“Creo en el Espíritu Santo,…”
“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.” (Credo de Nicea-Constantinopla)
“Nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.” (1 Co 12, 3).
El Espíritu Santo nos viene en las Escrituras, Él las inspiró; en la Tradición, los Padres de la Iglesia son testigos siempre actuales; en el Magisterio de la Iglesia, Él lo asiste; en la liturgia sacramental, Él nos pone en comunión con Cristo; en la oración, intercede por nosotros; en el testimonio de los santos; en los carismas y ministerios que se edifica la Iglesia; en los signos de la vida apostólica.
Desde el comienzo y hasta el final de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía siempre a su Espíritu: la misión de ambos es conjunta e inseparable. Ya en la antigua alianza el Espíritu Santo “habló por los profetas”. Dios colmó a hombres y mujeres con el Espíritu Santo, de modo que alzaran su voz en favor de Dios, hablaran en su nombre y prepararan al pueblo para la llegada del Mesías.
También obró en, con y por medio de María ya que ella estaba totalmente disponible y abierta a Dios (cf. Lc 1,38). Espíritu Santo, en “Madre de Dios”, y como Madre de Cristo también en Madre de los cristianos, y más aún, de todos los hombres. María posibilitó al Espíritu Santo el milagro de los milagros: la Encarnación de Dios.
Asimismo, sin el Espíritu Santo no se puede comprender a Jesús. Fue el Espíritu quien llamó a la vida humana a Jesús en el seno de la Virgen María (cf. Mt 1,18), lo confirmó como el Hijo amado (cf. Lc 4,16-19), lo guió (cf. Mc 1,12) y lo vivificó hasta el final (cf. Jn 19,30).
Antes de su muerte Jesús había prometido a sus discípulos enviarles “otro Paráclito”, cuando ya no estuviera con ellos. ‘Paráclito’ literalmente ‘aquel que es llamado junto a uno’, ‘advocatus’ (cf. Jn. 14, 16. 26), se traduce habitualmente por ‘Consolador’. El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), Jesús envió desde el cielo el Espíritu Santo sobre sus discípulos. Experimentaron una seguridad profunda y la alegría de la fe y recibieron determinados carismas; es decir, podían profetizar, sanar y hacer milagros. Así dio comienzo entonces el tiempo de la Iglesia. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo hizo de los temerosos apóstoles testigos valientes de Cristo. En poquísimo tiempo se bautizaron miles de personas: era la hora del nacimiento de la Iglesia. Jesucristo otorgó a sus discípulos el Espíritu Santo (cf. Jn 20,20) y éste pasó a la Iglesia: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo.” (Jn 20,21).
Los nombres y símbolos con que se muestra el Espíritu Santo son diversos. Jesucristo mismo habla de Él como ayuda, consolador, maestro y espíritu de la verdad. El Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma. Los primeros cristianos experimentaron el Espíritu Santo como una unción sanadora, agua viva, viento impetuoso o fuego llameante. A la Virgen el Ángel le dijo: “el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35); en la Transfiguración: “”una nube los cubrió con su sombra” (Lc 9, 34). En los Sacramentos de la Iglesia se otorga el Espíritu mediante la imposición de las manos y la unción con óleo.
“Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!” (Ga 4, 6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, se nos da la gracia de la vida nueva en el Padre, por Jesús en el Espíritu Santo.
Creer en el Espíritu Santo es adorarle como Dios, igual que al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo nos abre a Dios; nos enseña a orar y nos ayuda a estar disponibles para los demás. Por eso, San Agustín lo llama “huésped silencioso de nuestra alma”.
Ser «templo del Espíritu Santo» quiere decir estar en cuerpo y alma a disposición de este huésped, del Dios en nosotros. Nuestro cuerpo es por tanto, en cierto modo, el cuarto de estar de Dios. Cuanto más nos abramos al Espíritu Santo en nosotros, tanto más se convertirá en maestro de nuestra vida, tanto más nos concederá también hoy sus carismas para la edificación de la Iglesia.
(CIC 683-747; Youcat 113-120)