Simeón nos enseña a esperar con fe las promesas de Dios.
Soy Simeón, quiero contarles sobre una tradición judía: Según la Ley de Moisés, todo hijo mayor debía ser consagrado al Señor a los 40 días de su nacimiento.
Por este motivo, al cumplirse el tiempo, María y José llevaron al templo a Jesús. Llevaban como regalo un par de tórtolas o pichones de paloma, pues eran una familia humilde.
Ese día, el Espíritu Santo me guió al Templo. Siempre había esperado con fe en la promesa de Dios de que “no moriría sin ver al Mesías, al Salvador”
¡Que inmensa fue mi alegría al encontrarlos allí!
Al ver al niño, mi corazón se llenó de gozo y agradecimiento a Dios. Supe de inmediato que el niño era el Salvador prometido.
Con profunda emoción, lo tomé en mis brazos y alabé a Dios, diciendo:”Ahora, Señor, puedes dejar que
tu siervo muera en paz”. “Mis ojos han visto al Salvador:”
María y José me escuchaban admirados y después de bendecirlos, dije a María; este niño será causa de alegría para muchos, pero también de rechazo y contradicción. Sufrirás mucho, como si una espada atravesara tu corazón
Luego regresaron a Nazaret.
¡Recuerden! Yo, esperé con fe la promesa de ver al Salvador. ¡Ustedes también confíen en Dios, quien siempre cumple sus promesas!
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