“Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.” (Credo de Nicea-Constantinopla)
Como creyentes, depositamos la fe en el Señor, nuestro Dios. Lo hacemos en respuesta a su Palabra: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” (Mc 12,29-30).
Nuestra profesión de fe comienza por Dios porque Dios es “el Primero y el Último”, principio y fin de todo (cf. Is 44,6). Jesús nos ha enseñado a considerar a su Padre como nuestro Padre y a dirigirnos a él como “Padre nuestro”.
Dios se revela, pero sigue siendo Misterio inefable: «Si lo comprendieras, no sería Dios.» (San Agustín, Sermones). Dios se da a conocer como “El que es”. Su Ser mismo es Verdad y Amor. Dios no sólo explica que Él es amor, sino que lo demuestra: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.” (Jn 15,13).
Creemos en un solo Dios en tres personas: es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos no adoramos a tres dioses diferentes, sino a un único ser, que es trino (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y sin embargo uno. Que Dios es trino lo sabemos por Jesucristo: Él, el Hijo, habla de su Padre del Cielo. Él ora al Padre y nos envía el Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo. Por eso somos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. () ” (Mt 28,19).
Nos resulta difícil a veces, entender cómo emplea Dios su omnipotencia. Preguntamos: ¿Dónde estaba Dios? A través del profeta Isaías Dios nos dice: “Pues sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son los mismos de ustedes, -oráculo del Señor-.» (Is 55,8). Con frecuencia la omnipotencia de Dios se muestra donde los hombres ya no esperan nada de ella. La impotencia del Viernes Santo fue el requisito de la Resurrección.
Cuando creemos en Dios hay que ponerlo en el primer lugar de la vida. Conocer a Dios significa tener la certeza de que está aquí, con nosotros; Él es quien nos ha creado, quien nos mira con amor a cada segundo, quien bendice y sostiene nuestra vida, quien tiene en su mano el mundo y las personas que amamos, quien nos espera ardientemente, quien quiere perfeccionarnos y hacernos vivir eternamente con Él. No basta con asentir con la cabeza. Los cristianos debemos asumir el estilo de vida de Jesús, amando incluso a nuestros enemigos.
Dios creó el mundo según su sabiduría. No fue producto de una necesidad, del destino o del azar; ocurrió por la libre voluntad de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad. “Dios ha creado todas las cosas, no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla.” (San Buenaventura)
El relato de la Creación no es un modelo científico – explicativo del principio del mundo. La frase ‘Dios ha creado el mundo’ no es una afirmación de las ciencias naturales. Se trata de una afirmación teológica, es decir, una afirmación sobre el sentido (theos = Dios, logos = sentido) y el origen divino de las cosas, sobre la relación del mundo con Dios.
Dios creó el cielo y la tierra, es decir todo lo que existe, todo lo visible y lo invisible. Quiso la diversidad de sus criaturas y la bondad peculiar de cada una, su interdependencia y su orden.
El hombre es la cumbre de la creación, porque Dios lo creó al hombre, varón y mujer, a su imagen (Gen 1,27), es decir, que sólo el hombre es «capaz de conocer y amar a su Creador y puede decidir, con su voluntad y su inteligencia, a favor o en contra del amor. La persona es una unidad de cuerpo y alma. Según la Doctrina de la Fe, cada alma espiritual e inmortal
CIC 199-421; Youcat 30-70