En hebreo, ‘amén’ tiene la misma raíz que ‘creer’, y expresa la solidez, la fiabilidad y la fidelidad. En el Antiguo Testamento, se lo llama a Dios como “Dios del Amén” (Is. 65,16), es decir, el Dios fiel a sus promesas. Nuestro Señor emplea con frecuencia el término ‘Amén’ (cf Mt 6, 2.5.16), a veces en forma duplicada (cf Jn 5, 19), para subrayar la fiabilidad de su enseñanza, su autoridad fundada en la Verdad de Dios.
Así pues, el “Amén” final del Credo recoge y confirma su primera palabra: “Creo”. Creer es decir ‘Amén’ a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de Él. ‘Amén’ puede expresar tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros como nuestra confianza en Él.
Decimos ‘Amén’ – es decir, sí – al confesar nuestra fe porque Dios nos llama como testigos de la fe. Quien dice Amén, asiente con alegría y libremente a la acción de Dios en la Creación y en la Salvación. Más aún, la vida cristiana de cada día será también el “Amén” al “Creo” de la Profesión de fe de nuestro Bautismo: “Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe” (San Agustín, Serm. 58)
Jesucristo mismo es el “Amén” (Ap 3, 14). Es el ‘Amén’ definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro ‘Amén’ al Padre: “Todas las promesas hechas por Dios han tenido su ‘sí’ en él; y por eso decimos por él ‘Amén’ a la gloria de Dios” (2 Co 1, 20):
“Por Él, con Él y en Él,
A ti, Dios Padre omnipotente,
En la unidad del Espíritu Santo,
Todo honor y toda gloria,
Por los siglos de los siglos.
AMÉN.”
(Doxología después de la Plegaria eucaristía, Misal romano)
(CIC 1061-1065; Youcat 165)