«Tus limosnas han subido a la presencia de Dios, que se ha acordado de ti» (Hch 10,4).
Los evangelios que compartimos estos días me remiten a un recuerdo
que deseo compartir como un homenaje a las mujeres mayores,
aborígenes, de nuestra amada Latinoamérica.
La edad de las mujeres de la etnia Qom, es indescifrable. Cargan en sus rostros decenas de años más de los que la fortaleza de sus cuerpos revela. Aun así, Damiana es vieja. Su piel está surcada de arrugas profundas; camina encorvada, mirando el piso, arrastrando los pies. Las cataratas casi la ciegan y sus cabellos cenicientos asoman bajo un pañuelo polvoriento.
Carga casi siempre un bulto hecho de un gran trapo atado por sus cuatro esquinas, donde acomoda cada limosna, chuchería, ropa o pan duro que recoge en su camino. Camina ofreciendo a la venta bolsos tejidos con fibras secas de hoja de palma, yuyos, raíces y flores medicinales.
En general, es invisible.
Un paisaje común en Latinoamérica.
El deambular en busca de sustento está grabado en sus genes. Estas ancianas ya no buscan frutos de mistol, algarroba, mangos o guayabas. Un puñadito de yerba, pan duro, las sobras de alguna comida. En eso consiste su relación con el que llaman «el blanco», sin importar que todos cargamos genes autóctonos por aquí. Damos lo que nos sobra. Ellas reciben, como “los perros toman las migajas que caen de la mesa” (Mt 15,27).
Damiana me llamaba «amiga» porque la escuchaba con atención y le daba lo que me pedía, trocándolo por hierbas medicinales que nunca supe cómo usar. Conversábamos en el sillón de mi sala mientras se reponía, con un vaso de agua fresca, del sol calcinante de Formosa.
Mi papá falleció. Caí en una depresión de la que no estaba segura de querer salir. Así me encontró Damiana al tercer día de no bañarme, acurrucada en un dolor tangible, sin fuerzas ni para comer ni para hablar.
Recuerdo que de pronto me sentí cobijada sobre sus pechos, envuelta en un abrazo enorme. Desatado nuevamente un lloro profundo. Su voz se alzaba potente en un cántico en lengua toba y me mecía suavemente. Puso su mano derecha sobre mi frente y pronunció una extensa plegaria, también en toba. Al despedirse, simplemente supe que desde que nos conocimos había pedido al “Señor Jesucristo” bendición sobre mi vida y mi casa. El alivio me llegó con suavidad. Consciente de que «todo estará bien» porque Él me mira, a pedido de Damiana.
«Den más bien como limosna lo que tienen, y así todo será purificado» (Lc 11,41).
Damiana y yo nos dimos mutuamente dignidad. Más allá de lo que pude ofrecerle, que no era mucho. Pero, oírla cantar en toba plegarias cristianas es algo que nunca olvidaré y que me fue totalmente inesperado. Sentir a Jesús mismo presente en ella.
A veces buscamos a Cristo en tantos lugares y no lo reconocemos en quienes tenemos delante.
En los Hechos de los Apóstoles, el ángel le dice a Cornelio: «Tus oraciones y tus limosnas han subido a la presencia de Dios» (Hch 10,4).
Este pasaje me remite a Damiana. En el cielo. Pienso en nuestras pequeñas donaciones, esos gestos tan necesarios de la una para la otra que se hicieron eco en la eternidad y permanecen en el recuerdo.
Jesús nos dejó una certeza: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).
Fue la última vez que la vi. Falleció unos meses después de esto.
Desde entonces, sé que me espera más allá, con un vaso de agua fresca.
Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC
Subscribe to get the latest posts sent to your email.