometido un error o atraviesan una situación complicada. Frente a esa indiferencia, el samaritano se acerca y atiende primero sus heridas. No comienza preguntándole qué ocurrió ni buscando explicaciones. Primero lo cuida.
Esa escena recuerda que quien está sufriendo no siempre necesita respuestas o consejos. A veces necesita simplemente que alguien se acerque, permanezca a su lado, lo escuche o le dé un abrazo.
¿Cómo ayudar sin generar dependencia?
El Padre Luis encuentra otra enseñanza en la manera en que actúa el samaritano. No solo cura al hombre herido: lo sube a su montura, lo lleva a un albergue y se ocupa de que continúen cuidándolo. Pero después sigue su camino. Desde allí plantea que acompañar a una persona no significa hacernos responsables de toda su vida.
Hay momentos en los que alguien puede necesitarnos especialmente y debemos estar presentes. Sin embargo, ayudar también supone permitir que el otro recupere su propio camino. Para el Padre Luis, podemos acompañar, sostener y cuidar sin generar una dependencia que termine asfixiando a uno o a ambos. Cada persona tiene una historia y una misión que debe continuar.
«Ve y haz tú lo mismo» contiene la clave con la que Jesús cierra la parábola. El Padre Luis la transforma en una invitación a hacer nuestra vida con compasión, sin permitir que las heridas, las decepciones o las dificultades nos endurezcan el corazón. Estar atentos a quienes nos necesitan, ayudarlos y también saber soltar: amar implica todo ese recorrido.
Como ejercicio personal, propone salir por un momento de nuestro círculo más cercano y pensar en cinco personas que hoy puedan necesitarnos. Tal vez necesiten una llamada, una conversación, compañía o simplemente saber que alguien las ha visto y no ha pasado de largo.
Te invitamos a escuchar el episodio completo de En Salida y profundizar en esta reflexión sobre el buen samaritano. Una oportunidad para mirar a quienes tenemos alrededor y hacernos una pregunta que puede transformar nuestra manera de relacionarnos con los demás: ¿quién necesita hoy que yo me haga su prójimo?
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